Sep
5
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Tags: ingeniería, innovación, management, organización, tecnología
Sep
5
Sus prosélitos no saben muy bien cuál de estos chirimbolos ni cual de las nuevas teorías de los gurús de siempre serán los que nos rediman, pero sí que hay que seguir buscando, porque el grial está allí fuera, en alguna parte.
Gestionar ha sido tradicionalmente reproducir lo que se ha hecho antes. La planificación ha consistido fundamentalmente en correr los presupuestos hacia el futuro hinchándolos un poco más: algo más de inversión, algo más de ventas, algo más de resultados.
Inclusive en las llamadas empresas innovadoras la innovación se ha conseguido casi siempre reproduciendo los métodos de trabajo y los procesos creativos anteriores, adaptándolos simplemente a una proyección futura considerada como razonable. Las cuentas de explotación previsionales de la innovación se escriben principalmente en un escenario de continuidad y casi nunca en uno de ruptura. Y cuando no es la propia empresa que se abriga en la seguridad de lo conocido, son las fuentes de capital – siempre huidizas del menor riesgo – las que obligan a una postura conservadora so pena de ver el proyecto descartado.
Paralelamente a este entumecimiento, los avances en la tecnología de la información han permitido desarrollar extraordinarias herramientas que hacen soñar a algunos con una organización totalmente estructurada y controlada por las TIC, cuyas asombrosas capacidades les proporcionan una gran ilusión de eficacia.
En consecuencia, los empleados – y los departamentos de RR.HH. – se han ido amoldando paulatinamente a una organización y arquitectura concebidas por y para una herramienta tecnológica. Se ha creído que ésta era capaz de entender y manejar la complejidad humana, y que los sistemas ingenieriles podían sustituir a una gestión flexible e inteligente del personal. En lugar de poner la tecnología al servicio del hombre, se ha empezado a poner el hombre al servicio de la tecnología.
¡Y llegaron las crisis! Hablo de crisis en plural porque hay varias: económica, de valores, de conceptos, de liderazgo… Pero todas las crisis tienen en común el traer consigo una gran incertidumbre sobre el futuro y la necesidad de replantear lo que creemos saber y saber hacer.
En esta situación, la reproducción del pasado como si hiciéramos una fotocopia ampliada de los planes anteriores, la conservación de las doctrinas y costumbres, simplemente no sirven. A enfermedad distinta, remedios diferentes. Además, la subordinación de las personas y de su gestión a una organización tecnológica no ha hecho más que reforzar el carácter burocrático del modelo organizativo. Muchos se están dando cuenta – y más aún en los departamentos de RR.HH. – de que algo no anda bien. La supeditación de los trabajadores y del trabajo a un ordenamiento rígido y riguroso empieza a parecerse más a un engorroso corsé que a una panacea.
La necesidad de escapar de aquello y la confianza en la diosa tecnología son tales que se está pensando seriamente en que las empresas adopten el modo de funcionamiento de las redes sociales, en las que los grupos humanos tienen fronteras difusas (uno puede adoptar o borrar a un “amigo” en cualquier momento) y donde la comunicación tiene como único patrón la dispersión de mensajes en todas las direcciones como los confetis en el carnaval. Cada participante es libre de crear una nueva subestructura, de entrar en una existente o abandonarla de forma espontánea. Es el paradigma de la anarquía, no tomando la palabra en su contexto de partido político sino en su sentido literal y académico de “falta de todo gobierno en un estado”. Pero estamos ansiando éxito desesperadamente y las redes sociales lo tienen y motivan a la gente, por lo que es tentador pensar en imitarlas. Esto nos lleva a la extraña paradoja de querer adoptar una ausencia de organización como modelo organizativo.
El planeta industrial está siendo sujeto a intensos movimientos telúricos que cambian el paisaje económico y social permanentemente. Los viejos mapas del management no nos sirven, las brújulas enloquecidas no indican el camino y en este contexto se manifiestan dos grandes tendencias.
Una consiste en intentar mantenerse firmemente en la época anterior. Atrapados en la fase de negación descrita por Kübler-Ross, sus partidarios exteriorizan la fe de que si insisten lo suficiente en sus ideas y procesos anteriores, el mundo terminará rindiéndose a la razón y estos importunos seísmos cesarán. Esta tendencia se manifiesta por un refuerzo de las teorías tayloristas y burocráticas: medirlo todo, centralismo, el personal es fundamentalmente un cargo o una variable de ajuste, la ingeniería puede controlar los sistemas humanos, hay que gestionar a los trabajadores centrándose en su rendimiento individual. Este conservadurismo proteccionista se esconde detrás de la aparición de supuestos remedios novedosos y se disfraza de innovador. No es tan extraño. Como lo escribe Giuseppe Tomasi di Lampedusa en El Gatopardo, “hay cambios que son necesarios para que todo permanezca igual”.
La otra es su contrario. Puesto que todo está cambiando, cualquier cosa que haya nacido en este cambio es susceptible de ser una solución. Hay que tirar toda la vieja caja de herramientas y confiar en la innovación porque ella nos salvará. Sus prosélitos no saben muy bien cuál de estos chirimbolos ni cual de las nuevas teorías de los gurús de siempre serán los que nos rediman, pero sí que hay que seguir buscando, porque el grial está allí fuera, en alguna parte.
Ni tanto ni tan calvo.
Las nuevas tecnologías han de ser incorporadas en el management de las empresas y por tanto de su personal, pero como herramientas integradas en un modelo organizativo, no como modelo en si mismo y menos aún como factor preponderante. Las nuevas tecnologías han de hacernos más libres, no más esclavos. Tienen la capacidad de permitirnos unir la eficiencia colectiva con la emancipación individual de una forma que jamás fue tan accesible al hombre. Al posibilitar una mejor intercomunicación, facilitan las interacciones y, por ende, la posibilidad de trabajo cooperativo y las sinergias. A la vez proporcionan a cada uno el acceso a la información y a herramientas autónomas de eficacia personal. Pueden ser la forma de templar el poder abusivo de unos pocos e incrementar el de todos. Sin embargo, también podrían constituir el instrumento del Gran Hermano para tener vigilado a cada uno y atar a los empleados al banco de los galeotes. Lo que advendrá no depende de la tecnología sino de quienes la tengan en su poder. Escribió el médico humanista François Rabelais, padre de Gargantúa, que “ciencia sin conciencia no es más que ruina del alma”.
El management, por su parte, debe mostrar humildad y aceptar un honorable replanteamiento de sus dogmas fundacionales así como una puesta en evidencia de algunos de sus mitos. El sistema humano que constituyen los empleados ha de estar bajo la responsabilidad real de especialistas en personas, no en ingeniería. No se trata ya de redecorar el sistema organizativo de las empresas, sino de reestructurarlo con nuevos paradigmas basados en aportar sentido al trabajo, en la reciprocidad de intereses entre el capital y el personal y en la descentralización de la gestión operativa. Se necesita desplegar el organigrama organizativo y añadirle una tercera dimensión sustituyendo su arquitectura lineal e intrincada debido a su cantidad de normas y contranormas por un modelo sistémico que pueda hacer frente a la complejidad sin complicaciones. Es desconcertante pensar que mandamos naves a Marte y que nuestras empresas siguen regidas por un modelo diseñado el mismo año que el Ford modelo T.
El grial no es una figura mítica sino el resultado de una labor racional y consciente que empieza tomando conciencia del nuevo paisaje para desarrollar modelos coherentes, capaces de integrar de forma armoniosa y equilibrada la economía, lo humano y la tecnología.
Las empresas deben recordar que crear riqueza es muy diferente de sacar beneficios. Vender un cáliz de oro puede proporcionar un buen beneficio, pero no creará riqueza. Los beneficios pasan, pero las riquezas se han de quedar.
Mhc
Ago
26
El tecno-management se obstina en ver las metas de la propiedad y las de los empleados como incompatibles, exclusivas. Se habla de objetivos incompatibles cuando ambas partes necesitan lo mismo y, obviamente de objetivos compatibles en el caso contrario. Si uno sólo necesita la clara y el otro la yema, los objetivos son compatibles. ¿Porqué pelear por el huevo?
Muchas situaciones permiten la compatibilidad de objetivos, es decir un reparto satisfactorio para todos. Hasta un simple pollo asado sabe perfectamente que unos quieren su muslo y otros prefieren la pechuga. Pero lo más incompatible de todo, son los números. Cualquier comercial bien preparado sabe que si el vendedor y el comprador se enfrascan en una pelea de precio (números), la negociación terminará mal, bien por ruptura, bien porque por lo menos uno de los dos se sentirá vencido y con ganas de revancha. Precisamente el management en su cuantofrenia se obceca en convertirlo todo a números, y la relación laboral se reduce cada vez más a un enfrentamiento sobre valores numéricos. En consecuencia, dicha relación se transforma en una contienda en la que uno gana sólo si pierde el otro. No me canso de recordar que el trabajador es un ser que piensa y siente, y que hay que incorporar más intangibles y más criterios cualitativos en la relación. La conversión sistemática a números es un empobrecimiento de la complejidad humana.
Puesto que he introducido un concepto de la teoría de las negociaciones, seguiré con otro: la dependencia o independencia de los objetivos. Se habla de objetivos dependientes cuando una de las partes necesita la colaboración (y por tanto satisfacción) de la otra para lograr sus metas. Recíprocamente, la independencia de objetivos es cuando uno puede lograrlos tanto si el otro consigue los suyas como si no.
Dejadme que os ponga un ejemplo trivial: si no quieres acompañarme al cine y que yo tengo los billetes y el coche, puedo ir sin ti, no te necesito. Mi objetivo es independiente. Por el contrario, si tu intención es ir al cine y no tienes billete ni coche porque los tengo yo: tu objetivo es dependiente. Me necesitas.
Cuando los objetivos de las partes son independientes, nos lleva a una postura competitiva y a una lucha de poder que, como bien se sabe, tiende tanto a caer en el abuso y la intransigencia como el agua a fluir hacia el mar. Por el contrario, cuando los objetivos son dependientes, nos llevan a una postura cooperativa, a mayor flexibilidad y a desarrollar soluciones creativas beneficiosas para ambos.
Resulta que las teorías del management – creadas en una época en la que la situación económica, social y cultura era muy diferente – asumen que la Propiedad es el amo y que sus objetivos son independientes porque las calles están repletas de empleados intercambiables, necesitados y dispuestos a coger el trabajo. Es una quimera. Tenemos que adoptar una visión sistémica porque todas las empresas y todos los trabajadores componen un sistema en el que todos están interconectados. Si se sustituye a un trabajador desmotivado por otro de la calle, se descubrirá al cabo de poco tiempo que si esta empresa no lo ha aún quemado y desilusionado, lo habrá hecho la empresa anterior y que estamos en las mismas.
Se ha creído que contratar a personal cada vez más joven, enérgico y virgen de manchas, era una buena solución a ese problema. Lo fue, y ya no. Los jóvenes de la generación ‘Y’ tienen exigencias firmes en cuanto a la reciprocidad que esperan de las empresas y consideran la relación laboral como una transacción. En consecuencia, o no aceptan los malos puestos de trabajo (aquellos en los que no se sienten justamente valorados), o se queman más rápido que antes, o bien aún son de los que no tienen mucha elección para ganarse la vida y la empresa incorpora a trabajadores mediocres.
Luego se desespera por la ausencia de talento y busca ungüentos para aplacar los síntomas en lugar de curar las causas.
La reciprocidad es uno de los tres pilares de la Organización Fractal. Significa que nos necesitamos mutuamente, y que uno no puede ganar si no lo hace el otro. Dentro del cascarón que es la empresa, propiedad y empleados han se ser como la clara y la yema. O no habrá huevos.
Michel Henric-Coll
Ago
5
Si sólo se necesitara una prueba de que algo va mal en el campo del management de personas, bastaría para concienciarse de la magnitud del problema el observar la cantidad de ideas alternativas que van surgiendo como setas después de la lluvia.
No obstante, veo un enorme fallo en todas las propuestas de solución o mejora que van apareciendo, es que todas procuran descargar la responsabilidad tanto del problema como de las soluciones en los individuos.
Talento, miedo, mentalidad, implicación, motivación, liderazgo tipo tal o tipo cual, necesidad de cambio, remuneración vinculada con la rentabilidad, todas las alternativas recaen en las personas.
Y estoy convencido de que es un craso error, porque el problema no es de las personas, sino de la organización – del modelo organizativo más exactamente. Todos estos cambios que se pretende que realicen las personas son paliativos para evitar que cambie el sistema organizativo, auténtico responsable de nuestra dañina situación, debido a su inadaptación a la realidad económica, social, tecnológica y cultural en la que estamos inmersos.
Algunos podrán objetar que la Organización es un ente abstracto e incorporal, y que si las personas que lo conforman cambian, la Organización cambiará. Pero no es cierto. Son varios los casos en los que una Organización adquiere una personalidad propia y transcendente. Es el caso de la Iglesia, del Estado, de la Cruz Roja, y de muchas instituciones. No suele ser el caso de la mayoría de las empresas, pero sí del management que se ha convertido en toda una doctrina, cuyas “Verdades” deben ser preservadas porque están por encima de las personas que lo sirven. Salirse de estas verdades canónicas resulta extremadamente complicado, el modelo organizativo es tabú.
Muchas de las soluciones propuestas – no todas desde luego – tienen puntos positivos, buenas intenciones y algunas integran elementos muy importantes. Pero tropiezan y seguirán tropezando con una armadura oxidada que impide que puedan funcionar.
La Organización exalta el cambio y lo exige del personal, pero se aferra con tenacidad a sus dogmas fundamentales que se niega a replantear. Cambiar el color de las cortinas, redecorar los pisos, dar clases de comunicación a los vecinos y al conserje: sí, pero admitir que la finca tiene aluminosis: ¡ni hablar!
Mhc
crédito foto: www.tuningspain.es
Jul
7
La receta “Compromiso + Orientación al logro + Tolerancia a la frustración” se nos está presentada como patrón y fórmula mágica de los trabajadores con talento, estos mirlos blancos cuya veda se acaba de declarar abierta y que podrían ser la salvación de nuestras poco competitivas empresas.
Quejarse de la falta de compromiso de su personal suele ser una constante por parte de las organizaciones, y hay que reconocer que están acostumbradas a echar la culpa de sus males a las víctimas de su mala gestión: si los empleados sufren estrés, culpa de ellos por no saber gestionarlo adecuadamente; si se sienten frustrados, culpa de ellos por tener poca resistencia a la frustración; si no están comprometidos, culpa de ellos por carecer del necesario talento para formar parte de la organización; y si carecen de talento, iremos fuera a buscarlo, lo mimaremos y dejaremos que se pudra la gente que ya tenemos.
Sí, hay carencia de compromiso, pero no queda nada claro si es – como pretende el management – una característica intrínseca de los trabajadores o bien la consecuencia de la manera en que se lo dirige. ¿Alguien se ha preguntado por ejemplo lo grande que han de ser la capacidad de compromiso y la tolerancia a la frustración de los empleados para aguantar los sinsentidos y los absurdos que una organización empresarial desfasada les impone?
Prácticamente todos los manuales valoran como destacada cualidad el saber admitir los propios errores y plantear nuevos caminos. Es una virtud que el management exige de su personal, pero de la que él mismo carece. El modelo que utiliza fue desarrollado con los conocimientos científicos de finales del siglo XIX y aplicado a partir de una situación específica de principios del XX en los EE.UU. A pesar de que estamos en el XXI, el management se muestra incapaz de admitir que la situación ha cambiado completamente e integrar los descubrimientos científicos que aparecieron unos cincuenta años después de que Taylor formalizara su modelo.
Los tecno-managers hablan de los trabajadores como si de alguna raza alienígena inferior se tratara. “Los trabajadores son así” dicen antes de achacarles una interminable lista de lacras que va desde vagos, irresponsables y mentirosos hasta egoístas, ladrones, y desagradecidos. Confieso que me quedo desconcertado ante la misantropía que representa la expresión de tanta indiscriminada crítica. En efecto, los trabajadores que pueblan las empresas son también nuestros vecinos, los padres que llevan a sus hijos en los mismos colegios que nosotros, los que encontramos en el supermercado empujando el carrito, que acuden a ver las mismas películas que nosotros los viernes por la noche, que cruzamos en la bolera, en la terraza de los cafés o en la sala de espera del médico, que se ponen morenos en las mismas playas y hacen cola en las mismas ventanillas.
Y resulta que toda esta gente (algunos de nuestra propia familia) – que trabaja y constituye la mayor parte de la población del país – sería descastada, displicente, escabullida, maleante, indigna de toda confianza, y que sólo una estrecha vigilancia podría permitir sacar algo positivo de ellos.
Todo menos sospechar que algo huele a podrido en el Estado del Management. Tanta constancia en el error sería digna de admiración si no fuera por los dolores y desolaciones que provoca.
Para no oír voces discordantes, el tecno-management ha blindado sus dogmas. Ha construido un catecismo completo, que universidades y escuelas de negocios se encargan de propagar, siempre atentas a la ortodoxa conservación de la doctrina y a frenar toda introducción de teorías que podrían replantear la fe genuina. Es cierto que el management sabe de branding, es decir de reempaquetado de la imagen de marca bajo envases y eslóganes aduladores. Aparecen así periódicamente “soluciones felices” acompañadas de cantos a la gloria del capital humano, pero que siguen basados en las mismas premisas: los empleados no valen un pepino ¿cómo manejarlos para sacar algo de ellos?
Que los axiomas en los que se basa el modelo de dirección del personal – hay tres – resulten incongruentes con la realidad, que sus teorías ignoren los descubrimientos y avances científicos posteriores a su elaboración, que los resultados que consiguen sean en el mejor de los casos preocupantes y más habitualmente dramáticos, esto no parece importar. Ya se sabe que cuando uno alcanza cierto nivel de ceguera cognitiva y que sus teorías discrepan con la realidad, pues: ¡mala suerte para la realidad!
La productividad y la competitividad de las empresas pasan por la competitividad de su personal. Lo saben o intuyen las empresas, pero su empeño en considerar a las personas como otros componentes de una gran máquina – y por tanto en emplear los mismos criterios y métodos de gestión que para cualquier recurso – es un contrasentido total. La optimización del componente humano en las organizaciones exige un cambio diametral de punto de vista. En lugar de preguntarse de qué manera las organizaciones podrían sonsacar más de sus empleados, han de preguntarse cómo pueden aportarles valor. El crecimiento requiere instaurar la reciprocidad como paradigma de base. Yo gano si tú ganas. Reciprocidad y consideración. Como lo demostró McGregor, las personas nos comportamos tal como nos sentimos tratados, y la respuesta a la misantropía es el desenganche y la indiferencia.
MHC
Jun
24
Bajo este título (Dirigir personas en el siglo XXI: un sistema innovador), tuvo lugar ayer 23 de junio la conferencia de Michel Henric-Coll en la sede de la Escuela de Negocios-CEU organizada por Aedipe CV y HC&A Business coaching con la colaboración de CEU Escuela de Negocios y Santiago consultores.
Tras la presentación realizada por José María Traver, presidente de Aedipe, Michel Henric-Coll nos planteó la necesidad de cambiar nuestro sistema actual que no satisface a nadie y es insostenible por otras soluciones sostenibles que, enterrando a Taylor, pasan por nuevos paradigmas, una nueva estructura y una solución progresiva: cómo fractalizar la empresa.
Tomando como metáfora “El caballero de la armadura oxidada”, de Robert Fisher, y aplicándola al mundo empresarial…
Jun
20
Si no habéis leído recientemente pronósticos sobre cuál será la evolución de los Recursos Humanos o participado en alguna encuesta o debate en la que os piden los vuestros, es que no estáis en este planeta.
Esto de pronosticar tendencias entraña bastantes riesgos de ser capcioso. En efecto, pronosticar es intentar prever lo que va a ocurrir, pero el riesgo consiste en confundir el pronóstico con lo que sería bueno que ocurriera, y con lo que es necesario que ocurra. Es obvio que no es lo mismo pronosticar que mañana una tormenta arrasará las costas que considerar que esto sea bueno o deseable.
No obstante, los pronósticos en materia de tendencias económicas o laborales se convierten muy fácilmente en profecías autocumplidas, porque de tanto repetirse los pronósticos, terminamos considerándolos como la línea a seguir. Si el pronóstico es que los corderos van a tirarse por el precipicio, terminamos organizándonos para saltar con ellos en lugar de estudiar cómo prevenir el salto.
¡Anda! Ahora pido a gurús y blogueros que juntos, pronostiquemos que en la segunda década del siglo, la tendencia será que las personas claves de las empresas serán las que sepan latín.
Si se repite lo suficiente, las escuelas de negocios y las universidades incorporarán el latín en sus asignaturas; las consultoras buscarán colaboradores que dominen el latín; los medios de comunicación confirmarán las tendencias del mercado, eliminando las últimas dudas agnósticas; los caza-talentos abrirán la veda a los latinistas, y en poco tiempo, aquel que no sepa latín no tendrá la menor oportunidad de encontrar un puesto directivo. Así se confirmará lo listos que fueron aquellos que supieron discernir la tendencia antes que nadie. Pero ¿de verdad sirve el latín para salvar a las empresas? ¿Alguien se lo está preguntando? Sobre todo que hay dinero que ganar vendiendo latín…
Vamos a ver, ¿cuáles son los pronósticos que circulan en nuestras fechas? Que el talento será un bien escaso, que la gestión por competencia será el modelo imprescindible y que todos los empleados serán medidos en tres dimensiones en cuanto a su contribución personal al rendimiento del negocio.
Cuanto más consideremos que el talento es un bien escaso que hay que buscar con el empeño de un “Forty-niner” y tan precioso como un diamante de la De Beers, más se convertirá en realidad. Se descuidará y menospreciará aún más al resto de trabajadores, se aumentarán los agravios comparativos entre Los Elegidos y el Servum Pecus, y se comprobará que menos mal que nos habían avisados de contratar y mimar a los “Talentos”, porque ya no hay quien pueda con el resto de los empleados.
La Gestión por Competencias (excelente en cuanto a competencias técnicas) habrá terminado por acaparar también las habilidades psico-sociales y querrá adecuar cada empleado con el perfil ideal, que comporta 256 items, entre los que cuenta la comunicación asertiva (capacidad para tratar amablemente al jefe cuando este te manipula abiertamente o te recuerda que aquí manda él) y la resiliencia. La resiliencia es la capacidad de recuperarse después de que te han apaleado. Así, si te afecta que la Organización te putee repetidamente, te mandarán a desarrollar tu competencia en resiliencia, lo que resulta más cómodo que esperar que el Sistema deje de tratarte como un zote engranaje de la gran máquina titiritera.
Se medirá la capacidad de Heroísmo Laboral de cada uno (vete a saber con qué unidad de medición) y podremos enviar a los desmañados a seminarios de desarrollo de la Capacidad de Sacrificio (dónde cohabitan el modelo formativo Azteca con el método de los Mártires Coreanos). En serio: en una conferencia hace un par de semanas, el ponente afirmaba que la salida de la crisis exigía que el personal reaprendiera las virtudes del sacrificio.
Como el ser humano habrá sido despojado de lo que lo hace humano, estará convertido a un conjunto de números lo cual, hay que admitirlo, resulta mucho más cómodo para confiar su gestión a programas de ordenadores. Esto en un futuro cercano, porque supongo que más adelante podremos codificar la cadena ADN de cada empleado, lo que será un paso de gigante hacia un mundo perfecto y feliz. No necesitaremos formación en habilidades sociales (siempre aventuradas) puesto que una manipulación genética será más científica. Para la clonación del empleado ideal, supongo que habrá que esperar un poquito más.
Confieso que estos escenarios me dan sudores, pero quiero dejar algo claro de mis pensamientos: la sociedad necesita a las empresas y que estas ganen dinero, generando riquezas porque todos vivimos de ellas.
Pero al mismo tiempo, las empresas necesitan a la sociedad y a quienes la conforman. No olvidemos que la sociedad está formada en mayor parte de los consumidores y trabajadores. Ergo, lo que es malo para la sociedad, es malo para las empresas. Esto de esperar ganar haciendo perder a la sociedad es un absurdo. Por eso las empresas han de entender que las personas no se pueden gestionar como si fuesen recursos inanimados o desalmados, hay que dejar de inventar parches para mantener un modelo de gestión obsoleto e integrar el componente humano en la dirección del personal.
“Cartago delenda est” decía el viejo Catón en cada una de las sesiones del senado, Cartago ha de ser destruida. El taylorismo ha de ser destruido, repito yo.
MHC
Jun
16
Aedipe y el CEU San Pablo presentan una conferencia de Michel Henric-Coll el miércoles 23 junio.
La primera parte portará sobre los mitos y leyendas del país del management, que llenan de paradojas la dirección de personal y convierten toda propuesta de buenas prácticas en meros deseos piadosos.
La segunda parte presentará el modelo fractal de organización, alternativa sostenible al taylorismo imperante, con sus nuevos paradigmas – el conjunto de creencias y costumbres que rigen la empresa – y una nueva estructura, es decir la arquitectura que relaciona y organiza todos los componentes.
Miércoles 23 de junio de 9 a 12 horas, Escuela de Negocios CEU San Pablo, calle del Almudín nº1, 46003 Valencia. Entrada libre
Jun
3
El CLUB DE RR.HH. de Castellón organizó el pasado martes 1 de junio su conferencia-taller mensual, de la que tuve el placer de ser el ponente.
El tema – y diría, obviamente – portaba sobre el desafío que constituye la dirección y gestión de personal en este principio del siglo XXI. Creo que muy poca gente sigue dudando de que el sistema actual no nos lleva a ninguna parte, que no es sostenible, y que la crisis detrás de la crisis es precisamente la del management de personas.
En esta conferencia, pude explicar cuáles son los errores graves que sostienen el modelo desfasado y nocivo actual, demostrar por qué son errores y proponer soluciones alternativas viables.
La acogida del público fue extremadamente positiva, lo cual nos deja ver una vez más que la mayoría de los responsables de RR.HH. son plenamente conscientes de que el modelo falla y están esperando ansiosamente soluciones verdaderas (y no repintados de los valores equivocados que nos han llevado hasta aquí).
La próxima conferencia estará organizada por la asociación AEDIPE y tendrá lugar el miércoles 23 de junio de 9 a 11:30 horas en la Escuela de Negocios CEU, calla del Almudín, 1, 46003 Valencia.
Mhc
May
24
El Club de Recursos Humanos de Castellón y la Universidad Jaume 1º presentan el martes 1 de junio a las 17 horas una conferencia taller de Michel Henric-Coll sobre el modelo organizativo de gestión fractal, una solución para el siglo XXI.
Más datos e inscripciones en http://www.clubrrhh.org/
May
11
Sobre costos y reducción de costos, hay abundante literatura, tanto en librerías como en Internet. Sobre que no se trata de reducir los costes totales sino los costes por unidad de ingreso, también se han escrito muchos y buenos artículos. Por tanto, no pretendo añadir más zumo de teclas al mismo brebaje, sino abordar el tema por otro lado, el humano como no era de extrañar.
Una de las formas básicas de reducir costes consiste en estandarizar los procesos. Hasta constituye la tercera regla del método Kaizen, que define los estándares como la mejor forma de realizar el trabajo.
He tenido ya la oportunidad de comentar en “Las falacias del tecno-management” que la existencia de una mejor forma de hacer el trabajo, que constituye uno de los principios básicos del taylorismo, es un mito. Es cierto que algunas tareas – en particular si hablamos de tareas fragmentadas y susceptibles de ser mecanizadas – admiten una mejor forma de hacerlas, pero del mismo modo que un montón de notas juntas no son una sinfonía, la suma de las tareas no son el trabajo, ni se puede erigir el “one best way” en verdad universal.
La fragmentación de las tareas y la estandarización constituyen un empobrecimiento del trabajo, y es cierto que puede llegar a ser una ventaja para aquellas que pueden mecanizarse. Pero ¿qué ocurre cuando el trabajo ha de ser realizado por personas?
La fragmentación en procesos estandarizados impide, o por lo menos restringe seriamente, el trabajo en equipo y por tanto las sinergias. Puede permitir un trabajo en grupo, pero no en equipo puesto que entre sus claves más importantes figuran la autonomía operativa y la autorregulación. Pretender trabajar en equipo con procesos fragmentados, especificados e individualizados releva del mito de Frankenstein, quien pretendía crear la vida cosiendo juntas partes de cuerpos.
La estandarización de los procesos cuando los tienen que realizar personas tiene otras consecuencias problemáticas. El empobrecimiento resultante provoca que los empleados pierdan motivación e interés por el trabajo. Por una parte porque un trabajo pobre no es gratificante para nadie, por otra porque al no permitir que se sientan corresponsables de un proyecto común, ni vean la globalidad de lo que hacen, ni tengan la sensación de logros, su trabajo carece de sentido.
Los dioses habían condenado a Sísifo a rodar sin cesar una roca hasta la cima de una montaña desde donde la piedra volvería a caer por su propio peso. Habían pensado con algún fundamento que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza. (Albert Camus, El mito de Sísifo)
La repetición mecánica de una tarea despojada de sentido provoca, a su vez, pérdida de atención y concentración con la misma inexorabilidad que el conducir durante horas en una autopista desierta. Fuente de errores – o accidentes – desde luego.
Además, los empleados se vuelven más preocupados por el respeto de los procesos que por los resultados. Cuando se enseña a alguien a no pensar y que se le castigue por salirse de las normas, aprende que en lugar de involucrarse con las metas, le resulta personalmente más provechoso evitar los reproches. Es el muy típico fenómeno de escudarse detrás del estricto cumplimiento de las normas para no tomar responsabilidades ni iniciativas. Cuando la organización se basa en manuales de procesos precisos y detallados, un trabajo mal hecho respetando las consignas es mucho más seguro que arriesgarse a un mejor resultado saltándosela.
Al ejecutar un trabajo despojado de su lado humano, los trabajadores pierden toda la variedad propia de la creatividad y capacidad de adaptación humana. Por un lado, se les pide que tengan implicación, iniciativa y fomenten ideas de mejora, por otro se les obliga a seguir estrictamente procesos diseñados por otros sin propasarse. Obviamente, es encerrarles en una paradoja que, como bien se sabe, es un excelente camino para volver loca a la gente.
La pérdida de variedad sistémica[1] genera una pérdida equivalente de adaptación a los cambios. Todo cambio, en efecto, va a requerir que la información percibida en el terreno suba la pirámide hasta llegar al nivel que tiene autoridad para rediseñar procesos, luego que se estandaricen y vuelvan por fin al lugar en el que se van a aplicar.
En el mejor de los casos, las soluciones llegan con un costoso retraso. En el peor, llegan como los caribinieri del opera de Offenbach, siempre tarde, cuando las condiciones han vuelto a cambiar haciéndola inútiles. Se trata de un sistema burocrático jerarquizado que, por definición misma, es antiproductivo.
Por tanto, es conveniente dejar de reducir costos cuando al hacerlo convertimos a los trabajadores en meras máquinas. La competitividad de las empresas, también se ha dicho hartas veces, es función directa de la competitividad de su personal, la cual es inversamente proporcional a la vaciedad con la que se define su trabajo.
Leyenda: Cuando la reducción de costes se consigue empobreciendo el trabajo, la competitividad baja a la zona de deshumanización y el rendimiento total es inferior al que sería con costes mayores pero aprovechando el trabajo en equipo así como las propiedades humanas. Como resultado, la competitividad de la empresa disminuye.
Michel Henric-Coll
Abr
26
El uso, o mal uso de Internet por parte de los empleados está a la orden del día. No hay ninguno en que no salgan ejemplos de trabajadores que malgastan el tiempo y los medios de la empresa para conectarse a Facebook, animar su blog, o navegar por sitios indebidos.
Prohibir, o no prohibir el uso de Internet a los empleados parece ser la cuestión.
Se culpa mucho a la irresponsabilidad de los empleados, pero estoy convencido de que el problema de la actitud ante Internet y de su uso indebido está en grandísima parte provocado por el sistema organizativo actual.
El modelo de dirección de personas se basa en la centralización y la individualización. El control, las evaluaciones, la asignación de tareas, todo procura realizarse desde un órgano central de mando. Como consecuencia, no hay mando de proximidad, ni trabajo en equipo, ni autorregulación de los equipos.
Cuando digo que no hay trabajo en equipo, es porque por mucho que se le ponga la etiqueta de equipo a un grupo de trabajadores, si no dispone de acceso a la información sobre sus objetivos globales, de sus indicadores de rendimiento, del poder de autorregulación y de definir sus propios procesos, no podrá funcionar mucho tiempo como un verdadero equipo. Y una de las cosas que no tendrá, es la presión de conformidad que ejercen los miembros de un equipo con respecto a los demás.
En un (verdadero) equipo, los miembros ejercen un control recíproco sobre ellos mismos porque todos asumen que el trabajo de cada uno depende del de los demás. En una agrupación de individuos (como en el modelo taylorista actual), cada miembro del grupo es cómplice de los demás y estos le cubren a él las espaldas. Las responsabilidades colectivas no existen, o bien poco.
En la organización fractal (Fractal Teams), la implicación de cada miembro con los objetivos del equipo, el hecho de que cada uno contribuya a los planteamientos estratégicos y a la regulación del equipo, hacen que la responsabilidad colectiva esté estimulada y que los que intentan escaquearse se vean reprimidos por sus compañeros. Habiendo una cultura de victoria colectiva, también la hay de responsabilidad colectiva en lugar de una cultura de sálvese quien pueda.
La gestión individual y centralizada propia del modelo del tecno-management actual, asociada a una deshumanización laboral de los empleados, fomentan lo que reprocha y se verá condenada cada vez con mayor fuerza a ejercer controles y prohibiciones. Más peso sobre la tapa de la olla de presión. Pero ¿cómo pueden imaginar las empresas que esto les beneficia?
Abr
7
En su excelente blog, Juan Carrión pregunta por qué en la dirección de personal, tienen más éxito las teorías ingenieriles que las humanistas.
Estamos ante el eterno enfrentamiento entre lógica difusa vs lógica determinista, intangible vs tangible, potencialidades vs actualidad medible. Enfrentamiento que ha alimentado muchas discusiones entre los del marketing y los de finanzas por ejemplo (“Yo, señor Marketing, puedo decirle exactamente y al céntimo cuanto nos va a costar su proyecto y se lo puedo firmar ¿puede Ud. hacer lo mismo en cuanto a los futuros beneficios que reportará?”). Los ingenieros creen en un mundo cartesiano y lo quieren hacer extensivo a todo lo que les rodea. No corresponde a la realidad del ser humano, pero ya se sabe, cuando las teorías de algunos discrepan con la realidad: mala suerte para la realidad.
No son más que 3 o 4 los axiomas que conforman la Fe empresarial que habita a los grandes capitalistas y a los altos directivos que contratan, fe cuyo catecismo llena bibliotecas y cursos de las Grandes Escuelas de negocio. Pero estos principios son auténticos cerrojos para que lleguemos a un cambio significativo en materia de gestión y dirección de personas.
Surgen permanentemente desde la gente de RR.HH. propuestas nuevas (aunque la mayoría repintadas), ungüentos y bálsamos, pero existen dos barreras que impedirán siempre el cambio hacia un modelo más eficaz y sostenible: las creencias erróneas de los tecno-managers y la presencia de una estructura organizativa que actúa como un corsé, o una armadura oxidada, y no deja mover ni respirar.
Para complicar las cosas, la mayoría de aquellas personas que deberían provocar la toma de conciencia y el convencimiento de la dirección – quiero decir los directores de RR.HH. – han renunciado a su misión y a su especialidad en personas para venderse a las teorías ingenieriles que asimilan el ser humano a una máquina sin sentimientos ni pensamientos propios.
Si los que deberían saber cómo son y funcionan las personas han adoptado el lenguaje y las teorías de los directivos ingenieros para ser aceptados por ellos ¿quién defiende entonces en las altas esferas la humanidad que nos habita? (y que consta que no escribo ‘a los empleados’, porque me refiero a toda la empresa así como a la sociedad, que está mayoritariamente poblada de trabajadores).
Por mi parte, he denunciado las falacias y los mitos del tecno-management en este libro, y he propuesto un modelo nuevo y sostenible en este otro. Pero como dice el refrán, si buscas enemigos, propón un cambio.
Mhc
Mar
24
La palabra liderazgo (y por extensión líder) debe de ostentar el récord Guiness de palabras polisémicas.
Más aún que camaleón, es un pulpo transformista que cambia de acepción según el fondo sobre el que se le coloca.
Escurridiza como una anguila, la palabra liderazgo se nos escapa del discurso cuando intentamos apretarla. Los magos del management ya no dicen “ilusión, todo es ilusión”, sino “liderazgo, todo es liderazgo”.
Liderazgo es al management lo que el Ketchup es a la cocina Fast food, lo encuentras en todos los platos sin que nunca consigas saber qué sabor tiene por sí mismo.
Bueno, por lo menos todo el mundo parece estar de acuerdo: el liderazgo es bueno y hay que desarrollarlo. Ahora sólo falta que nos pongamos de acuerdo sobre lo que significa. Sólo esto, pero me parece que tenemos debate para rato.
Michel
Feb
24
Leí ayer un artículo en el que una consultoría famosa hace recomendaciones para, supuestamente, apoyar a la mermada competitividad de las empresas españolas, y confieso que me ha preocupado mucho.
Resulta extraño que las mejores recomendaciones para hacer un cambio significativo sean seguir haciendo lo mismo que antes, pero a mayor dosis. Del mismo modo, me parece bastante paradójico que la solución consista en dirigir las personas hacia la prioridad del negocio, a la vez que se declara y reconoce que la prioridad actual del negocio deberían ser las personas. Si admitimos que las personas son la clave para del negocio, enfoquemos el sistema a las personas, y el negocio mejorará como consecuencia.
Una vez más, el artículo topa con el viejo fantasma de la medición universal. “Medid y seréis curados”. Lo que ha llevado a la falta de productividad de los trabajadores es precisamente un modelo de dirección de personas que, entre otras ilusiones, se obstina en querer medir lo inconmensurable. Lo que caracteriza a lo intrínsecamente humano, es que no se puede medir. Para medirlo, hay que despojar a las personas de su humanidad y reducirlas a simples recursos de producción. Y aquí está el fallo garrafal del management supuestamente científico. Cualquier cambio hacia la competitividad implica restablecer a las personas en su realidad de persona.
Contrariamente a lo que afirma el artículo, opino que calcular los beneficios por empleado supone un retroceso importante en el camino hacia la competitividad, y no un avance. En efecto, la fragmentación, tanto de las tareas como de las personas, es una de los responsables de la ineficacia del método taylorista. Las empresas deben considerar seriamente que la clave radica en los equipos, y que los beneficios deben ser evaluados por equipo, y no por empleado. La individualización mata a la sinergia del mismo modo que mantener separadas las semillas, la tierra y el agua impide la germinación.
Los tecno-managers llevan años pretendiendo dirigir personas en base a teorías ingenieriles. No funciona, no satisface a nadie – ni a la dirección, ni a los empleados, ni a la sociedad – y como solución contra su fracaso, no tienen nada mejor que proponer que aumentar las dosis. Resulta dramático pensar que en las empresas, los que mandan en la dirección de personas no entienden nada de personas, y los que entienden de personas, no mandan nada.
Sí, las empresas españolas necesitan un cambio significativo. Necesitan admitir que las personas no pueden ser dirigidas como recursos físicos. La motivación no se decreta, la implicación no se programa en ingeniería de procesos, la identificación con la empresa no se consigue con un requisito normativo en un documento de descripción de puesto.
Los paradigmas que sirven de base a la gestión empresarial resultan totalmente desfasados y su estructura inadecuada para cualquier evolución. Hay que quemarlos como las fallas y construir sobre otras bases. Cambiar es innovar, no repetir lo mismo.
Michel Henric-Coll
Feb
8

Uno de los principios básicos de la (des)organización que sufrimos, es el de fragmentación. Es un principio directamente heredado del pensamiento cartesiano, que creía que dividiendo el universo en elementos cada vez más pequeños nos permitiría comprenderlo. No estoy seguro en cuanto al Universo, pero se que dividiendo un sistema social como el formado por el personal de una empresa, ni se le puede comprender, ni se le puede gestionar. Fragmentar un sistema, es destruirlo. Es como pretender entender como funciona la mente perpetrando la autopsia de un cerebro.
Al no poder gestionar el personal como sistema social, el pensamiento cartesiano-taylorista-fordista que impera en las mentalidades de la alta dirección procura impedir que exista. ¿Cómo? Fragmentando al máximo, dividiendo y fomentando la competición interna hasta la rivalidad. Divide y reinarás es su lema, ciego a que está serrando la rama de capital sobre la que está sentado.
En el mismo momento, en otros niveles de la empresa, otras mentes pensantes y conscientes de que los equipos son mucho más poderosos que los individuos disjuntos, predican por las sinergias frutos de la unión. Se procura – cuando el crecimiento de la economía permite liberar dinero para el personal que es la última rueda del carro presupuestario – formar a los trabajadores al Team Building y convencerles de las virtudes de la colaboración.
Pero los efectos del trabajo en equipo duran poco, y el despertar de los sueños de un trabajo que tendría sentido, utilidad y eficacia suele ser cada vez más amargo. Porque salvo escasas excepciones, todos los esfuerzos para involucrar el personal y conseguir que trabaje al unísono para el bien de la empresa terminan rotos como cristal de bohemia bajo las embestidas del pensamiento anticuado e irrealista de los tecno-managers.
Así observamos en las empresas una batalla entre la tierra y el mar, un flujo y reflujo inestable de los avances en dirección de personas función de la atracción lunática y del termómetro de la economía. Cuando las olas traen bonanzas, se permite a los de Recursos Humanos que se entretengan con sus pasatiempos humanistas, pero cuando hay recesión y retroceso, se termina el recreo, todos a formar y Maquiavelo se quita la máscara.
Todo se puede resumir a una verdad sencilla: los que mandan piensan mal. Se han nutrido de los gurús equivocados, se han quedado un siglo atrás, no han sabido darle la vuelta a la página y leer el capítulo siguiente. Por mucho que sus teorías formen un conjunto coherente, son irrealistas. Los empleados no son engranajes de una máquina, ni materia prima, ni recursos sin mente ni sentimientos, y no pueden ser dirigidos como tal. Sus apologistas niegan que ser un humano haga cualquier diferencia, a parte de ser un incordio por su obstinada negación a ser más que una máquina que anda. Es más, acusan a los que consideran la dimensión humana del trabajador de carecer de pensamiento científico y anteponer la sensiblería emocional a una supuesta racionalidad científica.
Y esto nos está costando mucho dinero a todos. Está costando beneficios a las empresas por falta de competitividad y eficiencia, satisfacción y productividad a los empleados que no consiguen involucrarse en un sin sentido, y costes dramáticos a la sociedad que tiene que financiar absentismo, enfermedades psicosociales, y un creciente gap entre ciudadanos productivos y ciudadanos a cargo.
No sirve de nada repintar una y otra vez desde abajo los decorados de la organización de personas, lo que hace falta, es cambiarla. Y hasta que los que están arriba del todo abran los ojos a sus errores, vamos a tenerlo difícil.
MHC
Escuchar este artículo, o descargar el audio: LaMascaraDeMaquiavelo
Ene
11

Hace medio siglo, Theodore Levitt publicó un artículo que iba a marcar un hito en el pensamiento empresarial: marketing myopia.
Explicaba en el mismo que un consumidor no compra realmente un producto sino la satisfacción o la solución que este producto puede aportarle. En uno de sus ejemplos famosos, comenta que nadie quiere una broca de 8mm, sino un agujero de 8mm en la pared. El producto constituye la parte visible y ficticia, la necesidad siendo la parte real e invisible. Determinar cual es la necesidad que quiere satisfacer el comprador detrás de su compra de producto se ha convertido en un fundamental del marketing.
Se ha asumido que el trabajador va en busca de dinero. No es cierto, el dinero constituye la parte visible y ficticia, es la broca, no el agujero. Si existen coleccionistas de dinero no dejan de ser tan excepcionales como los coleccionistas de broca.
Lo que quiere el trabajador, la parte real e invisible, es la satisfacción de necesidades tan diversas y personales como: seguridad para él y su familia, respeto y consideración personal, prestigio social, calidad de vida, acumulación de bienes materiales, y un amplio etcétera. Agrupo todos estos objetivos de vida bajo el término genérico de metas existenciales.
Podemos satisfacer parte de estas metas dentro del entorno laboral y parte (generalmente la mayor) fuera de él. El dinero no constituye prácticamente nunca una meta existencial per se, sino el medio indispensable para lograr las metas personales.
Pero ¿qué ocurre cuando, para conseguir este dinero, el empleado ve perjudicadas sus metas existenciales. Eso es: cuando para conseguir lo que le proporcionará respeto, consideración, sentimiento de realización, sensación de ser útil, tiene que sufrir en alto grado una pérdida de estos mismos valores.
¿Qué ocurre si para conseguir algo tienes precisamente que renunciar a él? Esta es la paradoja del empleado en el sistema taylorista actual.
La solución más lógica y evidente consiste en exigir más dinero, para que la relación [expectativas de satisfacción de metas / costes psíquicos para conseguirlas] se convierta en positiva. Más dinero para intentar conseguir fuera del entorno laboral satisfacciones que nos van restando en él.
Cuando se mira a una pulga con una lupa, puede parecer del tamaño de un elefante. Los empresarios miran con lupa el salario de sus empleados, y se han convencido equivocadamente de que el dinero es lo que más importa al trabajador, ¡lo único que le importa!
Del mismo modo, los vendedores han creído mucho tiempo que a los clientes sólo les importa comprar lo más barato posible, ahora, son pocos los que aún no han entendido que un precio de compra bajo no basta para compensar la mala calidad.
Por tanto, es necesario diferenciar qué parte del sueldo está destinada a financiar metas existenciales, y qué parte no es más que una dudosa compensación al coste psíquico que representa la mala situación laboral.
El tecnomanagement, o management seudo científico, se obstina en creer que los empleados son engranajes vivientes. Imagina con improductiva ingenuidad que un ciudadano-consumidor libre, educado y profesionalmente bien preparado está dispuesto a convertirse ocho horas al día en una pieza mecánica sin pensamientos ni sentimientos.
Algunos directivos son conscientes de esta paradoja y he conocido a muchos de ellos, pero el sistema, léase modelo organizativo, está constituido de tal forma que no permite alternativa. Es un modelo que se creó cuando todo era diferente, que los trabajadores no eran más que pura mano de obra, y que sus posibilidades tanto como ciudadanos que como consumidores eran mucho más limitadas que ahora. El mundo ha cambiado en un siglo, toca cambiar de sistema en lugar de intentar parchear sus fugas.
Theodore Levitt consideraba que si las empresas pretendían conseguir beneficios en detrimento egoísta de la satisfacción de los consumidores, les achacaba una fuerte miopía. Haciéndole eco, considero que si pretendemos conseguir beneficios tratando a los trabajadores como simples recursos, más que miopía ya nos afecta la catarata.
Mhc
Para escuchar este artículo, o descargar el audio: Management Myopia
Ene
7

La Gestión por Competencias es otra de las incompetencias del pensamiento organizativo cartesiano y taylorista, basado en primicias muy seductoras (para algunos) pero engañosas.
Por una parte, a pesar de que afirma tomar en cuenta el contexto organizacional a la hora de valorar a un trabajador, no lo hace. Es normal, la cantidad de variables a tener en cuenta superaría la capacidad del modelo de evaluación.
Pero sobre todo, se trata de otro de los modelos reduccionistas de la variedad del ser humano, un intento más – justificado por la obsesión por el control – de asimilarlo a un engranaje sin pensamientos, sin emociones propias, sin sensibilidad al contexto laboral y personal ni metas existenciales. Se trata de una modelo destinado a uniformar y uniformizar a las personas, para convertirlas en componentes mecánicos y sustituibles.
Esto no sería más que un tema de debate sobre ética de los negocios si no fuera que el reduccionismo, la normalización y estandarización de los trabajadores constituye un empobrecimiento notable de la capacidad de los mismos, y que esto va en detrimento de las propias empresas.
Tal vez la Gestión por Competencias impida poner una persona sumamente inadecuada en un puesto determinado, pero desde luego no dejará nunca que lo ocupe una persona poseedora de un talento excepcional. No queremos ni locos ni genios. Cuando John Sculley, entonces director general de Apple reprochaba a Steve Jobs que “cuando pido un genio, me traes un loco”, este le contestaba “es que van de la mano”.
Claro, en compensación, se lanzan órdenes de búsqueda y captura del Talento y, obviamente, a él no lo seleccionarán con el modelo de competencias. Pero sobre el error conceptual que representa la gestión del talento, he escrito ya.
¿Por qué el sistema de Gestión por Competencia gusta tanto? Porque tiene apariencia de científico y de objetivo. Científico porque utiliza números, fórmulas, medias estadísticas y para los más obsesos: chi2 y desviaciones típicas. Objetivo porque los cuantofrénicos confunden fácilmente valoración con medición. Enseguida que una percepción subjetiva personal se ha convertido a número, la dan por objetiva. Indiscutible. Fetén.
Presentada bajo la forma matemática, el error adquiere un gran prestigio. El escéptico más acérrimo atribuye con buenas ganas a las ecuaciones virtudes misteriosas.
Gustave Le Bon. Psicólogo y físico
Otra ventaja es la de poder ser maneja e interpretada prácticamente por cualquiera, sin necesidad de conocimientos avanzados de psicología ni de sociología. Vamos: sin conocimiento sobre lo que son las personas. ¿Qué importancia tiene cometer absurdos y contrasentidos frente a la comodidad de poder representar a la gente en gráficos y hojas de Excel, y a la sensación de poder y control que proporciona?
Bueno, supongo que a estas alturas, os imagináis que estoy definitivamente en contra de la Gestión por Competencias, y sin embargo, no es así. Estoy en contra, terminantemente lo admito, del mal uso y abuso de la herramienta para aplicaciones que no debería nunca abarcar. El modelo es bueno para competencias técnicas, es útil para que la dirección de los llamados Recursos Humanos tengan una visión global y estratégica del personal, pero las extrapolaciones indiscriminadas a factores que relevan de la personalidad y componentes psicosociales resultan tan peligrosas como contraproducentes. Los instrumentos de Gestión por Competencias deberían ser herramientas de gestión de la información sobre personas, pero nunca de gestión de las personas.
MHC
Ene
3

No sólo cambiamos de año. Nuestros deseos empresariales no pueden estar limitados a un horizonte de doce meses, porque también estrenamos década y tenemos que construir con este horizonte en mente.
La dichosa crisis ha precipitado la toma de conciencia de que el progreso económico no es extensible indefinidamente, y que los discursos sobre la importancia del capital humano en la empresa no eran más que esto: discursos.
Ha quedado claro que el modelo empresarial actual es insostenible. No podemos seguir dependiendo de los comportamientos de un público objetivo, los consumidores, sin aceptar que dependemos también de ellos como trabajadores, y sin aceptar que cada trabajador despedido es – a plazo – un consumidor menos en la calle.
Aprovechando la temporada, he decidido escribir yo también mi carta a los Reyes, consciente de que los magos somos cada uno de nosotros, y que el mundo termina siendo tal como nosotros nos esforzamos en hacerlo.
Tengo tres deseos, como procede cuando nos dirigimos a los Genios y Magos, y cuya satisfacción me parece fundamental para garantizar una evolución sostenible.
El primero es que la propiedad y la alta dirección de las empresas comprendan que se están rigiendo con una teoría equivocada. Creen que pueden gestionar a las personas con principios de ingeniería física y nada más lejos de la realidad. La propiedad y su brazo operativo han leído y escuchado a los gurús equivocados. El pensamiento cartesiano y taylorista no sirve para dirigir un sistema humano. Simplemente eso: ¡no sirve! Los seres humanos no son asimilables a los componentes de una maquinaria, porque guste o no, los seres humanos piensan, sienten, y tienen metas existenciales propias.
Extraño mundo, en el que los científicos se esfuerzan a que las máquinas sepan imitar al razonamiento humano y los empresarios a convertir los humanos en meras máquinas.
El secundo es que se cambie de modelo organizativo. El modelo organizativo es a los trabajadores lo que la red de carreteras es a los coches. No sirve de mucho mejorar las prestaciones de los vehículos si seguimos circulando en pistas de tierra embarradas.
Está claro que en los niveles más cercanos al empleado, se han propuesto cambios importantes en las teorías de liderazgo, de forma de trabajar, de estilo de management y otros factores motivadores. Pero todos sabemos que en la realidad de las empresas, esto no acaba de funcionar, por lo que siempre estamos buscando otra cosa. Y la razón es tan sencilla como esta: estas soluciones son totalmente incompatibles con el modelo organizativo. Se pueden implantar, pero a corto o medio plazo el injerto produce rechazo y buscamos otro arreglo. Las empresas empiezan a parecerse a viejas ruedas: tienen más parches que caucho. Nuestro modelo organizativo actual es lineal, transitivo y piramidal. Es por esencia misma incapaz de adaptarse a un mundo complejo sin producir una complicación que bloquea sus capacidades y lo convierten en ineficaz. Hay que cambiarlo.
El tercer deseo es que el Departamento de Personas sea dirigido por especialistas en personas – y no en leyes de cómo despedir a las personas – y que en esta especialidad tenga un poder directivo real. El departamento de Personas debe saber de personas, y contar con cada mando y cada jefe de equipo como responsable delegado de la operatividad de esta gestión.
Guste o no, la dirección de los llamados Recursos Humanos actual es un departamento de compras y logística de seres humanos, al servicio de todos los departamentos de la empresa. Aquí hay un grave error conceptual. Los empleados han dejado hace tiempo de ser un recurso de la empresa, son unos asociados del negocio y hasta que las empresas lo entiendan como tal, tendremos conflictos que los ungüentos y pomadas podrán disfrazar, pero no resolver.
Admitir que las personas no son aperos ni engranajes irreflexivos, que el modelo organizativo debe ser sustituido por completo, y que el departamento de personal ha de tener voz y voto en materia de personas, estos son las tres claves de una reorientación sostenible de las empresas.
Todos nosotros somos los Reyes Magos que pueden convertir los deseos en realidad. ¿Podemos contar contigo?
MHC
Dic
20
Innovar es un castigo divino.
El innovador está en un limbo entre el cielo y el infierno. Tiene una visión de futuro tan clara y nítida que para él es totalmente real, pero cuando intenta explicarla y compartirla con otros, recibe incomprensión y rechazo. Creo que es precisamente lo que define la innovación: aquello que aún nadie entiende y casi todos rechazan.
El innovador es un apátrida del tiempo, no puede vivir en el futuro porque nadie parece aún dispuesto a acompañarle, y tampoco consigue vivir en el presente porque para él, este presente ya no existe. Ser innovador es sufrir.
Asistí ayer a la interesante conferencia de Dioni Nespral que argumentaba que ‘es imposible que en los 20 próximos años, España lidere ningún proyecto de innovación’. Me lo creo. Sin embargo, España se ilusiona con ser innovadora. Como no hay innovación sin dinero, lo manifiesta con diferentes programas de ayuda, tanto bajo la forma de subvenciones como de préstamos bonificados, y se limpia la boca con el término de Capital Riesgo, algo que adora el capital pero odia a los riesgos.
Los criterios para tener acceso a los programas de apoyo a la innovación son de lo más conservador y reaccionario que se pueda imaginar. Obstinado en la prioridad absoluta de evitar cualquier riesgo y en la manía de sobre-planificarlo todo, los organismos de ayuda a la innovación exigen planes financieros a cuatro o cinco años, con ingresos, costes y rentabilidad detallados. Ninguna innovación que merezca este nombre puede hacer una planificación financiera a cuatro o cinco años en el siglo XXI, porque sería como hacerla a 20 o 30 años vista en el siglo XX.
Pretender fomentar la innovación y anular todos los riesgos económicos es otra versión de la paradoja de nadar y guardar la ropa.
Hay que entender que la clave para ser una empresa innovadora no radica en la capacidad de planificación financiera, y menos en la de presentar un riesgo cero, sino en la capacidad genética de adaptación permanente a cualquier cambio que pueda acontecer en su sector. ¿Cree realmente que Google o Facebook se lanzaron a partir de una planificación financiera detallada, un plan de ventaja competitiva y un estudio de su cadena de valores? Innovación rima con intuición, no con contabilidad.
La mayor garantía de éxito de una empresa innovadora es ser capaz de reinventarse cada día para seguir en la cresta de la ola innovadora. La innovación está en la profundidad del pensamiento creativo, no en las tablas de Excel.
Mhc
Nov
27

Esta semana, tuve el gusto de ser invitado por AINFOR (http://www.ainfor.com/) a una conferencia en la que Microsoft presentaba sus novedades de la gama 2010 en materia de intercambios de información dentro y fuera de la empresa (Exchange, Share Point…).
Lo que más me llamó la atención no fue en absoluto las maravillas que permiten las nuevas tecnologías en materia de intercambio y gestión de la información, sino la cantidad de cerrojos que prevé el software para impedir que el personal use estas tecnologías.
Se desarrolla y pone a disposición del personal de las empresas fabulosas herramientas de productividad, eficiencia y creatividad. En el mismo momento (y respondiendo en esto sin lugar a duda a las exigencias de las empresas clientas), se introducen limitaciones en todos los niveles del sistema.
Por ejemplo: el software incluye uno o varios puestos de controladores de las comunicaciones que podrán espiar absolutamente todas las comunicaciones electrónicas del personal. A cada persona se le puede asociar una lista limitativa de con quién está autorizado a comunicar y qué clase de cosas. Hay más ejemplos pero desbordan de este breve artículo.
Metafóricamente, las empresas dotan de coches a sus viajantes pero cuidan de poner su carné bajo estrecha vigilancia, procurando que nunca haya más de unos escasos litros de gasolina en el depósito (no vayan a ir mas lejos que la vuelta de la esquina), y que no se pueda cambiar las marchas más allá de la segunda (no vayan a ir más rápido que los que los controlan).
Las TIC han permitido reinventar el ágora griego y el forum romano, pero las empresas se apresuran a dividirlo en compartimentos estancos y protegidos para evitar interrelaciones descontroladas.
Si queremos considerar, como parece, la innovación tecnológica como prioritaria, más prioritario me parece aún el cambio del chip de los teóricos de gestión empresarial que permanecen aún en el siglo XXI con preceptos diseñados por Taylor hace cien años.
Hasta que comprendan que estos principios han quedado completamente obsoletos, poco podremos sacar de las nuevas tecnologías. La ley de Moore dice que ninguna tecnología puede ir más rápido que las mentalidades.
MHC
Nov
20

Lo que dicen de los trenes también es aplicable a las crisis, y si en estos momentos, la crisis financiera está en todas las bocas y acapara los noticiarios, no debería esconder a otra que puede ser igual de grave o más. Hablo de una crisis laboral latente basada en un desfase cada vez mayor entre la manera en la que se dirige a las personas en las empresas, y la realidad humana y social del siglo XXI.
Problemas generacionales
La generación de los Baby-boomers, nacida entre los años 1945 y 1965, se caracterizó por la búsqueda del éxito profesional dentro del respecto de las instituciones y de la lealtad hacia las empresas y la jerarquía. Esta generación creó la Sociedad de Consumo y creía en el éxito social.
La Generación-X, que la siguió, se caracterizó por su desilusión ante las promesas incumplidas del llamado progreso que no les aportaba garantía de mejora social, su escepticismo con respecto al futuro y una gran desconfianza hacia las organizaciones y las instituciones.
Aquellos que tienen ahora entre 20 y 30 años, y forman la llamada Generación-Y, han conocido más cambios que ninguna generación anterior. Sus miembros han sido marcados por una educación en la que se les consideraba capaces de ser informados y recibir explicaciones justificativas sobre las decisiones que les involucraban. Son testigos de que nada es para siempre en un mundo que se convirtió en global, que vio la caída del muro de Berlín, la explosión de Tchernobyl, el desarrollo de un instrumento de comunicación ilimitada como Internet, las redes sociales planetarias, y una imparable innovación tecnológica.
Vallas al campo
No se puede pretender poner vallas a su campo en forma de reglas ‘porque-sí’ a respetar, de costumbres a adoptar porque son ancestrales, de consignas a obedecer porque lo dice el jefe, y menos aún pedirles que crean en la planificación de un futuro del que lo único que tienen claro, es que es imprevisible.
Consumidores desde la infancia, han sido acostumbrados al poder elegir lo que quieren conseguir a cambio de su dinero, y pretenden lo mismo a la hora de comprar un trabajo con sus habilidades, formación y competencias. Educados en tener autonomía, no están dispuestos a aceptar una forma de trabajar que se la niegue. Criados en un mundo en que la información es la cosa del mundo más compartida (desde luego, ya no es el sentido común), no pueden admitir una organización del trabajo que les pida proveer información a un organismo central a cambio de no recibir ninguna, o la justa.
Quieren ser considerados como responsables, entender cualquier cosa que se les pida, disponer de autonomía, tener acceso a toda la información que desean y poder actuar sobre ella y sobre todo, invertir sus esfuerzos y talento en algo que tenga sentido para ellos.
Las organizaciones empresariales no están preparadas para ellos. Está claro que las viejas estructuras y sus representantes esperan poder lidiar con la nueva generación de trabajadores, pero están totalmente desamparados a la hora de dirigirlos: Están esperando que se les pase la enfermedad de juventud, sin entender que están ante un cambio sociológico profundo. Conforme los jóvenes de unos 25-30 años se hagan más mayores, no es que van a entrar en los moldes de sus jefes, sino que ellos van a ser los jefes de mañana.
Y no nos equivoquemos: la generación-C que está en el horno y tiene ahora menos de 20 años, será aun más radical que la Generación-Y. Se ha alimentado a las mismas fuentes, pero con mayor dosis aún.
Si las empresas no saben proporcionar a las nuevas generaciones un modelo empresarial en el que puedan invertir el entusiasmo y el optimismo del que disponen (a diferencia de la generación anterior), se desmotivarán y perderán tanto el uno como el otro. Si no empiezan desde ya a modificar sus modelos organizativos y sus paradigmas de dirección, van a crear una crisis que podría dejar la crisis financiera actual en ridículo. Porque si las empresas no tienen personal que se desviva por ellas, será peor que la falta de tesorería.
Nov
17

Para gestionar a los seres humanos, se necesita recurrir a ciencias humanas: la psicología, la sociología y la filosofía, ¡no la ingeniería!
Se dirige a las personas como si fuesen materia inanimada, del mismo modo en que se gestionan las herramientas de producción. El pensamiento empresarial actual, en su lógico y legítimo afán de racionalidad y eficacia, ha confundido las churras con las merinas y se ha olvidado por completo de que las personas – a diferencia de los productos o de las máquinas – tienen la molesta costumbre de pensar y sentir.
Es cierto que los especialistas en Recursos Humanos han venido desarrollando nuevas técnicas y nuevas teorías que constituyen importantes avances para adaptar la gestión de las personas a la realidad histórica en la que vivimos. Pero no sirve de mucho que el departamento de Recursos Humanos tenga visiones de psicología social si la dirección general y la junta directiva sólo creen en la ingeniería.
Todo paso hacia una dirección de personas acorde con su humanidad tropieza tarde o temprano con planteamientos de ingeniería que asimilan el trabajador a un producto, una materia prima o a una máquina.
Se enseña con perseverancia y anhelo en los masters y en las escuelas de negocios caminos adecuados para dirigir personas, pero las empresas toleran su aplicación como caprichos asumibles y sólo mientras se llega a una rentabilidad financiera acorde con las expectativas. Pero si cambian las condiciones de competencia, o las exigencias de los inversores (que suben como la nata), lo primero que se hace, es retirar los juguetitos a los de Recursos Humanos, cerrar el patio de recreo y aplicar criterios de ingeniería a rajatabla.
¿Queréis pruebas o un botón? Dejadme citaros a un alto directivo:
“Recursos Humanos es un proveedor de servicios. Los suministra exactamente como cualquier otro vendedor o proveedor de cualquier otro producto. Ha de garantizar a sus ‘clientes’ que el producto suministrado aportará los resultados deseados. A veces el producto da señales de disfunción. RR.HH. debe intervenir inmediatamente para establecer un diagnóstico y, según el caso, cambiar el producto o arreglar el problema. La idea de que el producto falla porque el ‘cliente’ no ha sabido utilizarlo es realmente una confusión”.
¿He de recordaros que cuando este directivo habla de producto, se está refiriendo a personas?
No es nada razonable esperar que seres a los que consideramos simplemente como un cuerpo que vive (como lo pretendía B.F. Skinner), se comporten de otra forma. El fallo no se sitúa en los niveles operativos, sino en el pensamiento directivo general, en el modelo jerarquizado y en imaginar que la ingeniería puede gestionar personas.
No cambiaremos con desarrollar teorías de Recursos Humanos, es el modelo mismo que hay que cambiar.
Michel Henric-Coll
Crédito imagen: www.trucoyfondos.com
Nov
11
Como las mariposas a la luz, el hombre se aliena al trabajo y termina a veces destruido por él. No puede prescindir del trabajo, lo necesita no sólo como fuente de dinero, sino también de sentido existencial, para realizarse a sí mismo.
El Ser se construye a partir de lo que uno hace, es a través de su obra que el hombre encuentra o refuerza su identidad, y el trabajo es dónde más oportunidades tiene de conseguirlo.
Si el trabajo no consigue aportar su parte de sentido, si por el contrario constituye un motivo permanente de sin-sentido, entonces el trabajo se convierte en tóxico. Un veneno del que uno no puede escapar, y que le atrapado en un doble-vínculo: no puede vivir sin él ni con él. Cuando se queda atrapado en la ratonera, no tiene otra escapatoria que la neurosis o apearse de la vida.
Debemos poder encontrar en el trabajo una aportación de sentido. Algunos lo llaman realizarse, otros sentirse útil, colaborar a un proyecto común, hacer lo que a uno le gusta, o vencer desafíos aceptados. Al fin y al cabo, es encontrar sentido en el trabajo. Uno de los 3 pilares de Fractal Teams.
Nov
9
Dedicar todos sus esfuerzos a la reducción de costes es una opción muy tentadora, pero no siempre la más acertada. Ni mucho menos.
Que se pueda conseguir un 15% (por ejemplo) de ahorro en determinados costes no significa que la estrategia sea correcta, sin embargo resulta – como dije – muy tentadora porque es numérica y que todo lo numérico nos proporciona una sensación de control y racionalidad.
No obstante, a la pregunta ¿qué necesita tu empresa para mejorar y crecer?, yo diría que la última cosa que necesita la empresa es centrarse en la reducción de costes.
¿Qué necesita un deportista para crecer, mejorar sus marcas y convertirse en un campeón? ¿Ahorrar costes, reducir las horas de entrenamiento (que tienen coste), comer menos, conservar las mismas zapatillas desgastadas que el año pasado, o la vieja raqueta que aún puede dar algo de sí, despedir el entrenador y pedir al vecino que le de algunos consejos gratis, viajar en autobús en lugar de en avión y llegar la mañana misma del campeonato para ahorrar una noche de hotel?
Las empresas son como los campeones. Para crecer hay que correr e invertir en energía. Dijo Orison Swett Marden que “más vale un céntimo bien empleado que un céntimo ahorrado”.
MHC
Nov
9
Las empresas deben aprender la reciprocidad con el personal. No sólo en las palabras, sino en los hechos, y no porque – según dicen los discursos – las personas sean lo más importante de las empresas, sino porque los beneficios son lo más importante. Pero los beneficios en su continuidad en el tiempo, y no como objetivo inmediato en perjuicio de la empresa, de sus propietarios, del sistema capitalista que fundamenta su existencia, de la sociedad misma, que constituye el entorno en el que viven y que les suministra recursos humanos en la forma de trabajadores y económicos en forma de clientes que, por cierto terminan siendo – directa o indirectamente - las mismas personas. Los empresarios tenemos que ser altruistas, aún cuando sea por puro egoísmo.
MHC