May
15
Categories: Sin categoría
Tags: cuantofrenia, empresa, futuro, management, matemáticas, pronósticos, seudociencia
May
15

En las sociedades primitivas, los hombres vivían en un alto nivel de inseguridad y confusión porque su ciencia no les permitía comprender su entorno y aún menos gestionarlo. Así desarrollaron supersticiones y fueron consultando magos y pitonisas que les daban la sensación de poder descifrar un futuro que imaginaban ya escrito.
Los managers de ahora también creen que el porvenir es algo ya establecido y que se puede desencriptar. A esto dedican muchos esfuerzos. Han sustituido la lectura de las entrañas de animales sacrificados por la consulta frenética de los indicios de la Bolsa, de las primas de riesgos en los mercados de derivados y por la evolución diaria de las Deudas Soberanas. Otros buscan pistas jeroglíficas escondidas en las huella del pasado (léase balances anteriores) como antaño se leían las runas. En lugar de consultar los oráculos, hoy se usan matemáticas y ordenadores, pero la ilusión es la misma.
La ansiedad por descifrar el futuro es tal que los managers han desarrollado una auténtica cuantofrenia – eso es: una patología que consiste en querer cuantificarlo todo[1]. Se han obsesionado por convertir a números hasta lo más intangible y lo más abstracto y así alimentar sus supuestos modelos predictivos. Atemorizados por los riesgos y los desafíos en juego, los managers usan ecuaciones estocásticas como bálsamo para tranquilizarse.
Estamos tan fervientes de las predicciones seudocientíficas que cuando se trata de un partido de fútbol, se anticipa el resultado sacando estadísticas tan estrafalarios como: resultados de los partidos jugados entre estos dos equipos en los diez años anteriores, resultados cuando fue en campo local o como visitante, media de goles, etc. Desconozco si integran las condiciones meteorológicas, pero no me extrañaría.
En esto se olvidan de que ni son los mismos jugadores, ni son los mismos entrenadores, a veces no son los mismos presidentes ni los mismos dueños del club. Pretender pronosticar el resultado del partido con cálculos sobres estas estadísticas no es más que otra forma de leer los presagios.
Y cuando el resultado del partido no coincide con las predicciones, lo cual ocurre en la mitad de las veces, no se replantea el método predictivo en absoluto. En su lugar se considera el resultado como un simple accidente a no tener en cuenta, como si los hechos se hubiesen equivocados al no seguir la predicción. Me recuerda en esto el corolario de la ley de Murphy: “si la rebanada no se cae del lado de la mantequilla, Usted se ha equivocado de lado al untarla”.
En otras palabras, consideran dependientes fenómenos que son independientes. Lo que Nassim Nicholas Taleb llama “cisnes negros”.
Ni las culturas científicamente primitivas ni los managers de ahora parecen haber comprendido que el futuro de la economía no es algo ya trazado y que nos está esperando quietecito, sino una mezcla entre interacciones sistémicas aleatorias y las decisiones que tomamos día tras día debido a nuestras creencias. Cuando estas decisiones son función de nuestras supuestas predicciones, estamos forjando no otra cosa que profecías auto-cumplidas.
Es extraño observar como son aquellos que más se reclaman de la razón y de la racionalidad los que más desamparados se encuentran cuando han de moverse en la incertidumbre y la lógica borrosa. Se agarran entonces a falsas certezas y a ilusiones que rehúsan replantear porque eso supondría un incremento de su ansiedad. Son también los que más objetivos pretenden ser los que se rigen por una fe pura y dura que no se sostiene en hechos, sino en un dogma sosegador. Un dogma que quieren imponer a todos, como siempre ocurre con aquellos que se pretenden en posesión de La Verdad. Nada puede alterar la confianza de sus prosélitos pues se sabe que una doctrina es capaz de resistir a cualquier hecho probado.
Los programas computerizados son los que, hoy en día, han sustituido a los antiguos augurios que esperaban leer el futuro – y la voluntad de los dioses – en el vuelo de las aves. En lugar de obsesionarse con desentrañar un futuro que queda por escribir ¿no sería más razonable y más provechoso desarrollar nuestra flexibilidad y nuestra capacidad de adaptación a lo desconocido?
En todo caso, lo más flexible y lo más adaptable no son los ordenadores ni las ecuaciones, son las personas. Es en ella que las empresas deberían confiar en lugar de aprisionarlas en muy cuestionables frascos matemáticos.
May
3

El modelo actual de management de personas no funciona. Es un edificio que tiene aluminosis y se tambalea. Pero los remedios que proponen aquellos que construyeron la finca consiste en redecorar los pisos o cambiar el mobiliario.
Tradicionalmente las empresas creaban riquezas gracias a intercambiar sus productos contra el dinero de sus clientes. Así podían crear riqueza económica y riqueza social. Pero lo han ido olvidando hace unos cuantos años cuando los accionistas de las corporaciones han imaginado ganar dinero comerciando con las mismas empresas (o sus acciones) en lugar de dar prioridad a los beneficios industriales.
Visto que dicha prioridad ha pasado totalmente a segundo plano, tampoco importan las herramientas de producción. Por consiguiente se justifica para ellos el reducir todos los costes dedicados a la industria, los de personal siendo considerados como los más inútiles en una economía basada en comerciar con acciones y no con bienes y servicios.
Tampoco importa la satisfacción de las necesidades de los clientes, que sólo existen para pintar más bonita la cabra a la hora de vender sus acciones. Hemos por tanto vuelto a descubrir el marketing de manipulación cortoplacista, cuyos abusos habían sido vituperados una vez por Theodore Levitt en su famoso artículo de la Miopía del Marketing.
Se trata ahora de crear ilusiones captando un máximo de clientes, sin consideración sobre su satisfacción ni preocupación para conservarlos, porque sólo sirven para alcanzar un valor bursátil el tiempo suficiente como para sacar plusvalía. El objetivo es mostrar beneficios en las cuentas del ejercicio, sacrificando siempre el largo plazo al corto, que es cuando se negocian los valores. Cualquier especialista en ingeniería financiera sabe lo fácil que resulta crear beneficios contables, considerando que la contabilidad es en gran parte el resultado de decisiones políticas sobre cómo clasificar contenidos. Lo sabía muy bien Jack Welch quien, en General Electric, consiguió durante años disfrazar pérdidas de suculentos beneficios aparentes mientras vaciaba la empresa, o Enron que no era más que un soufflé vacío.
Al margen de las burbujas financieras creadas y tantas veces señaladas, son las consecuencias sobre el modelo de management que me interesa analizar y comentar.
No olvidemos que los modelos de management se conciben y desarrollan en grandes escuelas que financian y soportan las corporaciones. Por tanto que las enseñanzas que en ellas se profesan están diseñadas para servir las finalidades de sus propietarios[i].
Sin embargo estas enseñanzas diseminan sus esporas indiscriminadamente por el mundo a través de los libros que escriben sus catedráticos, de las revistas especializadas, de los “Top” conferenciantes y de los programas de cualquier escuela de management, que no hacen más que copiar y pegar los pensamientos de Harvard y consortes. Hoy en día, el Management se ha convertido en la ciencia de los loros.
Es así como las Pymes, cuyos directivos se han formado bajo el pensamiento corporativista destinado a maximizar los beneficios financieros para accionistas anónimos, aplican modelos teóricos que les llevan a la ruina. Y cuando sus gestores empiezan a darse cuenta de que su empresa funcionan peor, que la productividad mengua, que la motivación e implicación en el trabajo se reduce dramáticamente, en lugar de replantear los modelos piden más consejos a los mismos gurús, y terminan creando una economía de pompas de jabón.
Por un lado entiendo a los ingenieros que han concebido este modelo de dirección de personas. Fueron educados así. Pertenecen casi todos al gremio de los universitarios que elaboran maravillosos edificios teóricos, muy coherentes e intelectualmente seductores, pero que empiezan todos por la misma premisa: “Supongamos que”.
Yo lo conocí cuando estaba en la facultad de economía. “Supongamos la ecuación de la demanda igual a” era de lo más popular. A partir de aquí, disponíamos de una caja de herramientas a hacer palidecer de envidia cualquier mecánico. No le faltaba ninguna, cogida de las matemáticas o de la física. Hacíamos malabarismo con el cálculo matricial y las ecuaciones diferenciales. Conseguíamos trazar curvas de evolución con precisión geométrica, predecir los comportamientos de los consumidores y cuadrar los números con cuatro decimales a cinco años vista. El único problema, es que nadie jamás ha sido capaz de determinar una ecuación de la demanda que corresponda a la realidad y la premisa era ilusoria.
Un día, uno de estos genios debió de proponer la idea siguiente: “supongamos que los trabajadores son un recurso como otro cualquiera de la empresa”. ¡Magnífico! A partir de aquí, se hacía posible gestionar las personas en base a los modelos ingenieriles que tan bien funcionan con los recursos materiales. ¡Menudo hallazgo! ! Las personas, su mente, sus sueños, sus habilidades, sus metas existenciales, han sido convertidas a números gracias a técnicas tan simplistas como complicadas.
Pueden en adelante ser sumadas, restadas, multiplicadas y divididas, representadas en gráficas e incorporadas a hojas de Excel. Cualquier software de ordenador se ve capaz de tomar decisiones sobre cómo manejar a la gente con eficacia científica. Desgraciadamente, las personas no caben en los números que supuestamente les representan y los resultados no han tardado a volverse contraproducentes.
La conclusión que sacan los “expertos” es que hay que esforzarse más en la aplicación de estos modelos y aplicarlos “sin estados de ánimo”. El enemigo es ahora la parte humana de las personas, la gran responsable del fracaso, y no se debe – insisten las Grandes Consultoras – desfallecer en la voluntad de despojarlas de esta parte tan molesta del Ser. Y claro, los resultados siguen empeorando, consolidando la espiral implosiva.
He bautizado este tipo de teoría “el síndrome de los vampiros”. No por chupa-sangre, sino porque, como los libros y películas de vampiros, constituyen una historia con una total coherencia interna, y un completo irrealismo externo.
Las historias de vampiros son todas muy acordes a las mismas premisas: inmortalidad, temor al agua bendita, poder vencedor de la cruz y ahuyentador del ajo, ausencia de reflejo en los espejos y claro, la estaca en el corazón como la única forma de destruirlos. Si en alguna película se matara a un vampiro con una bala de plata, todos los espectadores se pondrían a vociferar en contra de tal mentira, porque todo el mundo sabe que quienes mueren por una bala de plata, son los hombres lobos.
Y así es el modelo actual de dirección de personas: un montaje congruente consigo mismo, pero que no tiene en cuenta la realidad ni es capaz de moverse adecuadamente en ella. El mapa se ha convertido en el territorio, y cuando el mapa resulta falso, se decide que hay que cambiar el territorio a la fuerza.
Mar
19
Un año en twitter en el que cada semana (de hecho más bien fue cada dos), publicaba un pensamiento fruto de mis reflexiones u observaciones. Los he reunidos y adornados con imágenes. Espero que os haga reflexionar a vosotros también..
Gracias por seguirme en twitter y gracias por leer mi blog.
Ene
23
Cambiar de modelo de management ya no se puede considerar una opción. Se ha convertido en una necesidad insalvable si queremos evitar el colapso de la economía y de la sociedad.
¿Es esto cierto, es esto posible?
Qué tiene que ver nuestro actual modelo de management con la crisis parece ser una pregunta razonable. ¿Acaso es este modelo de dirección de empresa el responsable de la crisis y replantearlo nos permitiría salir de ella y emprender el buen camino?
Digamos que es una parte del virus mutante que viene contaminando nuestra economía y sociedad desde unos treinta años y que ninguna recuperación resultará sostenible si no cambiamos el modelo de management y los fundamentos ideológicos que lo apoyan y subtienden.
En esta primera parte de mi artículo, os propongo un montaje video para introducir el tema.
(El video está en HD, por lo que podéis elegir esta definición y verlo a pantalla completa).
Ene
2

“Queridos Reyes Magos,
Me he portado muy bien. He hecho todo el trabajo que me tocaba en la oficina, también el de algunos colegas y de varios de mis colaboradores. He obedecido escrupulosamente a las órdenes que venían de arriba sin alejarme ni jota del camino marcado, ni he permitido que lo hiciesen mis empleados. He castigado a cualquiera que no cumpliera con la norma y llamado la atención sobre cualquier trabajo imperfecto. He perdido mucho tiempo intentando que el personal llegara puntual y, si es cierto que no lo he conseguido, por lo menos no he reparado ante ningún esfuerzo. Pero los resultados no han acompañado tanto trabajo y mi departamento no da lo que se esperaba de él. Por tanto, he venido a pediros con esta carta éxito para mí, como recompensa a mi dedicación, y carbón para mis empleados que no han sabido funcionar.”
Melchor miró perplejamente la carta que tenía entre sus dedos, y cogió una pluma para escribir la respuesta.
“Antes de decidir a quien va el carbón, y a quien los regalos, debieras reflexionar sobre lo siguiente. Si haces el trabajo de los demás, les privas de la motivación que les proporcionaría los logros personales; si piensas y actúas por ellos, les haces dependientes y limitas tu organización a lo que cabe en tu propia cabeza; si les impides ser creativos, les empobreces a ellos y a tu empresa; en lugar de castigar los defectos, debieras plantearte recompensar todo lo que hacen bien, porque todo lo que se refuerza se multiplica; si controlas la hora de llegada de tus empleados, ellos controlarán la hora de salida y jamás se sentirán identificados con lo que hacen; pero sobre todo, te has imaginado que tú puedes tener éxito a la vez que ellos fracasan, y esto es imposible, porque tu éxito sólo pasa por el de ellos.”
Sin embargo, hemos decidido hacerte un gran regalo, que sólo consiguen los mejores. Aunque tendrás que merecerlo, día tras día. Es una planta que tendrás que regar, haga frío o calor, sol o lluvia, cuidarla y quitar las hojas muertas que terminarían por ahogarla. Si la descuidas, morirá. Deberás recordar que es una planta que sólo florece si regalas sus flores, porque si te las quieres quedar para ti solo, se marchitará. Todas las mañanas arranca una flor y ponla en el ojal de tu chaqueta, y ofrece otra flor a cada una de las personas que trabajan contigo. Verás que cuantas más ofrezcas, más florecerá tu planta.
Si eres capaz de cuidar de esta planta, te garantizo que tendrás éxito en lo que emprendas.
Esta planta se llama Confianza.
Dic
6

No sé si te acordarás de mí porque hace muchos años que he dejado de escribirte, pero soy el niño que te canjeaba promesas solemnes contra barras de chocolate.
Vuelvo a ti no en nombre propio sino pidiendo para los managers, solitarios y desbrujulados en las torres de poder en las que se han aislado y amurallado.
Mi primera intención era pedirte que dejaras en sus zapatos de Crockett & Jones y sus calcetines Hugo Boss algo de humanidad. Han leído los libros equivocados, escuchado a los falsos profetas y como unos nuevos faustos, han vendido el alma a cambio de Riqueza y Poder. Sí, algo de humanidad es lo que les falta, olvidadizos de que el Hombre es la causa y la meta de toda sociedad humana.
Pero cambié de deseo cuando pensé que la humanidad es algo que cada uno ha de descubrir dentro de sí mismo, no algo que se pueda injertar desde fuera.
Por tanto, vengo con esta carta pedirte para ellos, como regalo de Navidad, conciencia y lucidez.
Conciencia para que dejen de escudarse detrás de La Doctrina para justificar sus comportamientos destructivos y misántropos; lucidez para saber distinguir entre valores ficticios y valores reales.
Que sean capaces de replantear cánones que han demostrado ser malignos, que se acuerden de que quien no tiene valores no tiene valor, y que la próxima cabeza que corte el Califa será la del Visir cuando deje de serle útil.
Conciencia para entender que el mundo no es “como es” sino como cada uno contribuye a hacerlo, y lucidez para desenmascarar a los vendedores de ilusión. En la tienda del diablo, que describe muy bien Stephen King, cada uno se condena para satisfacer sus debilidades y vicios más inmediatos.
Agradecido por tu ayuda se despide el niño que, como imaginas, nunca ha dejado de comer chocolate.
Michel
Nov
22

El management construye un mundo ficticio, y se extraña de que los hechos, obstinadamente, le den la espalda.
Según la filosofía, la realidad es una construcción personal, un mapa que permite orientarnos. Pero independientemente de si la realidad es real(1), o si la hemos construido, es el mundo en el que nos toca vivir todos juntos. Por lo que más vale que tengamos todos el mismo mapa.
Y el que construye el management corresponde a otro planeta. Aquí, resulta falso.
El management representa el mundo en números. Pretende, equivocadamente, que lo que no se mide no se puede gestionar(2). No obstante, el mundo no es todo medible. Toda medición de lo inconmensurable nos proporciona una representación truncada. Distorsiona los hechos, despojándolos de su significado, amputándolos de una de sus dimensiones. Convierte una esfera en un círculo y los humanos en siluetas de sombras chinescas.
Las 4 dimensiones de la humanidad
A parte de las tres dimensiones del espacio, los seres humanos tenemos una dimensión espiritual. Las tres primeras son medibles, la cuarta no. Cuando se representa el ser humano con mediciones, se le amputa de la 4ª dimensión, es un mapa falso.
La dimensión espiritual (que no religiosa) es el Sentido de la Vida, la adhesión social, la pertenencia holística a una entidad superior: familia, equipo, empresa, nacionalidad, humanidad.
Esta dimensión no es medible pero es la que nos diferencia de las piedras, de las plantas y probablemente del resto de los animales. Cualquier modelo de management que no integre la cuarta dimensión se mueve en un universo ficticio.
Como tiene poder, se esfuerza en que todos los hombres que trabajan para él quepan en el patrón que ha construido. Con el poder suficiente puede pagar la deshumanización de su personal, peo al mismo tiempo tiene que asumir las consecuencias: ni las piedras ni los robots lloran pero tampoco se motivan, se identifican, luchan por ideales empresariales, ni mojan ninguna camiseta.
Los managers se pretenden racionales y son incoherentes. Deshumanizan a los trabajadores y, a la vez, les exigen cualidades exclusivamente humanas de implicación emocional e identificación con sus ideales. Atan grilletes a sus tobillos y exigen que corran.
Las empresas tienen los trabajadores que los teóricos del management han fabricado. Ni más, ni menos.
El management es un edificio construido sobre arena y que se tambalea, y como solución, sus gurús proponen redecorar los pisos. No es la decoración que falla sino los cimientos. Cuando se ha dejado la responsabilidad de la dirección de las empresas a las mentes de corte ingenieril y financiero, se la ha mutilado. O se vuelve a integrar la 4ª dimensión como componente esencial del management, o nos hundiremos en las arenas.
(1) “¿Es real la realidad?. Paul Watzlawick. ISBN 9788425410826
(2) ver mi libro Las falacias del tecnomanagement, o en mi web AQUI.
Nov
9

Estaba hablando recientemente con Pablo[1] y le comentaba que el obstinado enfoque de las empresas en bajar los costes era un tiro que les iba a salir por la culata y tornarse pronto contrario a lo esperado.
Pablo, en seguidor escrupuloso de la escuela de las finanzas, me replica: “Estás equivocado, Michel. Te lo voy a explicar y verás que lo vas a entender”.
Me encanta cuando me hablan así. Significa con otras palabras; eres un burro pero explico tan bien que hasta tú puedes enterarte. Continuó:
- Si el propósito es subir los beneficios, y lo es, entonces reducir los costes siempre los subirá.
- No es así, Pablo.
- ¡Hombre, si! Te lo demuestro. Los beneficios son lo que te queda de los ingresos tras deducirles los costes. O sea: B = I – C. Y cuanto menor sea C, mayor será B. Es matemática de parvulario.
- Bueno, no me atrevería a calificar tus mates de parvulario, pero no dejan de ser algo de primario. Permíteme usar la misma ecuación en otro ejemplo. Sea G tu nivel de gordura, C lo que comes y D lo que defecas. Entonces G = C – D, lo cual significa que para adelgazar, basta con defecar más de lo que se come.
- ¡Vaya! Tu ejemplo me parece muy nauseabundo, Michel.
- Posiblemente, pero a pesar del olor, queda claro. La solución contra el sobrepeso es barata: defecar más de lo que se come.
- Esto es absurdo. No se puede defecar más de lo que se come, por lo menos no más de dos o tres días.
- ¿Por qué?
- Sencillamente porque lo que defecas es función de lo que comes.
- Lo has dicho bien. Las variables no son independientes, sino que una es función de la otra, y lo mismo ocurre en tu ecuación de beneficios. Los ingresos son función de lo que gastas y de cómo lo gastas. Y salvo en el parvulario, no se puede decir nada sobre la tendencia de la ecuación B = I – C cuando C varía. Parte de los costes son superfluos, todos lo sabemos, pero la mayor parte de ellos son necesarios y una parte importante de ellos afecta a los ingresos, por lo menos a plazo. Lo que perjudica a las inversiones y de manera general a la satisfacción del cliente perjudicará a los beneficios pasado un tiempo. Es el caso de la formación del personal y de todas las reducciones que afectan negativamente a la motivación. A corto plazo parece funcionar, pero a medio es contraproducente.
- Como el comer y defecar.
- Eso es. Me alegro que lo hayas entendido.
Crédito foto: © Edgar Monkey – Fotolia.com
Sep
5
La declaración de moda en los círculos del management, es que es preciso alinear los RRHH con las estrategias del negocio.
¿A qué se refieren con “estrategias del negocio”? Porque si – como considero correcto – las estrategias de RRHH forman parte de las estrategias del negocio, entonces la frase me parece tan recursiva como decir que una matrioska es una muñeca que contiene una matrioska.
En realidad, todas las estrategias deben estar alineadas entre sí. Todo cóctel de políticas requiere armonía y equilibrio entre los componentes. La de RRHH ha de estar alineada con las demás estrategias del negocio en la misma proporción que aquellas deben estarlo con ella.
Si no lo vemos así, es que entendemos alineada en el sentido de supeditada y queremos decir que la dirección de personas ha de estar subordinada a estrategias del negocio de la que no se considera formar parte. Esto, a parte de una mala recomendación, es una exhortación peligrosa.
Mala porque pretende extraer RRHH del conjunto estratégico para confinarlo en un nivel meramente operativo: el personal ejecuta, inclusive a nivel supuestamente directivo. Mala también porque, al eliminar la reciprocidad e interdependencia estratégica, cree divergencias y el negocio y el personal empiezan a andar por distintos caminos.
Peligrosa porque para evitar el desajuste, no queda más remedio que reforzar el autoritarismo, es decir la sumisión de la dirección de personal a las demás direcciones. Esto es un claro retroceso hacia el fordismo y, en el peor de los casos, un comportamiento feudal.
Las consecuencias empiezan por un deterioro de la efectividad y de los resultados, y a plazo llevan a una desagregación del sistema. El deterioro lo venimos observando desde que el management se ha convertido en una tecnología cartesiana deshumanizada: desmotivación, desimplicación, baja productividad, baja competitividad y consecuencias sociales dramáticas. Y no son supuestos paliativos como la mítica gestión del talento que podrían remediar tal fallo conceptual.
La empresa ha de ser vista como un sistema de componentes interdependientes cuyo objetivo de gestión es la optimización global y no el mayor rendimiento de unos en perjuicio de otros – y por ende del todo. Solamente aceptando crear sinergias entre capital, dirección y trabajadores se puede optimizar el conjunto. Y esto implica que todas las demás estrategias del negocio estén alineadas a su vez con estrategias adecuadas y rehumanizadas de personal.
Mhc
Jun
21
José Antonio Marina escribe en ‘La inteligencia fracasada’*: “El fracaso de la inteligencia aparece cuando alguien se empeña en negar una evidencia, cuando nada puede apearle del burro, cuando una creencia resulta invulnerable a la crítica o a los hechos que la contradicen, cuando no se aprende de la experiencia, cuando se convierte en un módulo encapsulado“.
Me parece legítimo preguntarnos si los teóricos del management (y aquellos que defienden sus teorías) no están mostrando una inteligencia fracasada, porque parecen invulnerables a toda crítica y, en particular, a los hechos que contradicen sus doctrinas. Ya sabe: cuando los hechos contradicen la teoría: mala suerte para los hechos.
Todas las investigaciones y encuestas sobre motivación, implicación, productividad, identificación del personal con la empresa indican una tendencia marcada al empeoramiento, tendencia que, a su vez, se está acelerando. Todas las encuestas coinciden en que apenas un empleado sobre cinco admite dar todo lo que podría; la gran mayoría de las empresas y de los directivos se quejan de una colaboración y aportación insuficiente del personal a los fines de la compañía y la sociedad asume crecientes costes por daños psicosociales y falta de productividad. Encontramos no obstante, y en la misma proporción que esta insatisfacción, una tremenda obstinación en seguir por los mismos cauces, e inclusive reforzarlos.
Desde luego, son pocos los masters o cursos post grado que no utilizan la palabra “innovador” para calificar sus programas de gestión de (los llamados) Recursos Humanos. El pretexto para que les consideren así se debe a la introducción de alguna asignatura sobre redes sociales y de supuestos nuevos modelos desarrollados por alguna consultora prestigiosa (que ha conseguido su prestigio llevándonos a la pésima situación actual). Valgo como ejemplo: ‘la dirección por la felicidad’, ‘la gestión del talento’ o la ‘remuneración por competencias’. Pero ¿qué hay debajo de estas etiquetas? ¿Qué cubren realmente estos nuevos trajes? ¿Qué entienden por alinear los Recursos Humanos con las estrategias de la empresa? Sencillamente: más de lo mismo.
Las supuestas innovaciones siguen basadas en valores obsoletos: el centralismo de las decisiones, del poder y del control, en objetivos y valoraciones individuales, en dirección por tareas en lugar de por misiones, en la competitividad interna como palanca (errada) de productividad y en la sobrevaloración sistemática de la responsabilidad individual del empleado con respecto a su situación (y en particular la creada por el propio management).
Giuseppe Tomasi di Lampedusa, en su obra El gatopardo*, acuño la frase paradójica: “Es necesario que algo cambie si queremos que todo siga como está”. En política se suele llamar “lampedusiano” al seudoreformista que propone modificar la parte más aparente de las estructuras para que nada cambie realmente en lo fundamental. Cabe la pregunta: ¿no se habrá vuelto el management muy lampedusiano?
Las teorías oficiales del management se están esmerando, me consta, en hacer mejor las cosas y en utilizar herramientas más sofisticadas para hacerlas. El grave problema es que están haciendo mejor las cosas erróneas, lo que amplifica los defectos. Más valdría hacer medianamente bien las cosas adecuadas que esforzarse tanto en hacer perfectamente las cosas equivocadas.
Son los pilares mismos del modelo de management lo que hay que replantear. Debe renunciar a los fundamentos tayloristas y weberianos para construir una organización sistémica basada en la distribución de autonomía, en el desarrollo del talento colectivo, en la colaboración en lugar de la rivalidad. Debe poner las personas arriba de los procesos, dirigir por misiones y no por tareas ni por objetivos individuales, comprender que la reciprocidad empresa – trabajadores es imprescindible en la implicación de los mismos. El management debe humanizar la empresa en lugar de mecanizar a las personas.
¿Será el management capaz de quitarse la cinta que le tapa ojos y oídos? ¿Podrá mostrar algo de inteligencia triunfadora?
*ISBN: 8433962175