¡Cambiad, cambiad, malditos!

No cabe duda de que existe una fuerte inestabilidad e imprevisibilidad en el consumo que, no lo olvidemos, es el motor de la economía. En el mismo tiempo, empujada por la ideología neoliberal, la orientación financiera que rige el mundo industrializado privilegia la remuneración a muy corto plazo de los accionistas.

Como consecuencia, la flexibilidad productiva se ha convertido en el credo más importante del management, atrapado entre la obligación de conquistar el mercado y la de guerrear sin tregua contra los competidores.

Se pide entonces a la organización que sea capaz de reactividad absoluta, de ser hoy lo que no era ayer, y mañana algo diferente de lo de hoy. Es una reactividad sin rumbo, sin otra estrategia que cambiar por cambiar. La organización se parece a un paracaidista ansioso extraviado en el desierto y que corriera lo más rápido posible en círculos, con el único propósito de no quedarse quieto y, con esto, tener la ilusión de estar haciendo algo.

En esta caótica tesitura, las empresas exigen de los trabajadores que se muestren capaces y dispuestos a cambiar por cambiar a la misma velocidad que los accionistas quieren recuperar sus beneficios y, desgraciadamente, con la misma total despreocupación por la continuidad y el futuro de la entidad que tienen estos. Me recuerdan al público en la película de Sidney Pollack , “mientras los concursantes fuerzan los límites de su resistencia física y psíquica, una multitud morbosa se divierte contemplando su sufrimiento durante días.”

Este ideario es perjudicial para la sociedad y para las grandes empresas, pero es completamente suicida para las Pymes que no tienen siquiera la coartada de tener que complacer a los inversores en Bolsa.

“Algunas empresas perfectamente viables son destruidas o abandonadas, y muchos empleados capaces quedan a la deriva y no se ven recompensados, simplemente porque la organización quiere demostrarle al mercado que es capaz de cambiar”. (Richard Sennett, La corrosión del carácter).

Me pregunto si las empresas no están siendo afectadas por el Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), y si no hemos entrado en una cultura en la que aprovechar y reconocer la experiencia se ha convertido en vicio capital. Tal vez no haya mejor explicación a la marginación de los mayores de 45 años y su sustitución por jóvenes sin ataduras mentales ni patrones de comportamientos establecidos, predispuestos a re-inventar a diario el agua tibia.

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