Ene
25
Categories: Sin categoría
Tags: dirección de personas, humanismo, management, personas, Recursos Humanos
Ene
25
Esta vez, escribo para pediros ayuda.
Como bien sabéis, mi campo es el factor humano en la empresa, lo cual incluye el management de personas. Pues bien, no hay día sin que lea en alguna parte – web, blog, libro, revista, video – que el hombre es un animal, y que esto lo explica todo.
Las teorías conductistas sobre motivación, aquellas sobre el comportamiento humano en las organizaciones – por ceñirme sólo al campo empresarial – repiten todas como si fuese la explicación definitiva: “es que el hombre es un animal”.
Pues, lo confieso en toda humildad, yo sigo sin entender en absoluto qué se quiere decir con esto ni qué conclusión tan esencial se supone que tengo que sacar.
Eso sí, lo he comprobado, los científicos clasifican el hombre en el Reino Animal. Y como tal, tú y yo figuramos en la misma división que:
- los paramecios,
- los gusanos,
- las esponjas marinas,
- las truchas,
- los saltamontes,
- las lombrices,
- los pingüinos,
- las anémonas de mar,
- las palomas,
- las tortugas,
- las gambas (inclusive a la plancha).
Sin contar una profusión de “bichitos” cuya existencia jamás hubiera sospechado, como los gnathostomulidas, kynorhincha y otros tardígradas.
Así que me dicen tajantemente: “es que el hombre es un animal” y creen que lo han explicado todo.
¿Qué significa esto? ¿Qué conclusión válida sacan?
¿Qué compartimos con el escarabajo, las medusas, las sardinas, el castor y el pájaro carpintero que pueda servir de conclusión general a nuestros modelos de vida, formas de pensar o metas existenciales?
¿Qué clarificación sobre los valores, la psique, el espíritu, la inteligencia, la educación, la economía, el amor o los comportamientos humanos en general se puede extrapolar del saber que compartimos división científica con las tenias, las mariposas y los corales marinos?
Como autodenominado – y a veces reconocido – especialista en personas en las organizaciones, estoy un poco preocupado al ver que una afirmación tantas veces utilizada como argumento contundente, no la capto.
Espero que me podáis ayudar.
Mhc
Ene
13
Lo más problemático no es la situación actual de España, ni siquiera el actual número de parados. Lo más preocupante es el dramático retraso que nos estamos preparando con ingenio respecto a la competencia exterior.
Para cuando vuelva a salir el sol de entre las nubes (algo que siempre termina haciendo), dispondremos de tropas desnudas y desarmadas, desmotivadas, habiendo perdido toda confianza en las empresas nacionales y con una preparación profesional obsoleta.
Como los coches de Formula 1 – a la salida de una curva estrecha y apretada en la que parecían todos amontonados – aumentan distancias hasta perderse de vista, perderemos de vista a las empresas de los países que han sabido mantener a su personal en condición durante la crisis y aprovechar el invierno económico para entrenar y preparar la primavera.
Nosotros habremos reducido gastos. Todos. Los superfluos, los necesarios y los imprescindibles. Nos habremos quedado tres o más años sin formación, sin reciclaje, sin preparación a los cambios estructurales y culturales que acompañan siempre a las crisis. Habremos demostrado a los trabajadores que no son importantes, a pesar de lo que declaran los discursos populistas.
Pero tarde o temprano los mercados saldrán del letargo. Aquí, tendremos que tocar precipitadamente con la corneta la señal de a formar para reclutar en urgencia empleados quemados y desilusionados, y podremos quedar satisfechos con tal que se acuerden de como se hacía la o con un canuto.
Cuando despeje la oscura niebla y amanezca en la sabana de la economía global, despertaremos anquilosados y aturdidos para descubrir a nuestros competidores bien colocados en los tacos de salida y algunos terminando la primera vuelta ya.
No, lo más preocupante no es la situación actual de España, es la que nos espera.
Michel Henric-Coll
Ene
3
Hay dos formas diferentes de considerar los objetivos de una empresa, dos perspectivas que llevan a dos consecuencias opuestas. Una es fragmentista(1) – la que están enseñando en las Escuelas de Negocio – y la otra sistémica. La primera nos puede llevar a la ruina, la segunda requiere un cambio drástico en la manera de pensar el management.
La visión fragmentista considera cada empresa como una entidad desvinculada del conjunto, que puede legítimamente generar riquezas para sus accionistas de forma ilimitada sin tener en cuenta consecuencias globales. Ve la Economía de la misma forma en que se han considerado los recursos naturales del planeta: como si fuesen inextinguibles e independientes del uso que se les hace.
Del mismo modo que los océanos nos parecían tan gigantescos que echarles nuestros cubos de basura no terminaría nunca contaminándolos, o que los recursos del suelo seguirían inagotables, se está pensando que la Economía es independiente de cómo se la trata. Se ven a las empresas como organismos disociados que pueden consumir riquezas reales (las industriales) a cambio de generar riquezas ficticias (las especulativas) sin jamás llegar a agotar el pastel. Es el sofisma del calvo, del que he hablado en otro artículo. Con esta visión, parece bastante sensato ver a las empresas como medios para succionar la mayor cantidad de riqueza posible a favor de sus propietarios.
La visión sistémica amplia el horizonte y considera que todo está interrelacionado con todo. Cada empresa puede reportar beneficios a sus inversores porque el conjunto de las empresas crea riquezas para el conjunto de la economía. Sin embargo, las riquezas industriales revierten en la sociedad y las financieras: no. Los beneficios de la especulación financiera sólo existen en función del valor subjetivo que el resto de protagonistas de la Economía atribuye a los bienes. En el mercadillo de la compra-venta de acciones, una empresa sólo vale en función del beneficio que se espera sacar de la venta de sus acciones. Esta esperanza suele descansar en criterios ficticios, desvinculados de la realidad industrial.
Los especuladores tienen todos en común que no les importan las consecuencias sobre el bien común y que cuentan con que siempre existirá la suficiente cantidad de gente dispuestas a tapar los huecos que ellos crean, de tal modo que podrán continuar a vivir de su juego.
Pueden así seguir creando valor ficticio – convertible en moneda real para ellos – mientras que el resto de participantes económicos garantiza el valor. Pero cuando la cantidad de especuladores financieros sobrepasa cierto umbral, la burbuja explota y es toda la comunidad económica que sufre las consecuencias.
En una visión fragmentista, parece sensato comprender y admitir que el principal objetivo de una empresa sea proporcionar los máximos beneficios a los inversores, pero viendo el sistema en su conjunto, esto no es sostenible, por lo que el primer objetivo de las empresas debería ser mantener una economía próspera y floreciente, porque es la única manera para que los accionistas puedan seguir alimentándose con los huevos sin matar a las gallinas.
Es dentro de este objetivo principal que los accionistas pueden pretender sacar un rendimiento óptimo de sus inversiones. En este orden, y no al revés.
Los supuestos gurús del management, siguiendo Milton Friedman y consortes, han exaltado la idea de que el único comportamiento moral de las empresas es hacer la fortuna de sus accionistas. Es hora de entender que son posturas insostenibles y que empresas, trabajadores, consumidores y riquezas forman un sistema totalmente interdependiente cuya preservación requiere un planteamiento substancialmente ecológico si no queremos que la codicia rompa el saco.
Mhc
(1) Neologismo que pretende expresar la voluntad deliberada de fragmentar y disociar, ignorando la interdependencia de las partes con el todo y del todo con las partes.