Ago
26
Categories: Sin categoría
Tags: dirección de personas, Generación Y, organización, personal, reciprocidad
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El tecno-management se obstina en ver las metas de la propiedad y las de los empleados como incompatibles, exclusivas. Se habla de objetivos incompatibles cuando ambas partes necesitan lo mismo y, obviamente de objetivos compatibles en el caso contrario. Si uno sólo necesita la clara y el otro la yema, los objetivos son compatibles. ¿Porqué pelear por el huevo?
Muchas situaciones permiten la compatibilidad de objetivos, es decir un reparto satisfactorio para todos. Hasta un simple pollo asado sabe perfectamente que unos quieren su muslo y otros prefieren la pechuga. Pero lo más incompatible de todo, son los números. Cualquier comercial bien preparado sabe que si el vendedor y el comprador se enfrascan en una pelea de precio (números), la negociación terminará mal, bien por ruptura, bien porque por lo menos uno de los dos se sentirá vencido y con ganas de revancha. Precisamente el management en su cuantofrenia se obceca en convertirlo todo a números, y la relación laboral se reduce cada vez más a un enfrentamiento sobre valores numéricos. En consecuencia, dicha relación se transforma en una contienda en la que uno gana sólo si pierde el otro. No me canso de recordar que el trabajador es un ser que piensa y siente, y que hay que incorporar más intangibles y más criterios cualitativos en la relación. La conversión sistemática a números es un empobrecimiento de la complejidad humana.
Puesto que he introducido un concepto de la teoría de las negociaciones, seguiré con otro: la dependencia o independencia de los objetivos. Se habla de objetivos dependientes cuando una de las partes necesita la colaboración (y por tanto satisfacción) de la otra para lograr sus metas. Recíprocamente, la independencia de objetivos es cuando uno puede lograrlos tanto si el otro consigue los suyas como si no.
Dejadme que os ponga un ejemplo trivial: si no quieres acompañarme al cine y que yo tengo los billetes y el coche, puedo ir sin ti, no te necesito. Mi objetivo es independiente. Por el contrario, si tu intención es ir al cine y no tienes billete ni coche porque los tengo yo: tu objetivo es dependiente. Me necesitas.
Cuando los objetivos de las partes son independientes, nos lleva a una postura competitiva y a una lucha de poder que, como bien se sabe, tiende tanto a caer en el abuso y la intransigencia como el agua a fluir hacia el mar. Por el contrario, cuando los objetivos son dependientes, nos llevan a una postura cooperativa, a mayor flexibilidad y a desarrollar soluciones creativas beneficiosas para ambos.
Resulta que las teorías del management – creadas en una época en la que la situación económica, social y cultura era muy diferente – asumen que la Propiedad es el amo y que sus objetivos son independientes porque las calles están repletas de empleados intercambiables, necesitados y dispuestos a coger el trabajo. Es una quimera. Tenemos que adoptar una visión sistémica porque todas las empresas y todos los trabajadores componen un sistema en el que todos están interconectados. Si se sustituye a un trabajador desmotivado por otro de la calle, se descubrirá al cabo de poco tiempo que si esta empresa no lo ha aún quemado y desilusionado, lo habrá hecho la empresa anterior y que estamos en las mismas.
Se ha creído que contratar a personal cada vez más joven, enérgico y virgen de manchas, era una buena solución a ese problema. Lo fue, y ya no. Los jóvenes de la generación ‘Y’ tienen exigencias firmes en cuanto a la reciprocidad que esperan de las empresas y consideran la relación laboral como una transacción. En consecuencia, o no aceptan los malos puestos de trabajo (aquellos en los que no se sienten justamente valorados), o se queman más rápido que antes, o bien aún son de los que no tienen mucha elección para ganarse la vida y la empresa incorpora a trabajadores mediocres.
Luego se desespera por la ausencia de talento y busca ungüentos para aplacar los síntomas en lugar de curar las causas.
La reciprocidad es uno de los tres pilares de la Organización Fractal. Significa que nos necesitamos mutuamente, y que uno no puede ganar si no lo hace el otro. Dentro del cascarón que es la empresa, propiedad y empleados han se ser como la clara y la yema. O no habrá huevos.
Michel Henric-Coll
Nov
20

Lo que dicen de los trenes también es aplicable a las crisis, y si en estos momentos, la crisis financiera está en todas las bocas y acapara los noticiarios, no debería esconder a otra que puede ser igual de grave o más. Hablo de una crisis laboral latente basada en un desfase cada vez mayor entre la manera en la que se dirige a las personas en las empresas, y la realidad humana y social del siglo XXI.
Problemas generacionales
La generación de los Baby-boomers, nacida entre los años 1945 y 1965, se caracterizó por la búsqueda del éxito profesional dentro del respecto de las instituciones y de la lealtad hacia las empresas y la jerarquía. Esta generación creó la Sociedad de Consumo y creía en el éxito social.
La Generación-X, que la siguió, se caracterizó por su desilusión ante las promesas incumplidas del llamado progreso que no les aportaba garantía de mejora social, su escepticismo con respecto al futuro y una gran desconfianza hacia las organizaciones y las instituciones.
Aquellos que tienen ahora entre 20 y 30 años, y forman la llamada Generación-Y, han conocido más cambios que ninguna generación anterior. Sus miembros han sido marcados por una educación en la que se les consideraba capaces de ser informados y recibir explicaciones justificativas sobre las decisiones que les involucraban. Son testigos de que nada es para siempre en un mundo que se convirtió en global, que vio la caída del muro de Berlín, la explosión de Tchernobyl, el desarrollo de un instrumento de comunicación ilimitada como Internet, las redes sociales planetarias, y una imparable innovación tecnológica.
Vallas al campo
No se puede pretender poner vallas a su campo en forma de reglas ‘porque-sí’ a respetar, de costumbres a adoptar porque son ancestrales, de consignas a obedecer porque lo dice el jefe, y menos aún pedirles que crean en la planificación de un futuro del que lo único que tienen claro, es que es imprevisible.
Consumidores desde la infancia, han sido acostumbrados al poder elegir lo que quieren conseguir a cambio de su dinero, y pretenden lo mismo a la hora de comprar un trabajo con sus habilidades, formación y competencias. Educados en tener autonomía, no están dispuestos a aceptar una forma de trabajar que se la niegue. Criados en un mundo en que la información es la cosa del mundo más compartida (desde luego, ya no es el sentido común), no pueden admitir una organización del trabajo que les pida proveer información a un organismo central a cambio de no recibir ninguna, o la justa.
Quieren ser considerados como responsables, entender cualquier cosa que se les pida, disponer de autonomía, tener acceso a toda la información que desean y poder actuar sobre ella y sobre todo, invertir sus esfuerzos y talento en algo que tenga sentido para ellos.
Las organizaciones empresariales no están preparadas para ellos. Está claro que las viejas estructuras y sus representantes esperan poder lidiar con la nueva generación de trabajadores, pero están totalmente desamparados a la hora de dirigirlos: Están esperando que se les pase la enfermedad de juventud, sin entender que están ante un cambio sociológico profundo. Conforme los jóvenes de unos 25-30 años se hagan más mayores, no es que van a entrar en los moldes de sus jefes, sino que ellos van a ser los jefes de mañana.
Y no nos equivoquemos: la generación-C que está en el horno y tiene ahora menos de 20 años, será aun más radical que la Generación-Y. Se ha alimentado a las mismas fuentes, pero con mayor dosis aún.
Si las empresas no saben proporcionar a las nuevas generaciones un modelo empresarial en el que puedan invertir el entusiasmo y el optimismo del que disponen (a diferencia de la generación anterior), se desmotivarán y perderán tanto el uno como el otro. Si no empiezan desde ya a modificar sus modelos organizativos y sus paradigmas de dirección, van a crear una crisis que podría dejar la crisis financiera actual en ridículo. Porque si las empresas no tienen personal que se desviva por ellas, será peor que la falta de tesorería.