Mar
21
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Si os declaro: “La misión de las empresas es aportar valor a la sociedad”, levantad la mano los que os lo vais a creer a bote pronto. Y sin embargo…
Llevamos décadas contaminados por el pensamiento de gente como Milton Friedman (premio Nobel en economía y suspendido estrepitosamente en ética) que se resume en una frase suya: “los directivos que no velan exclusivamente por el máximo beneficio para los accionistas están siendo inmorales”.
Su discurso sirve de ingrediente base a todas las teorías cocinadas y servidas desde entonces en las escuelas de negocio, masters en RR.HH. incluidos.
La misión de las empresas es aportar valor a la sociedad, declaraba en introducción, y sin embargo es de casi aceptación universal la idea de que el OBJETIVO PRINCIPAL de las empresas son sus beneficios. Pero es una falacia. Es una afirmación vacía de argumento, pero tan contundente como sota, caballo y rey, lo que le confiere la fuerza de las certezas que nunca llegamos a replantearnos. Y ¿por qué hacerlo? si la evidencia es tanta. Pues, ¡parémonos y pensemos!
Los defensores de la idea declaran que si las empresas no producen beneficios, mueren. ¡Es cierto!
Pero ‘sacar el máximo beneficio’ y ’conseguir beneficios’ no son expresiones equivalentes. Conseguir la mayor cantidad de beneficios significa que hay que anteponerlos a cualquier otro valor, sea humano, social o estratégico. La alternativa a conseguir la mayor cantidad de beneficio NO es tener pérdidas. Y esto implica sencilla y llanamente que la necesidad de conseguir beneficios no justifica en absoluto cualquier tipo de comportamiento o decisión que permita maximizarlos.
Permitidme una comparación: ¿estamos de acuerdo que si el hombre no come ni bebe, muere? (y mucho más de prisa que quiebra una empresa). Significa esto que su objetivo principal sea beber todo lo que pueda y comer todo lo que le quepa? Si lo hiciera, perjudicaría seriamente su salud y su longevidad.
Otros preguntan enfáticamente: “¿tú invertirías tu dinero si no fueras a sacar beneficios?”. Otra vez la misma confusión con el significado de ‘máximo’. Claro que no, si supiera que fuera a tener pérdidas, no lo haría. Pero devuelvo la pregunta a sus autores: ¿tú matarías (discretamente) a tus clientes o empleados si con ello fueras a ganar más dinero al final del año? Si no estás dispuesto a ello, entonces tú tampoco consideras que el beneficio es la prioridad absoluta, ya nos vamos entendiendo. Pero si tu respuesta es: sí, lo haría, entonces no vales más que Al Capone. No es excusa el que las empresas no son una ONG para actuar como un mafioso.
El desarrollo de la sociedad sólo es posible gracias a las riquezas producidas por las empresas. Todos vivimos de la venta de algo. Por esta razón, la sociedad necesita las empresas. Del mismo modo: sin la sociedad y quienes la conforman, las empresas no pueden existir. No hay ninguna empresa en la Luna, porque no hay ninguna sociedad allí.
El crecimiento de las empresas debe tanto al de la sociedad como es cierta la inversa. Se trata de una simbiosis. Por consiguiente, la obligación de las empresas es tanto velar por el crecimiento de la sociedad como la del productor de huevos es cuidar de sus gallinas.
Al anteponer el beneficio de los accionistas a cualquier otra prioridad (y esto es lo que significa realmente ‘objetivo principal’), las empresas extraen riquezas de la sociedad y las encauzan hacia unos pocos que no las redistribuyen ni colaboran al desarrollo general (sino todo lo contrario). Estas riquezas sólo les servirán para extraer más en una espiral bulímica sin fin. Para que me entendáis: en el cuerpo humano, todos los órganos son consumidores de energía, sí, pero cada uno contribuye a la mayor salud del cuerpo. Si se nos agarran unas sanguijuelas, también succionarán sangre y energía, pero no aportarán nada a cambio. Son parásitos, y las empresas que quieren los máximos beneficios para sus accionistas son esto: parásitos, porque sustraen sin contrapartida. Máximo significa lo más posible, y cuando se presenta la alternativa entre ganar más perjudicando, o ganar menos sin perjudicar, siempre se elige la primera. Por eso son parásitos y amenazan seriamente la supervivencia del huésped.
La misión de las empresas es aportar valor a la sociedad, y cuando lo hacen bien, consiguen beneficios. Si lo hacen muy bien, consiguen más beneficios. Si lo hacen mejor, consiguen muchos beneficios. Pero los beneficios nunca deben ser la causa so pena de desbaratar todo el sistema. Los beneficios no son la causa, son el resultado. Sin embargo se nos está llenando la cabeza de teorías engañosas, por egoísmo y visión cortoplacista. Teorías de dictador de república bananera. El deber de los directivos es velar por la continuidad del sistema que les permite existir, no arruinarlo en beneficio propio. Pero como dijo George Bernard Shaw, “cuando un hombre estúpido hace algo vergonzoso, siempre dice que cumple con su deber”.
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11
Te acaban de contratar como Director General, y es tu primer cargo en esta responsabilidad. Como tienes la sensata humildad de solicitar consejos, aquí van los míos.
Lo primero, y más urgente, sería no tomar ninguna decisión urgente. Si está la empresa en buena situación, no la vas a mejorar por tomar decisiones prematuras desconociendo el terreno, y si es grave, no la vas a resolver disparando chorros de agua sobre cualquier llama.
Tu primer propósito debería ser conseguir la visión, clara y nítida, de a dónde hay que llevar la empresa dentro de cuatro y dentro de diez años.
Para esto, paséate en ella, observa, habla poco, y procura escuchar mucho. Acompaña a los vendedores en sus visitas a clientes. Es un contrasentido que los altos directivos de una empresa no hayan tratado nunca con los clientes. Es como tener a un jefe de cirugía que no haya visto jamás a un paciente.
Tu segundo propósito será transmitir esta visión al grupo de directivos, asegurándote de que les cubra todo el panorama de su mente como si fuera una pantalla gigante a todo color. Pero cerciórate también de que llene sus corazones porque nada grande se hace sin pasión.
Que tu primer auténtico objetivo sea convertir a los directivos en un verdadero equipo, del que obviamente tendrás que formar parte. No pretendas conducir el coche desde la acera.
Combate a capa y espada toda manifestación de personalismo. Te recomiendo encarecidamente abolir todo sistema de competitividad interna, de ranking y medallismo por resultados individuales. Esto no hace más que fomentar las zancadillas y que una mejora en un punto perjudique a todo el conjunto.
No despida a nadie por incompetencia. En lugar de eso, enséñale y dale la oportunidad de utilizar sus talentos en el sitio de la empresa más idóneo. Pero despide sin el menor atisbo de duda a cualquiera que se niegue a trabajar en equipo y anteponga su poder y la defensa de su territorio personal a los intereses de la organización. ¡Hazlo! Cualquiera que sea su valía personal. El talento de una organización no es la suma de las competencias individuales sino una propiedad emergente que nace de la colaboración. Enseña sin descanso a todos a ver la empresa como un sistema interrelacionado en el que no existe ninguna optimización local, sino exclusivamente contribuciones al óptimo global.
El éxito de una empresa no se debe a la captación y retención de personas excepcionales, es un mito. Se logra cuando personas normales se muestran capaces de colaborar para conseguir resultados excepcionales.
Todos los días, mantén la vista en el horizonte, no en las piedras del camino pues el mayor peligro no es de tropezar con ellas sino de equivocarte de meta y errar el camino. Si te toca cruzar el mar de las sirenas, hazte atar al palo mayor para no correr el riesgo de confundir los arrecifes con la Tierra Prometida. En cuanto a tus colaboradores, procura que tengan la mirada en la pelota en lugar de distraerse con los marcadores.
Si fuera necesario reducir los costes de personal, empieza por tu propio salario, luego convence a tus directivos para que recorten el suyo, como lo hizo Lee Iacocca cuando salvó a Chrysler.
Deja claro a los propietarios que te han contratado que los beneficios no son un objetivo sino la consecuencia de hacer bien las cosas correctas. No aceptes el puesto si se trata de comer todo el pan hoy y crear hambre para mañana.
Elimina, si los hubiera, todos los buzones de sugerencia, pues una organización incapaz de establecer un diálogo directo con su personal jamás será capaz de tomar en cuenta una sugerencia echada a un buzón.
No pongas los procesos por arriba de las personas, tiene que ser el contrario. Como Steve Jobs, no contrates a gente inteligente para decirles cómo tienen que hacer las cosas, sino para que te digan ellos como lo tienes que hacer. Quema el manual de descripción de tareas y puestos de trabajo que es tan útil para alcanzar las metas como un libro de Arguiñano para solucionar el hambre en África. En su lugar, que cada equipo de trabajo tenga redactada una clara declaración de misión y se preocupen de cómo lo van a conseguir juntos.
Al que insista para medir el ROI de cada acción dedicada al personal, pídele que calcule el ROI de jugar al parchís con sus hijos, de invitar a su pareja a un paseo romántico, de dedicar todo un fin de semana a sus envejecidos padres. Sólo entonces harás caso a sus solicitudes de medir el tamaño del arco iris.
Enseña a tus directivos a no confundir dar vueltas sobre uno mismo con avanzar, a no dejar que un árbol les tape el bosque, ni les dejes imaginar que los ojos, los oídos, las manos y los pies son cuerpos autónomos y rivales. Muéstrales también con el ejemplo que la exigencia – como dicen de la caridad – empieza por uno mismo.
Por fin, cuando estés seguro de que tus directivos tienen la Visión, que forman un equipo y que han asimilado todos los fundamentos, recuerda que el granjero que está permanentemente incordiando a sus gallinas recoge pocos huevos, así que déjales trabajar en paz en el día a día y que ellos hagan lo mismo con sus colaboradores. Conviértete entonces en el activo defensor de los sueños, de las metas y de los valores.
Michel Henric-Coll
Mar
5
La “Crisis” no es el resultado de un accidente cósmico. No se nos ha caído ningún meteorito gigante. Tampoco es consecuencia de algún desastre natural. No ha reventado ningún volcán de caldera ni se han fracturadas grandes fallas telúricas. No busquemos tampoco las razones en alguna pandemia vírica incontrolable. No.
La crisis es consecuencia de comportamientos, decisiones y voluntades innegablemente humanas. Pues por humanos ha sido provocada, bien por incompetencia o por una manipulación tan egoísta como destructora del conocimiento, de las leyes y de los valores morales.
De hecho, la alternativa es muy sencilla: o se han equivocado estrepitosamente, o nos han engañado descaradamente.
Aunque podría haber un poco de ambas cosas: gente que engatusa y gente embaucada, que colabora a la gigantesca estafa sin siquiera ser consciente de ello.
Sea cual fuera la causa, malversación o incompetencia, una conclusión se impone: no podemos confiar en ninguno de los que nos han llevado a esta situación. Avisados, los que siguen confiando candorosamente se convierten ahora en secuaces.
Sin pretender que conviene rechazar todo en bloque sin discriminar el grano de la paja, sí que recomiendo manifestar a priori una sospecha explícita y categórica respecto a todo y todos aquellos que tuvieron poder, difundieron conjeturas o utilizaron su influencia durante la época anterior a la crisis.
Opino que es de una inconcebible ingenuidad, cuando no de una vergonzosa connivencia, el seguir fiel a las teorías profesadas – desde que las defendió el amoral Milton Friedman – por las Escuelas de Negocio, a las doctrinas tecnocráticas del management – en particular a todo lo que concierne a la dirección de personas – y a los modelos financieros de gestión de la economía.
Hay que reconocerlo en voz alta y clara: los modelos que nos vienen ‘vendiendo’ en las tres últimas décadas, y se han visto reforzados conforme aumentaba la codicia y las prisas en hacer fortuna, son un fracaso.
Muchos han sido los que han conseguido prestigio y dinero con este montaje de strass y cartón piedra, y su ambición es seguir aprovechando la situación de desamparo colectivo para mejorar aún la suya. No importa que sea porque siguen creyendo en falsas profecías o por ser embaucadores, hay que rechazar su apostolado.
De ahora en adelante, aquellos que siguen predicando los antiguos dogmas, aquellos que les escuchan cándidamente, o que servilmente difunden sus mensajes, son cómplices bien por activa o por pasiva de la situación.
La “crisis” tiene causas humanas. Si no cambian los modelos, los valores y por tanto no cambiamos de catequistas, una vez rellenadas las arcas gracias al trabajo y esfuerzos de la sociedad, volverá la crisis, hasta que el paciente se muera de las sangrías.
“No se puede solucionar un problema aplicando la misma forma de pensar que lo ha creado”, dijo Einstein.
Piensa, reconsidera, y ¡Exige cambios!