Feb

24

By Michel Henric-Coll

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Avanzando en marcha atrás

Cambio

Leí ayer un artículo en el que una consultoría famosa hace recomendaciones para, supuestamente, apoyar a la mermada competitividad de las empresas españolas, y confieso que me ha preocupado mucho.

Resulta extraño que las mejores recomendaciones para hacer un cambio significativo sean seguir haciendo lo mismo que antes, pero a mayor dosis. Del mismo modo, me parece bastante paradójico que la solución consista en dirigir las personas hacia la prioridad del negocio, a la vez que se declara y reconoce que la prioridad actual del negocio deberían ser las personas. Si admitimos que las personas son la clave para del negocio, enfoquemos el sistema a las personas, y el negocio mejorará como consecuencia.

Una vez más, el artículo topa con el viejo fantasma de la medición universal. “Medid y seréis curados”. Lo que ha llevado a la falta de productividad de los trabajadores es precisamente un modelo de dirección de personas que, entre otras ilusiones, se obstina en querer medir lo inconmensurable. Lo que caracteriza a lo intrínsecamente humano, es que no se puede medir. Para medirlo, hay que despojar a las personas de su humanidad y reducirlas a simples recursos de producción. Y aquí está el fallo garrafal del management supuestamente científico. Cualquier cambio hacia la competitividad implica restablecer a las personas en su realidad de persona.

Contrariamente a lo que afirma el artículo, opino que calcular los beneficios por empleado supone un retroceso importante en el camino hacia la competitividad, y no un avance. En efecto, la fragmentación, tanto de las tareas como de las personas, es una de los responsables de la ineficacia del método taylorista. Las empresas deben considerar seriamente que la clave radica en los equipos, y que los beneficios deben ser evaluados por equipo, y no por empleado. La individualización mata a la sinergia del mismo modo que mantener separadas las semillas, la tierra y el agua impide la germinación.

Los tecno-managers llevan años pretendiendo dirigir personas en base a teorías ingenieriles. No funciona, no satisface a nadie – ni a la dirección, ni a los empleados, ni a la sociedad – y como solución contra su fracaso, no tienen nada mejor que proponer que aumentar las dosis. Resulta dramático pensar que en las empresas, los que mandan en la dirección de personas no entienden nada de personas, y los que entienden de personas, no mandan nada.

Sí, las empresas españolas necesitan un cambio significativo. Necesitan admitir que las personas no pueden ser dirigidas como recursos físicos. La motivación no se decreta, la implicación no se programa en ingeniería de procesos, la identificación con la empresa no se consigue con un requisito normativo en un documento de descripción de puesto.

Los paradigmas que sirven de base a la gestión empresarial resultan totalmente desfasados y su estructura inadecuada para cualquier evolución. Hay que quemarlos como las fallas y construir sobre otras bases. Cambiar es innovar, no repetir lo mismo.

Michel Henric-Coll

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Feb

15

By Michel Henric-Coll

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La voz que lee los artículos es sintética, como muchos de nuestros alimentos, pero la garantizo sin conservantes ni colorantes.

Al final de los nuevos artículos (y retrocediendo en los anteriores conforme los voy convirtiendo), encontrarás un enlace para la versión audio.

MHC

Feb

8

By Michel Henric-Coll

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La máscara de Maquiavelo

MascaraMaquiavel

Uno de los principios básicos de la (des)organización que sufrimos, es el de fragmentación. Es un principio directamente heredado del pensamiento cartesiano, que creía que dividiendo el universo en elementos cada vez más pequeños nos permitiría comprenderlo. No estoy seguro en cuanto al Universo, pero se que dividiendo un sistema social como el formado por el personal de una empresa, ni se le puede comprender, ni se le puede gestionar. Fragmentar un sistema, es destruirlo. Es como pretender entender como funciona la mente perpetrando la autopsia de un cerebro.

Al no poder gestionar el personal como sistema social, el pensamiento cartesiano-taylorista-fordista que impera en las mentalidades de la alta dirección procura impedir que exista. ¿Cómo? Fragmentando al máximo, dividiendo y fomentando la competición interna hasta la rivalidad. Divide y reinarás es su lema, ciego a que está serrando la rama de capital sobre la que está sentado.

En el mismo momento, en otros niveles de la empresa, otras mentes pensantes y conscientes de que los equipos son mucho más poderosos que los individuos disjuntos, predican por las sinergias frutos de la unión. Se procura – cuando el crecimiento de la economía permite liberar dinero para el personal que es la última rueda del carro presupuestario – formar a los trabajadores al Team Building y convencerles de las virtudes de la colaboración.

Pero los efectos del trabajo en equipo duran poco, y el despertar de los sueños de un trabajo que tendría sentido, utilidad y eficacia suele ser cada vez más amargo. Porque salvo escasas excepciones, todos los esfuerzos para involucrar el personal y conseguir que trabaje al unísono para el bien de la empresa terminan rotos como cristal de bohemia bajo las embestidas del pensamiento anticuado e irrealista de los tecno-managers.

Así observamos en las empresas una batalla entre la tierra y el mar, un flujo y reflujo inestable de los avances en dirección de personas función de la atracción lunática y del termómetro de la economía. Cuando las olas traen bonanzas, se permite a los de Recursos Humanos que se entretengan con sus pasatiempos humanistas, pero cuando hay recesión y retroceso, se termina el recreo, todos a formar y Maquiavelo se quita la máscara.

Todo se puede resumir a una verdad sencilla: los que mandan piensan mal. Se han nutrido de los gurús equivocados, se han quedado un siglo atrás, no han sabido darle la vuelta a la página y leer el capítulo siguiente. Por mucho que sus teorías formen un conjunto coherente, son irrealistas. Los empleados no son engranajes de una máquina, ni materia prima, ni recursos sin mente ni sentimientos, y no pueden ser dirigidos como tal. Sus apologistas niegan que ser un humano haga cualquier diferencia, a parte de ser un incordio por su obstinada negación a ser más que una máquina que anda. Es más, acusan a los que consideran la dimensión humana del trabajador de carecer de pensamiento científico y anteponer la sensiblería emocional a una supuesta racionalidad científica.

Y esto nos está costando mucho dinero a todos. Está costando beneficios a las empresas por falta de competitividad y eficiencia, satisfacción y productividad a los empleados que no consiguen involucrarse en un sin sentido, y costes dramáticos a la sociedad que tiene que financiar absentismo, enfermedades psicosociales, y un creciente gap entre ciudadanos productivos y ciudadanos a cargo.

No sirve de nada repintar una y otra vez desde abajo los decorados de la organización de personas, lo que hace falta, es cambiarla. Y hasta que los que están arriba del todo abran los ojos a sus errores, vamos a tenerlo difícil.

MHC

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