May
11
Categories: Sin categoría
Tags: competitividad, personas, reducción de costes, sentido, trabajo
May
11
Sobre costos y reducción de costos, hay abundante literatura, tanto en librerías como en Internet. Sobre que no se trata de reducir los costes totales sino los costes por unidad de ingreso, también se han escrito muchos y buenos artículos. Por tanto, no pretendo añadir más zumo de teclas al mismo brebaje, sino abordar el tema por otro lado, el humano como no era de extrañar.
Una de las formas básicas de reducir costes consiste en estandarizar los procesos. Hasta constituye la tercera regla del método Kaizen, que define los estándares como la mejor forma de realizar el trabajo.
He tenido ya la oportunidad de comentar en “Las falacias del tecno-management” que la existencia de una mejor forma de hacer el trabajo, que constituye uno de los principios básicos del taylorismo, es un mito. Es cierto que algunas tareas – en particular si hablamos de tareas fragmentadas y susceptibles de ser mecanizadas – admiten una mejor forma de hacerlas, pero del mismo modo que un montón de notas juntas no son una sinfonía, la suma de las tareas no son el trabajo, ni se puede erigir el “one best way” en verdad universal.
La fragmentación de las tareas y la estandarización constituyen un empobrecimiento del trabajo, y es cierto que puede llegar a ser una ventaja para aquellas que pueden mecanizarse. Pero ¿qué ocurre cuando el trabajo ha de ser realizado por personas?
La fragmentación en procesos estandarizados impide, o por lo menos restringe seriamente, el trabajo en equipo y por tanto las sinergias. Puede permitir un trabajo en grupo, pero no en equipo puesto que entre sus claves más importantes figuran la autonomía operativa y la autorregulación. Pretender trabajar en equipo con procesos fragmentados, especificados e individualizados releva del mito de Frankenstein, quien pretendía crear la vida cosiendo juntas partes de cuerpos.
La estandarización de los procesos cuando los tienen que realizar personas tiene otras consecuencias problemáticas. El empobrecimiento resultante provoca que los empleados pierdan motivación e interés por el trabajo. Por una parte porque un trabajo pobre no es gratificante para nadie, por otra porque al no permitir que se sientan corresponsables de un proyecto común, ni vean la globalidad de lo que hacen, ni tengan la sensación de logros, su trabajo carece de sentido.
Los dioses habían condenado a Sísifo a rodar sin cesar una roca hasta la cima de una montaña desde donde la piedra volvería a caer por su propio peso. Habían pensado con algún fundamento que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza. (Albert Camus, El mito de Sísifo)
La repetición mecánica de una tarea despojada de sentido provoca, a su vez, pérdida de atención y concentración con la misma inexorabilidad que el conducir durante horas en una autopista desierta. Fuente de errores – o accidentes – desde luego.
Además, los empleados se vuelven más preocupados por el respeto de los procesos que por los resultados. Cuando se enseña a alguien a no pensar y que se le castigue por salirse de las normas, aprende que en lugar de involucrarse con las metas, le resulta personalmente más provechoso evitar los reproches. Es el muy típico fenómeno de escudarse detrás del estricto cumplimiento de las normas para no tomar responsabilidades ni iniciativas. Cuando la organización se basa en manuales de procesos precisos y detallados, un trabajo mal hecho respetando las consignas es mucho más seguro que arriesgarse a un mejor resultado saltándosela.
Al ejecutar un trabajo despojado de su lado humano, los trabajadores pierden toda la variedad propia de la creatividad y capacidad de adaptación humana. Por un lado, se les pide que tengan implicación, iniciativa y fomenten ideas de mejora, por otro se les obliga a seguir estrictamente procesos diseñados por otros sin propasarse. Obviamente, es encerrarles en una paradoja que, como bien se sabe, es un excelente camino para volver loca a la gente.
La pérdida de variedad sistémica[1] genera una pérdida equivalente de adaptación a los cambios. Todo cambio, en efecto, va a requerir que la información percibida en el terreno suba la pirámide hasta llegar al nivel que tiene autoridad para rediseñar procesos, luego que se estandaricen y vuelvan por fin al lugar en el que se van a aplicar.
En el mejor de los casos, las soluciones llegan con un costoso retraso. En el peor, llegan como los caribinieri del opera de Offenbach, siempre tarde, cuando las condiciones han vuelto a cambiar haciéndola inútiles. Se trata de un sistema burocrático jerarquizado que, por definición misma, es antiproductivo.
Por tanto, es conveniente dejar de reducir costos cuando al hacerlo convertimos a los trabajadores en meras máquinas. La competitividad de las empresas, también se ha dicho hartas veces, es función directa de la competitividad de su personal, la cual es inversamente proporcional a la vaciedad con la que se define su trabajo.
Leyenda: Cuando la reducción de costes se consigue empobreciendo el trabajo, la competitividad baja a la zona de deshumanización y el rendimiento total es inferior al que sería con costes mayores pero aprovechando el trabajo en equipo así como las propiedades humanas. Como resultado, la competitividad de la empresa disminuye.
Michel Henric-Coll
Ene
11

Hace medio siglo, Theodore Levitt publicó un artículo que iba a marcar un hito en el pensamiento empresarial: marketing myopia.
Explicaba en el mismo que un consumidor no compra realmente un producto sino la satisfacción o la solución que este producto puede aportarle. En uno de sus ejemplos famosos, comenta que nadie quiere una broca de 8mm, sino un agujero de 8mm en la pared. El producto constituye la parte visible y ficticia, la necesidad siendo la parte real e invisible. Determinar cual es la necesidad que quiere satisfacer el comprador detrás de su compra de producto se ha convertido en un fundamental del marketing.
Se ha asumido que el trabajador va en busca de dinero. No es cierto, el dinero constituye la parte visible y ficticia, es la broca, no el agujero. Si existen coleccionistas de dinero no dejan de ser tan excepcionales como los coleccionistas de broca.
Lo que quiere el trabajador, la parte real e invisible, es la satisfacción de necesidades tan diversas y personales como: seguridad para él y su familia, respeto y consideración personal, prestigio social, calidad de vida, acumulación de bienes materiales, y un amplio etcétera. Agrupo todos estos objetivos de vida bajo el término genérico de metas existenciales.
Podemos satisfacer parte de estas metas dentro del entorno laboral y parte (generalmente la mayor) fuera de él. El dinero no constituye prácticamente nunca una meta existencial per se, sino el medio indispensable para lograr las metas personales.
Pero ¿qué ocurre cuando, para conseguir este dinero, el empleado ve perjudicadas sus metas existenciales. Eso es: cuando para conseguir lo que le proporcionará respeto, consideración, sentimiento de realización, sensación de ser útil, tiene que sufrir en alto grado una pérdida de estos mismos valores.
¿Qué ocurre si para conseguir algo tienes precisamente que renunciar a él? Esta es la paradoja del empleado en el sistema taylorista actual.
La solución más lógica y evidente consiste en exigir más dinero, para que la relación [expectativas de satisfacción de metas / costes psíquicos para conseguirlas] se convierta en positiva. Más dinero para intentar conseguir fuera del entorno laboral satisfacciones que nos van restando en él.
Cuando se mira a una pulga con una lupa, puede parecer del tamaño de un elefante. Los empresarios miran con lupa el salario de sus empleados, y se han convencido equivocadamente de que el dinero es lo que más importa al trabajador, ¡lo único que le importa!
Del mismo modo, los vendedores han creído mucho tiempo que a los clientes sólo les importa comprar lo más barato posible, ahora, son pocos los que aún no han entendido que un precio de compra bajo no basta para compensar la mala calidad.
Por tanto, es necesario diferenciar qué parte del sueldo está destinada a financiar metas existenciales, y qué parte no es más que una dudosa compensación al coste psíquico que representa la mala situación laboral.
El tecnomanagement, o management seudo científico, se obstina en creer que los empleados son engranajes vivientes. Imagina con improductiva ingenuidad que un ciudadano-consumidor libre, educado y profesionalmente bien preparado está dispuesto a convertirse ocho horas al día en una pieza mecánica sin pensamientos ni sentimientos.
Algunos directivos son conscientes de esta paradoja y he conocido a muchos de ellos, pero el sistema, léase modelo organizativo, está constituido de tal forma que no permite alternativa. Es un modelo que se creó cuando todo era diferente, que los trabajadores no eran más que pura mano de obra, y que sus posibilidades tanto como ciudadanos que como consumidores eran mucho más limitadas que ahora. El mundo ha cambiado en un siglo, toca cambiar de sistema en lugar de intentar parchear sus fugas.
Theodore Levitt consideraba que si las empresas pretendían conseguir beneficios en detrimento egoísta de la satisfacción de los consumidores, les achacaba una fuerte miopía. Haciéndole eco, considero que si pretendemos conseguir beneficios tratando a los trabajadores como simples recursos, más que miopía ya nos afecta la catarata.
Mhc
Para escuchar este artículo, o descargar el audio: Management Myopia
Nov
20

Lo que dicen de los trenes también es aplicable a las crisis, y si en estos momentos, la crisis financiera está en todas las bocas y acapara los noticiarios, no debería esconder a otra que puede ser igual de grave o más. Hablo de una crisis laboral latente basada en un desfase cada vez mayor entre la manera en la que se dirige a las personas en las empresas, y la realidad humana y social del siglo XXI.
Problemas generacionales
La generación de los Baby-boomers, nacida entre los años 1945 y 1965, se caracterizó por la búsqueda del éxito profesional dentro del respecto de las instituciones y de la lealtad hacia las empresas y la jerarquía. Esta generación creó la Sociedad de Consumo y creía en el éxito social.
La Generación-X, que la siguió, se caracterizó por su desilusión ante las promesas incumplidas del llamado progreso que no les aportaba garantía de mejora social, su escepticismo con respecto al futuro y una gran desconfianza hacia las organizaciones y las instituciones.
Aquellos que tienen ahora entre 20 y 30 años, y forman la llamada Generación-Y, han conocido más cambios que ninguna generación anterior. Sus miembros han sido marcados por una educación en la que se les consideraba capaces de ser informados y recibir explicaciones justificativas sobre las decisiones que les involucraban. Son testigos de que nada es para siempre en un mundo que se convirtió en global, que vio la caída del muro de Berlín, la explosión de Tchernobyl, el desarrollo de un instrumento de comunicación ilimitada como Internet, las redes sociales planetarias, y una imparable innovación tecnológica.
Vallas al campo
No se puede pretender poner vallas a su campo en forma de reglas ‘porque-sí’ a respetar, de costumbres a adoptar porque son ancestrales, de consignas a obedecer porque lo dice el jefe, y menos aún pedirles que crean en la planificación de un futuro del que lo único que tienen claro, es que es imprevisible.
Consumidores desde la infancia, han sido acostumbrados al poder elegir lo que quieren conseguir a cambio de su dinero, y pretenden lo mismo a la hora de comprar un trabajo con sus habilidades, formación y competencias. Educados en tener autonomía, no están dispuestos a aceptar una forma de trabajar que se la niegue. Criados en un mundo en que la información es la cosa del mundo más compartida (desde luego, ya no es el sentido común), no pueden admitir una organización del trabajo que les pida proveer información a un organismo central a cambio de no recibir ninguna, o la justa.
Quieren ser considerados como responsables, entender cualquier cosa que se les pida, disponer de autonomía, tener acceso a toda la información que desean y poder actuar sobre ella y sobre todo, invertir sus esfuerzos y talento en algo que tenga sentido para ellos.
Las organizaciones empresariales no están preparadas para ellos. Está claro que las viejas estructuras y sus representantes esperan poder lidiar con la nueva generación de trabajadores, pero están totalmente desamparados a la hora de dirigirlos: Están esperando que se les pase la enfermedad de juventud, sin entender que están ante un cambio sociológico profundo. Conforme los jóvenes de unos 25-30 años se hagan más mayores, no es que van a entrar en los moldes de sus jefes, sino que ellos van a ser los jefes de mañana.
Y no nos equivoquemos: la generación-C que está en el horno y tiene ahora menos de 20 años, será aun más radical que la Generación-Y. Se ha alimentado a las mismas fuentes, pero con mayor dosis aún.
Si las empresas no saben proporcionar a las nuevas generaciones un modelo empresarial en el que puedan invertir el entusiasmo y el optimismo del que disponen (a diferencia de la generación anterior), se desmotivarán y perderán tanto el uno como el otro. Si no empiezan desde ya a modificar sus modelos organizativos y sus paradigmas de dirección, van a crear una crisis que podría dejar la crisis financiera actual en ridículo. Porque si las empresas no tienen personal que se desviva por ellas, será peor que la falta de tesorería.
Nov
11
Como las mariposas a la luz, el hombre se aliena al trabajo y termina a veces destruido por él. No puede prescindir del trabajo, lo necesita no sólo como fuente de dinero, sino también de sentido existencial, para realizarse a sí mismo.
El Ser se construye a partir de lo que uno hace, es a través de su obra que el hombre encuentra o refuerza su identidad, y el trabajo es dónde más oportunidades tiene de conseguirlo.
Si el trabajo no consigue aportar su parte de sentido, si por el contrario constituye un motivo permanente de sin-sentido, entonces el trabajo se convierte en tóxico. Un veneno del que uno no puede escapar, y que le atrapado en un doble-vínculo: no puede vivir sin él ni con él. Cuando se queda atrapado en la ratonera, no tiene otra escapatoria que la neurosis o apearse de la vida.
Debemos poder encontrar en el trabajo una aportación de sentido. Algunos lo llaman realizarse, otros sentirse útil, colaborar a un proyecto común, hacer lo que a uno le gusta, o vencer desafíos aceptados. Al fin y al cabo, es encontrar sentido en el trabajo. Uno de los 3 pilares de Fractal Teams.