Sep
5
Categories: Sin categoría
Tags: ingeniería, innovación, management, organización, tecnología
Sep
5
Sus prosélitos no saben muy bien cuál de estos chirimbolos ni cual de las nuevas teorías de los gurús de siempre serán los que nos rediman, pero sí que hay que seguir buscando, porque el grial está allí fuera, en alguna parte.
Gestionar ha sido tradicionalmente reproducir lo que se ha hecho antes. La planificación ha consistido fundamentalmente en correr los presupuestos hacia el futuro hinchándolos un poco más: algo más de inversión, algo más de ventas, algo más de resultados.
Inclusive en las llamadas empresas innovadoras la innovación se ha conseguido casi siempre reproduciendo los métodos de trabajo y los procesos creativos anteriores, adaptándolos simplemente a una proyección futura considerada como razonable. Las cuentas de explotación previsionales de la innovación se escriben principalmente en un escenario de continuidad y casi nunca en uno de ruptura. Y cuando no es la propia empresa que se abriga en la seguridad de lo conocido, son las fuentes de capital – siempre huidizas del menor riesgo – las que obligan a una postura conservadora so pena de ver el proyecto descartado.
Paralelamente a este entumecimiento, los avances en la tecnología de la información han permitido desarrollar extraordinarias herramientas que hacen soñar a algunos con una organización totalmente estructurada y controlada por las TIC, cuyas asombrosas capacidades les proporcionan una gran ilusión de eficacia.
En consecuencia, los empleados – y los departamentos de RR.HH. – se han ido amoldando paulatinamente a una organización y arquitectura concebidas por y para una herramienta tecnológica. Se ha creído que ésta era capaz de entender y manejar la complejidad humana, y que los sistemas ingenieriles podían sustituir a una gestión flexible e inteligente del personal. En lugar de poner la tecnología al servicio del hombre, se ha empezado a poner el hombre al servicio de la tecnología.
¡Y llegaron las crisis! Hablo de crisis en plural porque hay varias: económica, de valores, de conceptos, de liderazgo… Pero todas las crisis tienen en común el traer consigo una gran incertidumbre sobre el futuro y la necesidad de replantear lo que creemos saber y saber hacer.
En esta situación, la reproducción del pasado como si hiciéramos una fotocopia ampliada de los planes anteriores, la conservación de las doctrinas y costumbres, simplemente no sirven. A enfermedad distinta, remedios diferentes. Además, la subordinación de las personas y de su gestión a una organización tecnológica no ha hecho más que reforzar el carácter burocrático del modelo organizativo. Muchos se están dando cuenta – y más aún en los departamentos de RR.HH. – de que algo no anda bien. La supeditación de los trabajadores y del trabajo a un ordenamiento rígido y riguroso empieza a parecerse más a un engorroso corsé que a una panacea.
La necesidad de escapar de aquello y la confianza en la diosa tecnología son tales que se está pensando seriamente en que las empresas adopten el modo de funcionamiento de las redes sociales, en las que los grupos humanos tienen fronteras difusas (uno puede adoptar o borrar a un “amigo” en cualquier momento) y donde la comunicación tiene como único patrón la dispersión de mensajes en todas las direcciones como los confetis en el carnaval. Cada participante es libre de crear una nueva subestructura, de entrar en una existente o abandonarla de forma espontánea. Es el paradigma de la anarquía, no tomando la palabra en su contexto de partido político sino en su sentido literal y académico de “falta de todo gobierno en un estado”. Pero estamos ansiando éxito desesperadamente y las redes sociales lo tienen y motivan a la gente, por lo que es tentador pensar en imitarlas. Esto nos lleva a la extraña paradoja de querer adoptar una ausencia de organización como modelo organizativo.
El planeta industrial está siendo sujeto a intensos movimientos telúricos que cambian el paisaje económico y social permanentemente. Los viejos mapas del management no nos sirven, las brújulas enloquecidas no indican el camino y en este contexto se manifiestan dos grandes tendencias.
Una consiste en intentar mantenerse firmemente en la época anterior. Atrapados en la fase de negación descrita por Kübler-Ross, sus partidarios exteriorizan la fe de que si insisten lo suficiente en sus ideas y procesos anteriores, el mundo terminará rindiéndose a la razón y estos importunos seísmos cesarán. Esta tendencia se manifiesta por un refuerzo de las teorías tayloristas y burocráticas: medirlo todo, centralismo, el personal es fundamentalmente un cargo o una variable de ajuste, la ingeniería puede controlar los sistemas humanos, hay que gestionar a los trabajadores centrándose en su rendimiento individual. Este conservadurismo proteccionista se esconde detrás de la aparición de supuestos remedios novedosos y se disfraza de innovador. No es tan extraño. Como lo escribe Giuseppe Tomasi di Lampedusa en El Gatopardo, “hay cambios que son necesarios para que todo permanezca igual”.
La otra es su contrario. Puesto que todo está cambiando, cualquier cosa que haya nacido en este cambio es susceptible de ser una solución. Hay que tirar toda la vieja caja de herramientas y confiar en la innovación porque ella nos salvará. Sus prosélitos no saben muy bien cuál de estos chirimbolos ni cual de las nuevas teorías de los gurús de siempre serán los que nos rediman, pero sí que hay que seguir buscando, porque el grial está allí fuera, en alguna parte.
Ni tanto ni tan calvo.
Las nuevas tecnologías han de ser incorporadas en el management de las empresas y por tanto de su personal, pero como herramientas integradas en un modelo organizativo, no como modelo en si mismo y menos aún como factor preponderante. Las nuevas tecnologías han de hacernos más libres, no más esclavos. Tienen la capacidad de permitirnos unir la eficiencia colectiva con la emancipación individual de una forma que jamás fue tan accesible al hombre. Al posibilitar una mejor intercomunicación, facilitan las interacciones y, por ende, la posibilidad de trabajo cooperativo y las sinergias. A la vez proporcionan a cada uno el acceso a la información y a herramientas autónomas de eficacia personal. Pueden ser la forma de templar el poder abusivo de unos pocos e incrementar el de todos. Sin embargo, también podrían constituir el instrumento del Gran Hermano para tener vigilado a cada uno y atar a los empleados al banco de los galeotes. Lo que advendrá no depende de la tecnología sino de quienes la tengan en su poder. Escribió el médico humanista François Rabelais, padre de Gargantúa, que “ciencia sin conciencia no es más que ruina del alma”.
El management, por su parte, debe mostrar humildad y aceptar un honorable replanteamiento de sus dogmas fundacionales así como una puesta en evidencia de algunos de sus mitos. El sistema humano que constituyen los empleados ha de estar bajo la responsabilidad real de especialistas en personas, no en ingeniería. No se trata ya de redecorar el sistema organizativo de las empresas, sino de reestructurarlo con nuevos paradigmas basados en aportar sentido al trabajo, en la reciprocidad de intereses entre el capital y el personal y en la descentralización de la gestión operativa. Se necesita desplegar el organigrama organizativo y añadirle una tercera dimensión sustituyendo su arquitectura lineal e intrincada debido a su cantidad de normas y contranormas por un modelo sistémico que pueda hacer frente a la complejidad sin complicaciones. Es desconcertante pensar que mandamos naves a Marte y que nuestras empresas siguen regidas por un modelo diseñado el mismo año que el Ford modelo T.
El grial no es una figura mítica sino el resultado de una labor racional y consciente que empieza tomando conciencia del nuevo paisaje para desarrollar modelos coherentes, capaces de integrar de forma armoniosa y equilibrada la economía, lo humano y la tecnología.
Las empresas deben recordar que crear riqueza es muy diferente de sacar beneficios. Vender un cáliz de oro puede proporcionar un buen beneficio, pero no creará riqueza. Los beneficios pasan, pero las riquezas se han de quedar.
Mhc
Ago
5
Si sólo se necesitara una prueba de que algo va mal en el campo del management de personas, bastaría para concienciarse de la magnitud del problema el observar la cantidad de ideas alternativas que van surgiendo como setas después de la lluvia.
No obstante, veo un enorme fallo en todas las propuestas de solución o mejora que van apareciendo, es que todas procuran descargar la responsabilidad tanto del problema como de las soluciones en los individuos.
Talento, miedo, mentalidad, implicación, motivación, liderazgo tipo tal o tipo cual, necesidad de cambio, remuneración vinculada con la rentabilidad, todas las alternativas recaen en las personas.
Y estoy convencido de que es un craso error, porque el problema no es de las personas, sino de la organización – del modelo organizativo más exactamente. Todos estos cambios que se pretende que realicen las personas son paliativos para evitar que cambie el sistema organizativo, auténtico responsable de nuestra dañina situación, debido a su inadaptación a la realidad económica, social, tecnológica y cultural en la que estamos inmersos.
Algunos podrán objetar que la Organización es un ente abstracto e incorporal, y que si las personas que lo conforman cambian, la Organización cambiará. Pero no es cierto. Son varios los casos en los que una Organización adquiere una personalidad propia y transcendente. Es el caso de la Iglesia, del Estado, de la Cruz Roja, y de muchas instituciones. No suele ser el caso de la mayoría de las empresas, pero sí del management que se ha convertido en toda una doctrina, cuyas “Verdades” deben ser preservadas porque están por encima de las personas que lo sirven. Salirse de estas verdades canónicas resulta extremadamente complicado, el modelo organizativo es tabú.
Muchas de las soluciones propuestas – no todas desde luego – tienen puntos positivos, buenas intenciones y algunas integran elementos muy importantes. Pero tropiezan y seguirán tropezando con una armadura oxidada que impide que puedan funcionar.
La Organización exalta el cambio y lo exige del personal, pero se aferra con tenacidad a sus dogmas fundamentales que se niega a replantear. Cambiar el color de las cortinas, redecorar los pisos, dar clases de comunicación a los vecinos y al conserje: sí, pero admitir que la finca tiene aluminosis: ¡ni hablar!
Mhc
crédito foto: www.tuningspain.es
Jul
7
La receta “Compromiso + Orientación al logro + Tolerancia a la frustración” se nos está presentada como patrón y fórmula mágica de los trabajadores con talento, estos mirlos blancos cuya veda se acaba de declarar abierta y que podrían ser la salvación de nuestras poco competitivas empresas.
Quejarse de la falta de compromiso de su personal suele ser una constante por parte de las organizaciones, y hay que reconocer que están acostumbradas a echar la culpa de sus males a las víctimas de su mala gestión: si los empleados sufren estrés, culpa de ellos por no saber gestionarlo adecuadamente; si se sienten frustrados, culpa de ellos por tener poca resistencia a la frustración; si no están comprometidos, culpa de ellos por carecer del necesario talento para formar parte de la organización; y si carecen de talento, iremos fuera a buscarlo, lo mimaremos y dejaremos que se pudra la gente que ya tenemos.
Sí, hay carencia de compromiso, pero no queda nada claro si es – como pretende el management – una característica intrínseca de los trabajadores o bien la consecuencia de la manera en que se lo dirige. ¿Alguien se ha preguntado por ejemplo lo grande que han de ser la capacidad de compromiso y la tolerancia a la frustración de los empleados para aguantar los sinsentidos y los absurdos que una organización empresarial desfasada les impone?
Prácticamente todos los manuales valoran como destacada cualidad el saber admitir los propios errores y plantear nuevos caminos. Es una virtud que el management exige de su personal, pero de la que él mismo carece. El modelo que utiliza fue desarrollado con los conocimientos científicos de finales del siglo XIX y aplicado a partir de una situación específica de principios del XX en los EE.UU. A pesar de que estamos en el XXI, el management se muestra incapaz de admitir que la situación ha cambiado completamente e integrar los descubrimientos científicos que aparecieron unos cincuenta años después de que Taylor formalizara su modelo.
Los tecno-managers hablan de los trabajadores como si de alguna raza alienígena inferior se tratara. “Los trabajadores son así” dicen antes de achacarles una interminable lista de lacras que va desde vagos, irresponsables y mentirosos hasta egoístas, ladrones, y desagradecidos. Confieso que me quedo desconcertado ante la misantropía que representa la expresión de tanta indiscriminada crítica. En efecto, los trabajadores que pueblan las empresas son también nuestros vecinos, los padres que llevan a sus hijos en los mismos colegios que nosotros, los que encontramos en el supermercado empujando el carrito, que acuden a ver las mismas películas que nosotros los viernes por la noche, que cruzamos en la bolera, en la terraza de los cafés o en la sala de espera del médico, que se ponen morenos en las mismas playas y hacen cola en las mismas ventanillas.
Y resulta que toda esta gente (algunos de nuestra propia familia) – que trabaja y constituye la mayor parte de la población del país – sería descastada, displicente, escabullida, maleante, indigna de toda confianza, y que sólo una estrecha vigilancia podría permitir sacar algo positivo de ellos.
Todo menos sospechar que algo huele a podrido en el Estado del Management. Tanta constancia en el error sería digna de admiración si no fuera por los dolores y desolaciones que provoca.
Para no oír voces discordantes, el tecno-management ha blindado sus dogmas. Ha construido un catecismo completo, que universidades y escuelas de negocios se encargan de propagar, siempre atentas a la ortodoxa conservación de la doctrina y a frenar toda introducción de teorías que podrían replantear la fe genuina. Es cierto que el management sabe de branding, es decir de reempaquetado de la imagen de marca bajo envases y eslóganes aduladores. Aparecen así periódicamente “soluciones felices” acompañadas de cantos a la gloria del capital humano, pero que siguen basados en las mismas premisas: los empleados no valen un pepino ¿cómo manejarlos para sacar algo de ellos?
Que los axiomas en los que se basa el modelo de dirección del personal – hay tres – resulten incongruentes con la realidad, que sus teorías ignoren los descubrimientos y avances científicos posteriores a su elaboración, que los resultados que consiguen sean en el mejor de los casos preocupantes y más habitualmente dramáticos, esto no parece importar. Ya se sabe que cuando uno alcanza cierto nivel de ceguera cognitiva y que sus teorías discrepan con la realidad, pues: ¡mala suerte para la realidad!
La productividad y la competitividad de las empresas pasan por la competitividad de su personal. Lo saben o intuyen las empresas, pero su empeño en considerar a las personas como otros componentes de una gran máquina – y por tanto en emplear los mismos criterios y métodos de gestión que para cualquier recurso – es un contrasentido total. La optimización del componente humano en las organizaciones exige un cambio diametral de punto de vista. En lugar de preguntarse de qué manera las organizaciones podrían sonsacar más de sus empleados, han de preguntarse cómo pueden aportarles valor. El crecimiento requiere instaurar la reciprocidad como paradigma de base. Yo gano si tú ganas. Reciprocidad y consideración. Como lo demostró McGregor, las personas nos comportamos tal como nos sentimos tratados, y la respuesta a la misantropía es el desenganche y la indiferencia.
MHC
Jun
16
Aedipe y el CEU San Pablo presentan una conferencia de Michel Henric-Coll el miércoles 23 junio.
La primera parte portará sobre los mitos y leyendas del país del management, que llenan de paradojas la dirección de personal y convierten toda propuesta de buenas prácticas en meros deseos piadosos.
La segunda parte presentará el modelo fractal de organización, alternativa sostenible al taylorismo imperante, con sus nuevos paradigmas – el conjunto de creencias y costumbres que rigen la empresa – y una nueva estructura, es decir la arquitectura que relaciona y organiza todos los componentes.
Miércoles 23 de junio de 9 a 12 horas, Escuela de Negocios CEU San Pablo, calle del Almudín nº1, 46003 Valencia. Entrada libre
Jun
3
El CLUB DE RR.HH. de Castellón organizó el pasado martes 1 de junio su conferencia-taller mensual, de la que tuve el placer de ser el ponente.
El tema – y diría, obviamente – portaba sobre el desafío que constituye la dirección y gestión de personal en este principio del siglo XXI. Creo que muy poca gente sigue dudando de que el sistema actual no nos lleva a ninguna parte, que no es sostenible, y que la crisis detrás de la crisis es precisamente la del management de personas.
En esta conferencia, pude explicar cuáles son los errores graves que sostienen el modelo desfasado y nocivo actual, demostrar por qué son errores y proponer soluciones alternativas viables.
La acogida del público fue extremadamente positiva, lo cual nos deja ver una vez más que la mayoría de los responsables de RR.HH. son plenamente conscientes de que el modelo falla y están esperando ansiosamente soluciones verdaderas (y no repintados de los valores equivocados que nos han llevado hasta aquí).
La próxima conferencia estará organizada por la asociación AEDIPE y tendrá lugar el miércoles 23 de junio de 9 a 11:30 horas en la Escuela de Negocios CEU, calla del Almudín, 1, 46003 Valencia.
Mhc
May
24
El Club de Recursos Humanos de Castellón y la Universidad Jaume 1º presentan el martes 1 de junio a las 17 horas una conferencia taller de Michel Henric-Coll sobre el modelo organizativo de gestión fractal, una solución para el siglo XXI.
Más datos e inscripciones en http://www.clubrrhh.org/
Mar
24
La palabra liderazgo (y por extensión líder) debe de ostentar el récord Guiness de palabras polisémicas.
Más aún que camaleón, es un pulpo transformista que cambia de acepción según el fondo sobre el que se le coloca.
Escurridiza como una anguila, la palabra liderazgo se nos escapa del discurso cuando intentamos apretarla. Los magos del management ya no dicen “ilusión, todo es ilusión”, sino “liderazgo, todo es liderazgo”.
Liderazgo es al management lo que el Ketchup es a la cocina Fast food, lo encuentras en todos los platos sin que nunca consigas saber qué sabor tiene por sí mismo.
Bueno, por lo menos todo el mundo parece estar de acuerdo: el liderazgo es bueno y hay que desarrollarlo. Ahora sólo falta que nos pongamos de acuerdo sobre lo que significa. Sólo esto, pero me parece que tenemos debate para rato.
Michel
Feb
24
Leí ayer un artículo en el que una consultoría famosa hace recomendaciones para, supuestamente, apoyar a la mermada competitividad de las empresas españolas, y confieso que me ha preocupado mucho.
Resulta extraño que las mejores recomendaciones para hacer un cambio significativo sean seguir haciendo lo mismo que antes, pero a mayor dosis. Del mismo modo, me parece bastante paradójico que la solución consista en dirigir las personas hacia la prioridad del negocio, a la vez que se declara y reconoce que la prioridad actual del negocio deberían ser las personas. Si admitimos que las personas son la clave para del negocio, enfoquemos el sistema a las personas, y el negocio mejorará como consecuencia.
Una vez más, el artículo topa con el viejo fantasma de la medición universal. “Medid y seréis curados”. Lo que ha llevado a la falta de productividad de los trabajadores es precisamente un modelo de dirección de personas que, entre otras ilusiones, se obstina en querer medir lo inconmensurable. Lo que caracteriza a lo intrínsecamente humano, es que no se puede medir. Para medirlo, hay que despojar a las personas de su humanidad y reducirlas a simples recursos de producción. Y aquí está el fallo garrafal del management supuestamente científico. Cualquier cambio hacia la competitividad implica restablecer a las personas en su realidad de persona.
Contrariamente a lo que afirma el artículo, opino que calcular los beneficios por empleado supone un retroceso importante en el camino hacia la competitividad, y no un avance. En efecto, la fragmentación, tanto de las tareas como de las personas, es una de los responsables de la ineficacia del método taylorista. Las empresas deben considerar seriamente que la clave radica en los equipos, y que los beneficios deben ser evaluados por equipo, y no por empleado. La individualización mata a la sinergia del mismo modo que mantener separadas las semillas, la tierra y el agua impide la germinación.
Los tecno-managers llevan años pretendiendo dirigir personas en base a teorías ingenieriles. No funciona, no satisface a nadie – ni a la dirección, ni a los empleados, ni a la sociedad – y como solución contra su fracaso, no tienen nada mejor que proponer que aumentar las dosis. Resulta dramático pensar que en las empresas, los que mandan en la dirección de personas no entienden nada de personas, y los que entienden de personas, no mandan nada.
Sí, las empresas españolas necesitan un cambio significativo. Necesitan admitir que las personas no pueden ser dirigidas como recursos físicos. La motivación no se decreta, la implicación no se programa en ingeniería de procesos, la identificación con la empresa no se consigue con un requisito normativo en un documento de descripción de puesto.
Los paradigmas que sirven de base a la gestión empresarial resultan totalmente desfasados y su estructura inadecuada para cualquier evolución. Hay que quemarlos como las fallas y construir sobre otras bases. Cambiar es innovar, no repetir lo mismo.
Michel Henric-Coll
Feb
8

Uno de los principios básicos de la (des)organización que sufrimos, es el de fragmentación. Es un principio directamente heredado del pensamiento cartesiano, que creía que dividiendo el universo en elementos cada vez más pequeños nos permitiría comprenderlo. No estoy seguro en cuanto al Universo, pero se que dividiendo un sistema social como el formado por el personal de una empresa, ni se le puede comprender, ni se le puede gestionar. Fragmentar un sistema, es destruirlo. Es como pretender entender como funciona la mente perpetrando la autopsia de un cerebro.
Al no poder gestionar el personal como sistema social, el pensamiento cartesiano-taylorista-fordista que impera en las mentalidades de la alta dirección procura impedir que exista. ¿Cómo? Fragmentando al máximo, dividiendo y fomentando la competición interna hasta la rivalidad. Divide y reinarás es su lema, ciego a que está serrando la rama de capital sobre la que está sentado.
En el mismo momento, en otros niveles de la empresa, otras mentes pensantes y conscientes de que los equipos son mucho más poderosos que los individuos disjuntos, predican por las sinergias frutos de la unión. Se procura – cuando el crecimiento de la economía permite liberar dinero para el personal que es la última rueda del carro presupuestario – formar a los trabajadores al Team Building y convencerles de las virtudes de la colaboración.
Pero los efectos del trabajo en equipo duran poco, y el despertar de los sueños de un trabajo que tendría sentido, utilidad y eficacia suele ser cada vez más amargo. Porque salvo escasas excepciones, todos los esfuerzos para involucrar el personal y conseguir que trabaje al unísono para el bien de la empresa terminan rotos como cristal de bohemia bajo las embestidas del pensamiento anticuado e irrealista de los tecno-managers.
Así observamos en las empresas una batalla entre la tierra y el mar, un flujo y reflujo inestable de los avances en dirección de personas función de la atracción lunática y del termómetro de la economía. Cuando las olas traen bonanzas, se permite a los de Recursos Humanos que se entretengan con sus pasatiempos humanistas, pero cuando hay recesión y retroceso, se termina el recreo, todos a formar y Maquiavelo se quita la máscara.
Todo se puede resumir a una verdad sencilla: los que mandan piensan mal. Se han nutrido de los gurús equivocados, se han quedado un siglo atrás, no han sabido darle la vuelta a la página y leer el capítulo siguiente. Por mucho que sus teorías formen un conjunto coherente, son irrealistas. Los empleados no son engranajes de una máquina, ni materia prima, ni recursos sin mente ni sentimientos, y no pueden ser dirigidos como tal. Sus apologistas niegan que ser un humano haga cualquier diferencia, a parte de ser un incordio por su obstinada negación a ser más que una máquina que anda. Es más, acusan a los que consideran la dimensión humana del trabajador de carecer de pensamiento científico y anteponer la sensiblería emocional a una supuesta racionalidad científica.
Y esto nos está costando mucho dinero a todos. Está costando beneficios a las empresas por falta de competitividad y eficiencia, satisfacción y productividad a los empleados que no consiguen involucrarse en un sin sentido, y costes dramáticos a la sociedad que tiene que financiar absentismo, enfermedades psicosociales, y un creciente gap entre ciudadanos productivos y ciudadanos a cargo.
No sirve de nada repintar una y otra vez desde abajo los decorados de la organización de personas, lo que hace falta, es cambiarla. Y hasta que los que están arriba del todo abran los ojos a sus errores, vamos a tenerlo difícil.
MHC
Escuchar este artículo, o descargar el audio: LaMascaraDeMaquiavelo
Ene
11

Hace medio siglo, Theodore Levitt publicó un artículo que iba a marcar un hito en el pensamiento empresarial: marketing myopia.
Explicaba en el mismo que un consumidor no compra realmente un producto sino la satisfacción o la solución que este producto puede aportarle. En uno de sus ejemplos famosos, comenta que nadie quiere una broca de 8mm, sino un agujero de 8mm en la pared. El producto constituye la parte visible y ficticia, la necesidad siendo la parte real e invisible. Determinar cual es la necesidad que quiere satisfacer el comprador detrás de su compra de producto se ha convertido en un fundamental del marketing.
Se ha asumido que el trabajador va en busca de dinero. No es cierto, el dinero constituye la parte visible y ficticia, es la broca, no el agujero. Si existen coleccionistas de dinero no dejan de ser tan excepcionales como los coleccionistas de broca.
Lo que quiere el trabajador, la parte real e invisible, es la satisfacción de necesidades tan diversas y personales como: seguridad para él y su familia, respeto y consideración personal, prestigio social, calidad de vida, acumulación de bienes materiales, y un amplio etcétera. Agrupo todos estos objetivos de vida bajo el término genérico de metas existenciales.
Podemos satisfacer parte de estas metas dentro del entorno laboral y parte (generalmente la mayor) fuera de él. El dinero no constituye prácticamente nunca una meta existencial per se, sino el medio indispensable para lograr las metas personales.
Pero ¿qué ocurre cuando, para conseguir este dinero, el empleado ve perjudicadas sus metas existenciales. Eso es: cuando para conseguir lo que le proporcionará respeto, consideración, sentimiento de realización, sensación de ser útil, tiene que sufrir en alto grado una pérdida de estos mismos valores.
¿Qué ocurre si para conseguir algo tienes precisamente que renunciar a él? Esta es la paradoja del empleado en el sistema taylorista actual.
La solución más lógica y evidente consiste en exigir más dinero, para que la relación [expectativas de satisfacción de metas / costes psíquicos para conseguirlas] se convierta en positiva. Más dinero para intentar conseguir fuera del entorno laboral satisfacciones que nos van restando en él.
Cuando se mira a una pulga con una lupa, puede parecer del tamaño de un elefante. Los empresarios miran con lupa el salario de sus empleados, y se han convencido equivocadamente de que el dinero es lo que más importa al trabajador, ¡lo único que le importa!
Del mismo modo, los vendedores han creído mucho tiempo que a los clientes sólo les importa comprar lo más barato posible, ahora, son pocos los que aún no han entendido que un precio de compra bajo no basta para compensar la mala calidad.
Por tanto, es necesario diferenciar qué parte del sueldo está destinada a financiar metas existenciales, y qué parte no es más que una dudosa compensación al coste psíquico que representa la mala situación laboral.
El tecnomanagement, o management seudo científico, se obstina en creer que los empleados son engranajes vivientes. Imagina con improductiva ingenuidad que un ciudadano-consumidor libre, educado y profesionalmente bien preparado está dispuesto a convertirse ocho horas al día en una pieza mecánica sin pensamientos ni sentimientos.
Algunos directivos son conscientes de esta paradoja y he conocido a muchos de ellos, pero el sistema, léase modelo organizativo, está constituido de tal forma que no permite alternativa. Es un modelo que se creó cuando todo era diferente, que los trabajadores no eran más que pura mano de obra, y que sus posibilidades tanto como ciudadanos que como consumidores eran mucho más limitadas que ahora. El mundo ha cambiado en un siglo, toca cambiar de sistema en lugar de intentar parchear sus fugas.
Theodore Levitt consideraba que si las empresas pretendían conseguir beneficios en detrimento egoísta de la satisfacción de los consumidores, les achacaba una fuerte miopía. Haciéndole eco, considero que si pretendemos conseguir beneficios tratando a los trabajadores como simples recursos, más que miopía ya nos afecta la catarata.
Mhc
Para escuchar este artículo, o descargar el audio: Management Myopia
Ene
3

No sólo cambiamos de año. Nuestros deseos empresariales no pueden estar limitados a un horizonte de doce meses, porque también estrenamos década y tenemos que construir con este horizonte en mente.
La dichosa crisis ha precipitado la toma de conciencia de que el progreso económico no es extensible indefinidamente, y que los discursos sobre la importancia del capital humano en la empresa no eran más que esto: discursos.
Ha quedado claro que el modelo empresarial actual es insostenible. No podemos seguir dependiendo de los comportamientos de un público objetivo, los consumidores, sin aceptar que dependemos también de ellos como trabajadores, y sin aceptar que cada trabajador despedido es – a plazo – un consumidor menos en la calle.
Aprovechando la temporada, he decidido escribir yo también mi carta a los Reyes, consciente de que los magos somos cada uno de nosotros, y que el mundo termina siendo tal como nosotros nos esforzamos en hacerlo.
Tengo tres deseos, como procede cuando nos dirigimos a los Genios y Magos, y cuya satisfacción me parece fundamental para garantizar una evolución sostenible.
El primero es que la propiedad y la alta dirección de las empresas comprendan que se están rigiendo con una teoría equivocada. Creen que pueden gestionar a las personas con principios de ingeniería física y nada más lejos de la realidad. La propiedad y su brazo operativo han leído y escuchado a los gurús equivocados. El pensamiento cartesiano y taylorista no sirve para dirigir un sistema humano. Simplemente eso: ¡no sirve! Los seres humanos no son asimilables a los componentes de una maquinaria, porque guste o no, los seres humanos piensan, sienten, y tienen metas existenciales propias.
Extraño mundo, en el que los científicos se esfuerzan a que las máquinas sepan imitar al razonamiento humano y los empresarios a convertir los humanos en meras máquinas.
El secundo es que se cambie de modelo organizativo. El modelo organizativo es a los trabajadores lo que la red de carreteras es a los coches. No sirve de mucho mejorar las prestaciones de los vehículos si seguimos circulando en pistas de tierra embarradas.
Está claro que en los niveles más cercanos al empleado, se han propuesto cambios importantes en las teorías de liderazgo, de forma de trabajar, de estilo de management y otros factores motivadores. Pero todos sabemos que en la realidad de las empresas, esto no acaba de funcionar, por lo que siempre estamos buscando otra cosa. Y la razón es tan sencilla como esta: estas soluciones son totalmente incompatibles con el modelo organizativo. Se pueden implantar, pero a corto o medio plazo el injerto produce rechazo y buscamos otro arreglo. Las empresas empiezan a parecerse a viejas ruedas: tienen más parches que caucho. Nuestro modelo organizativo actual es lineal, transitivo y piramidal. Es por esencia misma incapaz de adaptarse a un mundo complejo sin producir una complicación que bloquea sus capacidades y lo convierten en ineficaz. Hay que cambiarlo.
El tercer deseo es que el Departamento de Personas sea dirigido por especialistas en personas – y no en leyes de cómo despedir a las personas – y que en esta especialidad tenga un poder directivo real. El departamento de Personas debe saber de personas, y contar con cada mando y cada jefe de equipo como responsable delegado de la operatividad de esta gestión.
Guste o no, la dirección de los llamados Recursos Humanos actual es un departamento de compras y logística de seres humanos, al servicio de todos los departamentos de la empresa. Aquí hay un grave error conceptual. Los empleados han dejado hace tiempo de ser un recurso de la empresa, son unos asociados del negocio y hasta que las empresas lo entiendan como tal, tendremos conflictos que los ungüentos y pomadas podrán disfrazar, pero no resolver.
Admitir que las personas no son aperos ni engranajes irreflexivos, que el modelo organizativo debe ser sustituido por completo, y que el departamento de personal ha de tener voz y voto en materia de personas, estos son las tres claves de una reorientación sostenible de las empresas.
Todos nosotros somos los Reyes Magos que pueden convertir los deseos en realidad. ¿Podemos contar contigo?
MHC
Nov
27

Esta semana, tuve el gusto de ser invitado por AINFOR (http://www.ainfor.com/) a una conferencia en la que Microsoft presentaba sus novedades de la gama 2010 en materia de intercambios de información dentro y fuera de la empresa (Exchange, Share Point…).
Lo que más me llamó la atención no fue en absoluto las maravillas que permiten las nuevas tecnologías en materia de intercambio y gestión de la información, sino la cantidad de cerrojos que prevé el software para impedir que el personal use estas tecnologías.
Se desarrolla y pone a disposición del personal de las empresas fabulosas herramientas de productividad, eficiencia y creatividad. En el mismo momento (y respondiendo en esto sin lugar a duda a las exigencias de las empresas clientas), se introducen limitaciones en todos los niveles del sistema.
Por ejemplo: el software incluye uno o varios puestos de controladores de las comunicaciones que podrán espiar absolutamente todas las comunicaciones electrónicas del personal. A cada persona se le puede asociar una lista limitativa de con quién está autorizado a comunicar y qué clase de cosas. Hay más ejemplos pero desbordan de este breve artículo.
Metafóricamente, las empresas dotan de coches a sus viajantes pero cuidan de poner su carné bajo estrecha vigilancia, procurando que nunca haya más de unos escasos litros de gasolina en el depósito (no vayan a ir mas lejos que la vuelta de la esquina), y que no se pueda cambiar las marchas más allá de la segunda (no vayan a ir más rápido que los que los controlan).
Las TIC han permitido reinventar el ágora griego y el forum romano, pero las empresas se apresuran a dividirlo en compartimentos estancos y protegidos para evitar interrelaciones descontroladas.
Si queremos considerar, como parece, la innovación tecnológica como prioritaria, más prioritario me parece aún el cambio del chip de los teóricos de gestión empresarial que permanecen aún en el siglo XXI con preceptos diseñados por Taylor hace cien años.
Hasta que comprendan que estos principios han quedado completamente obsoletos, poco podremos sacar de las nuevas tecnologías. La ley de Moore dice que ninguna tecnología puede ir más rápido que las mentalidades.
MHC
Nov
20

Lo que dicen de los trenes también es aplicable a las crisis, y si en estos momentos, la crisis financiera está en todas las bocas y acapara los noticiarios, no debería esconder a otra que puede ser igual de grave o más. Hablo de una crisis laboral latente basada en un desfase cada vez mayor entre la manera en la que se dirige a las personas en las empresas, y la realidad humana y social del siglo XXI.
Problemas generacionales
La generación de los Baby-boomers, nacida entre los años 1945 y 1965, se caracterizó por la búsqueda del éxito profesional dentro del respecto de las instituciones y de la lealtad hacia las empresas y la jerarquía. Esta generación creó la Sociedad de Consumo y creía en el éxito social.
La Generación-X, que la siguió, se caracterizó por su desilusión ante las promesas incumplidas del llamado progreso que no les aportaba garantía de mejora social, su escepticismo con respecto al futuro y una gran desconfianza hacia las organizaciones y las instituciones.
Aquellos que tienen ahora entre 20 y 30 años, y forman la llamada Generación-Y, han conocido más cambios que ninguna generación anterior. Sus miembros han sido marcados por una educación en la que se les consideraba capaces de ser informados y recibir explicaciones justificativas sobre las decisiones que les involucraban. Son testigos de que nada es para siempre en un mundo que se convirtió en global, que vio la caída del muro de Berlín, la explosión de Tchernobyl, el desarrollo de un instrumento de comunicación ilimitada como Internet, las redes sociales planetarias, y una imparable innovación tecnológica.
Vallas al campo
No se puede pretender poner vallas a su campo en forma de reglas ‘porque-sí’ a respetar, de costumbres a adoptar porque son ancestrales, de consignas a obedecer porque lo dice el jefe, y menos aún pedirles que crean en la planificación de un futuro del que lo único que tienen claro, es que es imprevisible.
Consumidores desde la infancia, han sido acostumbrados al poder elegir lo que quieren conseguir a cambio de su dinero, y pretenden lo mismo a la hora de comprar un trabajo con sus habilidades, formación y competencias. Educados en tener autonomía, no están dispuestos a aceptar una forma de trabajar que se la niegue. Criados en un mundo en que la información es la cosa del mundo más compartida (desde luego, ya no es el sentido común), no pueden admitir una organización del trabajo que les pida proveer información a un organismo central a cambio de no recibir ninguna, o la justa.
Quieren ser considerados como responsables, entender cualquier cosa que se les pida, disponer de autonomía, tener acceso a toda la información que desean y poder actuar sobre ella y sobre todo, invertir sus esfuerzos y talento en algo que tenga sentido para ellos.
Las organizaciones empresariales no están preparadas para ellos. Está claro que las viejas estructuras y sus representantes esperan poder lidiar con la nueva generación de trabajadores, pero están totalmente desamparados a la hora de dirigirlos: Están esperando que se les pase la enfermedad de juventud, sin entender que están ante un cambio sociológico profundo. Conforme los jóvenes de unos 25-30 años se hagan más mayores, no es que van a entrar en los moldes de sus jefes, sino que ellos van a ser los jefes de mañana.
Y no nos equivoquemos: la generación-C que está en el horno y tiene ahora menos de 20 años, será aun más radical que la Generación-Y. Se ha alimentado a las mismas fuentes, pero con mayor dosis aún.
Si las empresas no saben proporcionar a las nuevas generaciones un modelo empresarial en el que puedan invertir el entusiasmo y el optimismo del que disponen (a diferencia de la generación anterior), se desmotivarán y perderán tanto el uno como el otro. Si no empiezan desde ya a modificar sus modelos organizativos y sus paradigmas de dirección, van a crear una crisis que podría dejar la crisis financiera actual en ridículo. Porque si las empresas no tienen personal que se desviva por ellas, será peor que la falta de tesorería.