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Érase una vez una granja que poseía 50 gallinas. Eran gallinas ponedoras que ponían una media regular de cuatro huevos al día, lo que permitiera que el feliz granjero vendiera en el mercado a diario 200 huevos.
Pero el propietario de la granja quería sacar más beneficios, así que emprendió una cruzada contra el encargado para que consiguiera mayor productividad de las gallinas.
Eran una gallinas bastante felices. Hasta escuchaban música por los altavoces repartidos en la granja. Pero debido a la presión que el propietario aplicaba al granjero para rebajar costes, este vendió el equipo de música y canceló la suscripción a Spotify. Ansioso, en lugar de visitar a las gallinas una vez al día, empezó a visitarlas cada dos horas y a recoger el huevo que habían puesto ya. Pero todo este movimiento perturbaba a las gallinas y como consecuencia del estrés, bajaron su producción en un 25%.
Fueron sólo 150 huevos los que pudieron venderse en el mercado. El propietario se puso furioso exigiendo mayor rendimiento con amenazas de despido. Entonces el granjero apretujado cogió una gallina, la mató y la puso en venta en el mercado junto a los 150 huevos del día. Como una gallina valía como 50 huevos, el propietario estuvo relativamente satisfecho con los ingresos. Una gallina menos representaba un ahorro en comida para animales y esto era muy bueno. Sin embargo, al día siguiente, sólo habían 146 huevos. Preocupado, el granjero mató a otra gallina y así sucesivamente durante 10 días. Al cabo de este plazo, le quedaban 40 gallinas que pusieron 120 huevos. Había conseguir mantener ingresos cercanos al precio de venta de una producción de 200 huevos matando gallinas.
¡Qué demonios! El propietario exigía su rendimiento, así que recortó el presupuesto para granos, mató a otra gallina y fue a venderla junto con los 120 huevos del día. Pero los ingresos totales correspondían a una producción de 170 huevos, nada más. El día siguiente era un martes, las 39 gallinas sólo habían puesto 117 así que aumentó la presión sobre ella, molestándolas cada hora y causando aún más estrés.
El viernes tuvo que matar a dos gallinas. Recogió 100 huevos que las supervivientes habían puesto, bajando el promedio habitual. Con todo, ingresó el equivalente a 200 €, como en los buenos tiempos.
Al finalizar del mes, le quedaba una sola gallina que puso dos huevos. Se hizo una tortilla que degustó con un vaso de tinto y un mendrugo de pan, preparó el petate y se fue por los caminos sin mirar atrás.
Michel Henric-Coll
Nov
26

Stephen Covey, en su libro “El 8º hábito”, hace referencia a una encuesta realizada por Harris Poll a 23.000 ocupantes de puestos clave en empresas importantes, que arrojó las siguientes conclusiones:
Sólo el 37% dice tener una idea precisa de lo que su empresa pretende lograr.
Uno de cada cinco está entusiasmado con su equipo de trabajo y con las metas de la empresa.
Sólo la mitad termina la semana satisfecha con el trabajo que hizo.
Sólo el 15% considera que la empresa les facilita el cumplimiento de sus objetivos.
Sólo el 15% considera que trabaja en un ambiente de plena confianza.
Sólo el 17% piensa que su organización impulsa la comunicación abierta y el respeto por las opiniones diferentes, lo que resulta en nuevas y mejores ideas.
Sólo el 10% piensa que se pide rendición de cuentas a los integrantes de la empresa.
Sólo el 20% confía totalmente en la empresa para la que trabaja.
Sólo el 13% expresa tener confianza y relaciones de total colaboración con otros grupos o departamentos.
Sobre la base de esas evidencias, Covey dice: “Si los porcentajes anteriores se dieran en un equipo de fútbol, sólo cuatro de los once jugadores sabrían cuál portería es la suya, sólo a dos de los once les importaría el resultado del partido; sólo dos sabrían en qué posición juegan y cómo desempeñarla bien, y nueve estarían compitiendo con los de su equipo en lugar de con los del equipo contrario.”
Manuel Rodríguez Salazar
(Fragmento de su artículo en la revista Conceptos nº 3. http://www.sht.com.ar/conceptos/index.html)
Nov
19
He asistido a otra conferencia sobre dirigir personas en el siglo XXI. Otra conferencia sobre management del personal en la que el gurú de turno afirma detener la solución a la falta de productividad de los trabajadores. Otra conferencia en la que la solución consiste en exigir del personal que aporte valor a la empresa. Para eso proponen todo un catálogo de disposiciones que, bajo el disfraz de innovación, resultan al final ser un repintado de la triada: medición, palo, zanahoria.
Pedir al personal que aporte valor a la empresa es una transgresión por omisión, cómo cuando dices a un niño: tómate el Cola Cao y te harás más fuerte. ¿Más fuerte que qué, que quién? Falta un término a la ecuación. Una relación basada en “tú me aportas valor” y no contempla la otra parte es un balance al que le falta una columna, un saludo que recibes y no devuelves, una pareja de baile en la que uno se queda sentado.
Tal vez los managers piensen que al valor es a cambio de la nómina. Pues pensemos: ¿qué paga el salario? El trabajo. El dedicar ocho horas al día de la vida a ganársela. En muchos caso también, el salario – y se queda corto – debe compensar el aguantar un trabajo sin sentido, cuarenta horas semanales de órdenes incoherentes y humores del jefe, y a veces el sacrificio de la dignidad. El salario no paga el valor añadido.
Si la empresa quiera aportación de valor, la solución es bastante sencilla y un contable la puede entender fácilmente: llenar la otra columna del balance aportando valor al trabajador. Es lo que el modelo Fractal Teams llama reciprocidad y la economía un equilibrio. Quid pro quo.
Michel Henric-Coll
Nov
13

El management busca la receta del liderazgo, con el mismo ahínco que los alquimistas la piedra filosofal. Y no es de extrañar puesto que ha conseguido echar a perder en unas pocas décadas la valentía y abnegación que permitieron construir una boyante industria a partir de los escombros dejados por una devastadora guerra mundial. Ahora, busca el paladín capaz de reencajar los trozos descoyuntados de trabajadores desmotivados y desengañados.
Se buscan líderes, pero ¿qué es el liderazgo?
En la visión cartesiana, el liderazgo procede o bien de elementos de la personalidad (es la idea del líder innato) o bien de la adopción de determinados comportamientos (es la idea del liderazgo adquirido).
El management cartesiano (y ¡anda si Taylor lo era!) se esmera en identificar los componentes del liderazgo para poder reproducirlo. Puesto que los jefes tayloristas no tienen seguidores, inyectarles la vacuna del liderazgo sería una maravillosa solución. Al no encontrar el gen, admite que la clave podría estar en la adecuada combinación – y en correctas proporciones – de varias características. No obstante, si bien ha inventariado características más frecuentes y propuesto infinidades de formulaciones, no ha podido dar con la fórmula magistral del líder.
La visión sistémica es diferente. El pensamiento sistémico reconoce la imposibilidad de conocer todos los factores del liderazgo y su combinatoria. Si para los clásicos, la verdad consiste en la igualdad del modelo con la realidad, para la sistémica, radica en la coherencia y no en la identidad con una realidad inabarcable. Coherencia de las ideas entre sí, coherencia de las acciones con los resultados. La verdad no se esconde en ninguno de los elementos, sólo el sistema completo puede ser verdad. Y el sistema completo implica que no hay líder sin liderados, ni liderazgo sin finalidad, puesto que todo sistema está orientado a objetivos.
El pensamiento clásico descansa en el concepto de causalidad, siempre busca angustiosamente las causas que han producido el resultado. En su lógica transitiva, el futuro es la consecuencia del pasado. Si sus análisis consiguen detalles precisos y rigorosos, son poco aplicables en situaciones complejas. Por el contrario, el pensamiento sistémico parte del objetivo y construye modelos que pueden carecer de rigor a los ojos de un científico, pero son eficaces en la toma de decisión y la gestión del sistema. El presente es la anticipación de un futuro deseado. El pensamiento sistémico sabe que no se puede describir toda la complejidad pero sí actuar en y sobre ella con efectividad.
Sistémicamente, el liderazgo parte de una finalidad compartida que solemos llamar ‘la visión’. En función de esta finalidad aparecen y se desarrollan interrelaciones entre el líder y los liderados, así como en los liderados entre sí. Las interacciones son tanto la causa como el resultado del liderazgo. El estilo de liderazgo determina el tipo y la cantidad de interacciones, y las interacciones influyen sobre el estilo de liderazgo, Estamos ante un sistema, y como tal, una circularidad y no una linealidad.
No existe liderazgo antes de que exista el fin, ni sin la presencia de seguidores. Podremos hablar de líder potencial pero no de liderazgo efectivo. El liderazgo no es un estado, es un proceso cuyas reglas del juego se descubren jugando. El liderazgo se crea liderando. El líder que no está liderando no es ningún líder.
Es cierto que algunas personas parecen capaces de liderar a cualquier grupo humano, pero ¿son realmente líderes capacitados para cualquier grupo y circunstancias, o son personas capaces de conglomerar a su alrededor los liderados que les corresponde? En otras palabras: ¿son capaces de liderar a cualquiera, o su capacidad es la de encontrar a los seguidores que – sin saberlo ni conocerlo – le estaban buscando a él?
Para fomentar el liderazgo, las empresas deberían favorecer la transparencia de la visión, puesto que sin objetivo claro y compartido, no hay sistema, sólo interrelaciones caóticas. Deberían favorecer los intercambios tanto verticales como horizontales, porque el liderazgo no brota ni se desarrolla en la distancia (fuese esta jerárquica) ni en el aislamiento sino en las interacciones y en la confianza. Debería dejar de disgregar los sistemas que componen las empresas bajo el precepto cartesiano de fragmentación y división porque así los está destruyendo, ¿líder de qué, si no hay nada que liderar? Y para resumir, el management tendría que abjurar de Descartes y de sus secuaces tayloristas.
Michel Henric-Coll
La ilustración es obra de Luigi Gonnella (Eroogroof), http://eroogroof.deviantart.com/