Ago
5
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Tags: dirección de personas, management, Modelo organizativo, organización, personas
Ago
5
Si sólo se necesitara una prueba de que algo va mal en el campo del management de personas, bastaría para concienciarse de la magnitud del problema el observar la cantidad de ideas alternativas que van surgiendo como setas después de la lluvia.
No obstante, veo un enorme fallo en todas las propuestas de solución o mejora que van apareciendo, es que todas procuran descargar la responsabilidad tanto del problema como de las soluciones en los individuos.
Talento, miedo, mentalidad, implicación, motivación, liderazgo tipo tal o tipo cual, necesidad de cambio, remuneración vinculada con la rentabilidad, todas las alternativas recaen en las personas.
Y estoy convencido de que es un craso error, porque el problema no es de las personas, sino de la organización – del modelo organizativo más exactamente. Todos estos cambios que se pretende que realicen las personas son paliativos para evitar que cambie el sistema organizativo, auténtico responsable de nuestra dañina situación, debido a su inadaptación a la realidad económica, social, tecnológica y cultural en la que estamos inmersos.
Algunos podrán objetar que la Organización es un ente abstracto e incorporal, y que si las personas que lo conforman cambian, la Organización cambiará. Pero no es cierto. Son varios los casos en los que una Organización adquiere una personalidad propia y transcendente. Es el caso de la Iglesia, del Estado, de la Cruz Roja, y de muchas instituciones. No suele ser el caso de la mayoría de las empresas, pero sí del management que se ha convertido en toda una doctrina, cuyas “Verdades” deben ser preservadas porque están por encima de las personas que lo sirven. Salirse de estas verdades canónicas resulta extremadamente complicado, el modelo organizativo es tabú.
Muchas de las soluciones propuestas – no todas desde luego – tienen puntos positivos, buenas intenciones y algunas integran elementos muy importantes. Pero tropiezan y seguirán tropezando con una armadura oxidada que impide que puedan funcionar.
La Organización exalta el cambio y lo exige del personal, pero se aferra con tenacidad a sus dogmas fundamentales que se niega a replantear. Cambiar el color de las cortinas, redecorar los pisos, dar clases de comunicación a los vecinos y al conserje: sí, pero admitir que la finca tiene aluminosis: ¡ni hablar!
Mhc
crédito foto: www.tuningspain.es
May
11
Sobre costos y reducción de costos, hay abundante literatura, tanto en librerías como en Internet. Sobre que no se trata de reducir los costes totales sino los costes por unidad de ingreso, también se han escrito muchos y buenos artículos. Por tanto, no pretendo añadir más zumo de teclas al mismo brebaje, sino abordar el tema por otro lado, el humano como no era de extrañar.
Una de las formas básicas de reducir costes consiste en estandarizar los procesos. Hasta constituye la tercera regla del método Kaizen, que define los estándares como la mejor forma de realizar el trabajo.
He tenido ya la oportunidad de comentar en “Las falacias del tecno-management” que la existencia de una mejor forma de hacer el trabajo, que constituye uno de los principios básicos del taylorismo, es un mito. Es cierto que algunas tareas – en particular si hablamos de tareas fragmentadas y susceptibles de ser mecanizadas – admiten una mejor forma de hacerlas, pero del mismo modo que un montón de notas juntas no son una sinfonía, la suma de las tareas no son el trabajo, ni se puede erigir el “one best way” en verdad universal.
La fragmentación de las tareas y la estandarización constituyen un empobrecimiento del trabajo, y es cierto que puede llegar a ser una ventaja para aquellas que pueden mecanizarse. Pero ¿qué ocurre cuando el trabajo ha de ser realizado por personas?
La fragmentación en procesos estandarizados impide, o por lo menos restringe seriamente, el trabajo en equipo y por tanto las sinergias. Puede permitir un trabajo en grupo, pero no en equipo puesto que entre sus claves más importantes figuran la autonomía operativa y la autorregulación. Pretender trabajar en equipo con procesos fragmentados, especificados e individualizados releva del mito de Frankenstein, quien pretendía crear la vida cosiendo juntas partes de cuerpos.
La estandarización de los procesos cuando los tienen que realizar personas tiene otras consecuencias problemáticas. El empobrecimiento resultante provoca que los empleados pierdan motivación e interés por el trabajo. Por una parte porque un trabajo pobre no es gratificante para nadie, por otra porque al no permitir que se sientan corresponsables de un proyecto común, ni vean la globalidad de lo que hacen, ni tengan la sensación de logros, su trabajo carece de sentido.
Los dioses habían condenado a Sísifo a rodar sin cesar una roca hasta la cima de una montaña desde donde la piedra volvería a caer por su propio peso. Habían pensado con algún fundamento que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza. (Albert Camus, El mito de Sísifo)
La repetición mecánica de una tarea despojada de sentido provoca, a su vez, pérdida de atención y concentración con la misma inexorabilidad que el conducir durante horas en una autopista desierta. Fuente de errores – o accidentes – desde luego.
Además, los empleados se vuelven más preocupados por el respeto de los procesos que por los resultados. Cuando se enseña a alguien a no pensar y que se le castigue por salirse de las normas, aprende que en lugar de involucrarse con las metas, le resulta personalmente más provechoso evitar los reproches. Es el muy típico fenómeno de escudarse detrás del estricto cumplimiento de las normas para no tomar responsabilidades ni iniciativas. Cuando la organización se basa en manuales de procesos precisos y detallados, un trabajo mal hecho respetando las consignas es mucho más seguro que arriesgarse a un mejor resultado saltándosela.
Al ejecutar un trabajo despojado de su lado humano, los trabajadores pierden toda la variedad propia de la creatividad y capacidad de adaptación humana. Por un lado, se les pide que tengan implicación, iniciativa y fomenten ideas de mejora, por otro se les obliga a seguir estrictamente procesos diseñados por otros sin propasarse. Obviamente, es encerrarles en una paradoja que, como bien se sabe, es un excelente camino para volver loca a la gente.
La pérdida de variedad sistémica[1] genera una pérdida equivalente de adaptación a los cambios. Todo cambio, en efecto, va a requerir que la información percibida en el terreno suba la pirámide hasta llegar al nivel que tiene autoridad para rediseñar procesos, luego que se estandaricen y vuelvan por fin al lugar en el que se van a aplicar.
En el mejor de los casos, las soluciones llegan con un costoso retraso. En el peor, llegan como los caribinieri del opera de Offenbach, siempre tarde, cuando las condiciones han vuelto a cambiar haciéndola inútiles. Se trata de un sistema burocrático jerarquizado que, por definición misma, es antiproductivo.
Por tanto, es conveniente dejar de reducir costos cuando al hacerlo convertimos a los trabajadores en meras máquinas. La competitividad de las empresas, también se ha dicho hartas veces, es función directa de la competitividad de su personal, la cual es inversamente proporcional a la vaciedad con la que se define su trabajo.
Leyenda: Cuando la reducción de costes se consigue empobreciendo el trabajo, la competitividad baja a la zona de deshumanización y el rendimiento total es inferior al que sería con costes mayores pero aprovechando el trabajo en equipo así como las propiedades humanas. Como resultado, la competitividad de la empresa disminuye.
Michel Henric-Coll
Feb
24
Leí ayer un artículo en el que una consultoría famosa hace recomendaciones para, supuestamente, apoyar a la mermada competitividad de las empresas españolas, y confieso que me ha preocupado mucho.
Resulta extraño que las mejores recomendaciones para hacer un cambio significativo sean seguir haciendo lo mismo que antes, pero a mayor dosis. Del mismo modo, me parece bastante paradójico que la solución consista en dirigir las personas hacia la prioridad del negocio, a la vez que se declara y reconoce que la prioridad actual del negocio deberían ser las personas. Si admitimos que las personas son la clave para del negocio, enfoquemos el sistema a las personas, y el negocio mejorará como consecuencia.
Una vez más, el artículo topa con el viejo fantasma de la medición universal. “Medid y seréis curados”. Lo que ha llevado a la falta de productividad de los trabajadores es precisamente un modelo de dirección de personas que, entre otras ilusiones, se obstina en querer medir lo inconmensurable. Lo que caracteriza a lo intrínsecamente humano, es que no se puede medir. Para medirlo, hay que despojar a las personas de su humanidad y reducirlas a simples recursos de producción. Y aquí está el fallo garrafal del management supuestamente científico. Cualquier cambio hacia la competitividad implica restablecer a las personas en su realidad de persona.
Contrariamente a lo que afirma el artículo, opino que calcular los beneficios por empleado supone un retroceso importante en el camino hacia la competitividad, y no un avance. En efecto, la fragmentación, tanto de las tareas como de las personas, es una de los responsables de la ineficacia del método taylorista. Las empresas deben considerar seriamente que la clave radica en los equipos, y que los beneficios deben ser evaluados por equipo, y no por empleado. La individualización mata a la sinergia del mismo modo que mantener separadas las semillas, la tierra y el agua impide la germinación.
Los tecno-managers llevan años pretendiendo dirigir personas en base a teorías ingenieriles. No funciona, no satisface a nadie – ni a la dirección, ni a los empleados, ni a la sociedad – y como solución contra su fracaso, no tienen nada mejor que proponer que aumentar las dosis. Resulta dramático pensar que en las empresas, los que mandan en la dirección de personas no entienden nada de personas, y los que entienden de personas, no mandan nada.
Sí, las empresas españolas necesitan un cambio significativo. Necesitan admitir que las personas no pueden ser dirigidas como recursos físicos. La motivación no se decreta, la implicación no se programa en ingeniería de procesos, la identificación con la empresa no se consigue con un requisito normativo en un documento de descripción de puesto.
Los paradigmas que sirven de base a la gestión empresarial resultan totalmente desfasados y su estructura inadecuada para cualquier evolución. Hay que quemarlos como las fallas y construir sobre otras bases. Cambiar es innovar, no repetir lo mismo.
Michel Henric-Coll
Ene
7

La Gestión por Competencias es otra de las incompetencias del pensamiento organizativo cartesiano y taylorista, basado en primicias muy seductoras (para algunos) pero engañosas.
Por una parte, a pesar de que afirma tomar en cuenta el contexto organizacional a la hora de valorar a un trabajador, no lo hace. Es normal, la cantidad de variables a tener en cuenta superaría la capacidad del modelo de evaluación.
Pero sobre todo, se trata de otro de los modelos reduccionistas de la variedad del ser humano, un intento más – justificado por la obsesión por el control – de asimilarlo a un engranaje sin pensamientos, sin emociones propias, sin sensibilidad al contexto laboral y personal ni metas existenciales. Se trata de una modelo destinado a uniformar y uniformizar a las personas, para convertirlas en componentes mecánicos y sustituibles.
Esto no sería más que un tema de debate sobre ética de los negocios si no fuera que el reduccionismo, la normalización y estandarización de los trabajadores constituye un empobrecimiento notable de la capacidad de los mismos, y que esto va en detrimento de las propias empresas.
Tal vez la Gestión por Competencias impida poner una persona sumamente inadecuada en un puesto determinado, pero desde luego no dejará nunca que lo ocupe una persona poseedora de un talento excepcional. No queremos ni locos ni genios. Cuando John Sculley, entonces director general de Apple reprochaba a Steve Jobs que “cuando pido un genio, me traes un loco”, este le contestaba “es que van de la mano”.
Claro, en compensación, se lanzan órdenes de búsqueda y captura del Talento y, obviamente, a él no lo seleccionarán con el modelo de competencias. Pero sobre el error conceptual que representa la gestión del talento, he escrito ya.
¿Por qué el sistema de Gestión por Competencia gusta tanto? Porque tiene apariencia de científico y de objetivo. Científico porque utiliza números, fórmulas, medias estadísticas y para los más obsesos: chi2 y desviaciones típicas. Objetivo porque los cuantofrénicos confunden fácilmente valoración con medición. Enseguida que una percepción subjetiva personal se ha convertido a número, la dan por objetiva. Indiscutible. Fetén.
Presentada bajo la forma matemática, el error adquiere un gran prestigio. El escéptico más acérrimo atribuye con buenas ganas a las ecuaciones virtudes misteriosas.
Gustave Le Bon. Psicólogo y físico
Otra ventaja es la de poder ser maneja e interpretada prácticamente por cualquiera, sin necesidad de conocimientos avanzados de psicología ni de sociología. Vamos: sin conocimiento sobre lo que son las personas. ¿Qué importancia tiene cometer absurdos y contrasentidos frente a la comodidad de poder representar a la gente en gráficos y hojas de Excel, y a la sensación de poder y control que proporciona?
Bueno, supongo que a estas alturas, os imagináis que estoy definitivamente en contra de la Gestión por Competencias, y sin embargo, no es así. Estoy en contra, terminantemente lo admito, del mal uso y abuso de la herramienta para aplicaciones que no debería nunca abarcar. El modelo es bueno para competencias técnicas, es útil para que la dirección de los llamados Recursos Humanos tengan una visión global y estratégica del personal, pero las extrapolaciones indiscriminadas a factores que relevan de la personalidad y componentes psicosociales resultan tan peligrosas como contraproducentes. Los instrumentos de Gestión por Competencias deberían ser herramientas de gestión de la información sobre personas, pero nunca de gestión de las personas.
MHC
Ene
3

No sólo cambiamos de año. Nuestros deseos empresariales no pueden estar limitados a un horizonte de doce meses, porque también estrenamos década y tenemos que construir con este horizonte en mente.
La dichosa crisis ha precipitado la toma de conciencia de que el progreso económico no es extensible indefinidamente, y que los discursos sobre la importancia del capital humano en la empresa no eran más que esto: discursos.
Ha quedado claro que el modelo empresarial actual es insostenible. No podemos seguir dependiendo de los comportamientos de un público objetivo, los consumidores, sin aceptar que dependemos también de ellos como trabajadores, y sin aceptar que cada trabajador despedido es – a plazo – un consumidor menos en la calle.
Aprovechando la temporada, he decidido escribir yo también mi carta a los Reyes, consciente de que los magos somos cada uno de nosotros, y que el mundo termina siendo tal como nosotros nos esforzamos en hacerlo.
Tengo tres deseos, como procede cuando nos dirigimos a los Genios y Magos, y cuya satisfacción me parece fundamental para garantizar una evolución sostenible.
El primero es que la propiedad y la alta dirección de las empresas comprendan que se están rigiendo con una teoría equivocada. Creen que pueden gestionar a las personas con principios de ingeniería física y nada más lejos de la realidad. La propiedad y su brazo operativo han leído y escuchado a los gurús equivocados. El pensamiento cartesiano y taylorista no sirve para dirigir un sistema humano. Simplemente eso: ¡no sirve! Los seres humanos no son asimilables a los componentes de una maquinaria, porque guste o no, los seres humanos piensan, sienten, y tienen metas existenciales propias.
Extraño mundo, en el que los científicos se esfuerzan a que las máquinas sepan imitar al razonamiento humano y los empresarios a convertir los humanos en meras máquinas.
El secundo es que se cambie de modelo organizativo. El modelo organizativo es a los trabajadores lo que la red de carreteras es a los coches. No sirve de mucho mejorar las prestaciones de los vehículos si seguimos circulando en pistas de tierra embarradas.
Está claro que en los niveles más cercanos al empleado, se han propuesto cambios importantes en las teorías de liderazgo, de forma de trabajar, de estilo de management y otros factores motivadores. Pero todos sabemos que en la realidad de las empresas, esto no acaba de funcionar, por lo que siempre estamos buscando otra cosa. Y la razón es tan sencilla como esta: estas soluciones son totalmente incompatibles con el modelo organizativo. Se pueden implantar, pero a corto o medio plazo el injerto produce rechazo y buscamos otro arreglo. Las empresas empiezan a parecerse a viejas ruedas: tienen más parches que caucho. Nuestro modelo organizativo actual es lineal, transitivo y piramidal. Es por esencia misma incapaz de adaptarse a un mundo complejo sin producir una complicación que bloquea sus capacidades y lo convierten en ineficaz. Hay que cambiarlo.
El tercer deseo es que el Departamento de Personas sea dirigido por especialistas en personas – y no en leyes de cómo despedir a las personas – y que en esta especialidad tenga un poder directivo real. El departamento de Personas debe saber de personas, y contar con cada mando y cada jefe de equipo como responsable delegado de la operatividad de esta gestión.
Guste o no, la dirección de los llamados Recursos Humanos actual es un departamento de compras y logística de seres humanos, al servicio de todos los departamentos de la empresa. Aquí hay un grave error conceptual. Los empleados han dejado hace tiempo de ser un recurso de la empresa, son unos asociados del negocio y hasta que las empresas lo entiendan como tal, tendremos conflictos que los ungüentos y pomadas podrán disfrazar, pero no resolver.
Admitir que las personas no son aperos ni engranajes irreflexivos, que el modelo organizativo debe ser sustituido por completo, y que el departamento de personal ha de tener voz y voto en materia de personas, estos son las tres claves de una reorientación sostenible de las empresas.
Todos nosotros somos los Reyes Magos que pueden convertir los deseos en realidad. ¿Podemos contar contigo?
MHC
Nov
20

Lo que dicen de los trenes también es aplicable a las crisis, y si en estos momentos, la crisis financiera está en todas las bocas y acapara los noticiarios, no debería esconder a otra que puede ser igual de grave o más. Hablo de una crisis laboral latente basada en un desfase cada vez mayor entre la manera en la que se dirige a las personas en las empresas, y la realidad humana y social del siglo XXI.
Problemas generacionales
La generación de los Baby-boomers, nacida entre los años 1945 y 1965, se caracterizó por la búsqueda del éxito profesional dentro del respecto de las instituciones y de la lealtad hacia las empresas y la jerarquía. Esta generación creó la Sociedad de Consumo y creía en el éxito social.
La Generación-X, que la siguió, se caracterizó por su desilusión ante las promesas incumplidas del llamado progreso que no les aportaba garantía de mejora social, su escepticismo con respecto al futuro y una gran desconfianza hacia las organizaciones y las instituciones.
Aquellos que tienen ahora entre 20 y 30 años, y forman la llamada Generación-Y, han conocido más cambios que ninguna generación anterior. Sus miembros han sido marcados por una educación en la que se les consideraba capaces de ser informados y recibir explicaciones justificativas sobre las decisiones que les involucraban. Son testigos de que nada es para siempre en un mundo que se convirtió en global, que vio la caída del muro de Berlín, la explosión de Tchernobyl, el desarrollo de un instrumento de comunicación ilimitada como Internet, las redes sociales planetarias, y una imparable innovación tecnológica.
Vallas al campo
No se puede pretender poner vallas a su campo en forma de reglas ‘porque-sí’ a respetar, de costumbres a adoptar porque son ancestrales, de consignas a obedecer porque lo dice el jefe, y menos aún pedirles que crean en la planificación de un futuro del que lo único que tienen claro, es que es imprevisible.
Consumidores desde la infancia, han sido acostumbrados al poder elegir lo que quieren conseguir a cambio de su dinero, y pretenden lo mismo a la hora de comprar un trabajo con sus habilidades, formación y competencias. Educados en tener autonomía, no están dispuestos a aceptar una forma de trabajar que se la niegue. Criados en un mundo en que la información es la cosa del mundo más compartida (desde luego, ya no es el sentido común), no pueden admitir una organización del trabajo que les pida proveer información a un organismo central a cambio de no recibir ninguna, o la justa.
Quieren ser considerados como responsables, entender cualquier cosa que se les pida, disponer de autonomía, tener acceso a toda la información que desean y poder actuar sobre ella y sobre todo, invertir sus esfuerzos y talento en algo que tenga sentido para ellos.
Las organizaciones empresariales no están preparadas para ellos. Está claro que las viejas estructuras y sus representantes esperan poder lidiar con la nueva generación de trabajadores, pero están totalmente desamparados a la hora de dirigirlos: Están esperando que se les pase la enfermedad de juventud, sin entender que están ante un cambio sociológico profundo. Conforme los jóvenes de unos 25-30 años se hagan más mayores, no es que van a entrar en los moldes de sus jefes, sino que ellos van a ser los jefes de mañana.
Y no nos equivoquemos: la generación-C que está en el horno y tiene ahora menos de 20 años, será aun más radical que la Generación-Y. Se ha alimentado a las mismas fuentes, pero con mayor dosis aún.
Si las empresas no saben proporcionar a las nuevas generaciones un modelo empresarial en el que puedan invertir el entusiasmo y el optimismo del que disponen (a diferencia de la generación anterior), se desmotivarán y perderán tanto el uno como el otro. Si no empiezan desde ya a modificar sus modelos organizativos y sus paradigmas de dirección, van a crear una crisis que podría dejar la crisis financiera actual en ridículo. Porque si las empresas no tienen personal que se desviva por ellas, será peor que la falta de tesorería.
Nov
17

Para gestionar a los seres humanos, se necesita recurrir a ciencias humanas: la psicología, la sociología y la filosofía, ¡no la ingeniería!
Se dirige a las personas como si fuesen materia inanimada, del mismo modo en que se gestionan las herramientas de producción. El pensamiento empresarial actual, en su lógico y legítimo afán de racionalidad y eficacia, ha confundido las churras con las merinas y se ha olvidado por completo de que las personas – a diferencia de los productos o de las máquinas – tienen la molesta costumbre de pensar y sentir.
Es cierto que los especialistas en Recursos Humanos han venido desarrollando nuevas técnicas y nuevas teorías que constituyen importantes avances para adaptar la gestión de las personas a la realidad histórica en la que vivimos. Pero no sirve de mucho que el departamento de Recursos Humanos tenga visiones de psicología social si la dirección general y la junta directiva sólo creen en la ingeniería.
Todo paso hacia una dirección de personas acorde con su humanidad tropieza tarde o temprano con planteamientos de ingeniería que asimilan el trabajador a un producto, una materia prima o a una máquina.
Se enseña con perseverancia y anhelo en los masters y en las escuelas de negocios caminos adecuados para dirigir personas, pero las empresas toleran su aplicación como caprichos asumibles y sólo mientras se llega a una rentabilidad financiera acorde con las expectativas. Pero si cambian las condiciones de competencia, o las exigencias de los inversores (que suben como la nata), lo primero que se hace, es retirar los juguetitos a los de Recursos Humanos, cerrar el patio de recreo y aplicar criterios de ingeniería a rajatabla.
¿Queréis pruebas o un botón? Dejadme citaros a un alto directivo:
“Recursos Humanos es un proveedor de servicios. Los suministra exactamente como cualquier otro vendedor o proveedor de cualquier otro producto. Ha de garantizar a sus ‘clientes’ que el producto suministrado aportará los resultados deseados. A veces el producto da señales de disfunción. RR.HH. debe intervenir inmediatamente para establecer un diagnóstico y, según el caso, cambiar el producto o arreglar el problema. La idea de que el producto falla porque el ‘cliente’ no ha sabido utilizarlo es realmente una confusión”.
¿He de recordaros que cuando este directivo habla de producto, se está refiriendo a personas?
No es nada razonable esperar que seres a los que consideramos simplemente como un cuerpo que vive (como lo pretendía B.F. Skinner), se comporten de otra forma. El fallo no se sitúa en los niveles operativos, sino en el pensamiento directivo general, en el modelo jerarquizado y en imaginar que la ingeniería puede gestionar personas.
No cambiaremos con desarrollar teorías de Recursos Humanos, es el modelo mismo que hay que cambiar.
Michel Henric-Coll
Crédito imagen: www.trucoyfondos.com
Nov
9
Las empresas deben aprender la reciprocidad con el personal. No sólo en las palabras, sino en los hechos, y no porque – según dicen los discursos – las personas sean lo más importante de las empresas, sino porque los beneficios son lo más importante. Pero los beneficios en su continuidad en el tiempo, y no como objetivo inmediato en perjuicio de la empresa, de sus propietarios, del sistema capitalista que fundamenta su existencia, de la sociedad misma, que constituye el entorno en el que viven y que les suministra recursos humanos en la forma de trabajadores y económicos en forma de clientes que, por cierto terminan siendo – directa o indirectamente - las mismas personas. Los empresarios tenemos que ser altruistas, aún cuando sea por puro egoísmo.
MHC