Ene
23
Ene
23
Cambiar de modelo de management ya no se puede considerar una opción. Se ha convertido en una necesidad insalvable si queremos evitar el colapso de la economía y de la sociedad.
¿Es esto cierto, es esto posible?
Qué tiene que ver nuestro actual modelo de management con la crisis parece ser una pregunta razonable. ¿Acaso es este modelo de dirección de empresa el responsable de la crisis y replantearlo nos permitiría salir de ella y emprender el buen camino?
Digamos que es una parte del virus mutante que viene contaminando nuestra economía y sociedad desde unos treinta años y que ninguna recuperación resultará sostenible si no cambiamos el modelo de management y los fundamentos ideológicos que lo apoyan y subtienden.
En esta primera parte de mi artículo, os propongo un montaje video para introducir el tema.
(El video está en HD, por lo que podéis elegir esta definición y verlo a pantalla completa).
Ene
2

“Queridos Reyes Magos,
Me he portado muy bien. He hecho todo el trabajo que me tocaba en la oficina, también el de algunos colegas y de varios de mis colaboradores. He obedecido escrupulosamente a las órdenes que venían de arriba sin alejarme ni jota del camino marcado, ni he permitido que lo hiciesen mis empleados. He castigado a cualquiera que no cumpliera con la norma y llamado la atención sobre cualquier trabajo imperfecto. He perdido mucho tiempo intentando que el personal llegara puntual y, si es cierto que no lo he conseguido, por lo menos no he reparado ante ningún esfuerzo. Pero los resultados no han acompañado tanto trabajo y mi departamento no da lo que se esperaba de él. Por tanto, he venido a pediros con esta carta éxito para mí, como recompensa a mi dedicación, y carbón para mis empleados que no han sabido funcionar.”
Melchor miró perplejamente la carta que tenía entre sus dedos, y cogió una pluma para escribir la respuesta.
“Antes de decidir a quien va el carbón, y a quien los regalos, debieras reflexionar sobre lo siguiente. Si haces el trabajo de los demás, les privas de la motivación que les proporcionaría los logros personales; si piensas y actúas por ellos, les haces dependientes y limitas tu organización a lo que cabe en tu propia cabeza; si les impides ser creativos, les empobreces a ellos y a tu empresa; en lugar de castigar los defectos, debieras plantearte recompensar todo lo que hacen bien, porque todo lo que se refuerza se multiplica; si controlas la hora de llegada de tus empleados, ellos controlarán la hora de salida y jamás se sentirán identificados con lo que hacen; pero sobre todo, te has imaginado que tú puedes tener éxito a la vez que ellos fracasan, y esto es imposible, porque tu éxito sólo pasa por el de ellos.”
Sin embargo, hemos decidido hacerte un gran regalo, que sólo consiguen los mejores. Aunque tendrás que merecerlo, día tras día. Es una planta que tendrás que regar, haga frío o calor, sol o lluvia, cuidarla y quitar las hojas muertas que terminarían por ahogarla. Si la descuidas, morirá. Deberás recordar que es una planta que sólo florece si regalas sus flores, porque si te las quieres quedar para ti solo, se marchitará. Todas las mañanas arranca una flor y ponla en el ojal de tu chaqueta, y ofrece otra flor a cada una de las personas que trabajan contigo. Verás que cuantas más ofrezcas, más florecerá tu planta.
Si eres capaz de cuidar de esta planta, te garantizo que tendrás éxito en lo que emprendas.
Esta planta se llama Confianza.
Dic
6

No sé si te acordarás de mí porque hace muchos años que he dejado de escribirte, pero soy el niño que te canjeaba promesas solemnes contra barras de chocolate.
Vuelvo a ti no en nombre propio sino pidiendo para los managers, solitarios y desbrujulados en las torres de poder en las que se han aislado y amurallado.
Mi primera intención era pedirte que dejaras en sus zapatos de Crockett & Jones y sus calcetines Hugo Boss algo de humanidad. Han leído los libros equivocados, escuchado a los falsos profetas y como unos nuevos faustos, han vendido el alma a cambio de Riqueza y Poder. Sí, algo de humanidad es lo que les falta, olvidadizos de que el Hombre es la causa y la meta de toda sociedad humana.
Pero cambié de deseo cuando pensé que la humanidad es algo que cada uno ha de descubrir dentro de sí mismo, no algo que se pueda injertar desde fuera.
Por tanto, vengo con esta carta pedirte para ellos, como regalo de Navidad, conciencia y lucidez.
Conciencia para que dejen de escudarse detrás de La Doctrina para justificar sus comportamientos destructivos y misántropos; lucidez para saber distinguir entre valores ficticios y valores reales.
Que sean capaces de replantear cánones que han demostrado ser malignos, que se acuerden de que quien no tiene valores no tiene valor, y que la próxima cabeza que corte el Califa será la del Visir cuando deje de serle útil.
Conciencia para entender que el mundo no es “como es” sino como cada uno contribuye a hacerlo, y lucidez para desenmascarar a los vendedores de ilusión. En la tienda del diablo, que describe muy bien Stephen King, cada uno se condena para satisfacer sus debilidades y vicios más inmediatos.
Agradecido por tu ayuda se despide el niño que, como imaginas, nunca ha dejado de comer chocolate.
Michel
Nov
22

El management construye un mundo ficticio, y se extraña de que los hechos, obstinadamente, le den la espalda.
Según la filosofía, la realidad es una construcción personal, un mapa que permite orientarnos. Pero independientemente de si la realidad es real(1), o si la hemos construido, es el mundo en el que nos toca vivir todos juntos. Por lo que más vale que tengamos todos el mismo mapa.
Y el que construye el management corresponde a otro planeta. Aquí, resulta falso.
El management representa el mundo en números. Pretende, equivocadamente, que lo que no se mide no se puede gestionar(2). No obstante, el mundo no es todo medible. Toda medición de lo inconmensurable nos proporciona una representación truncada. Distorsiona los hechos, despojándolos de su significado, amputándolos de una de sus dimensiones. Convierte una esfera en un círculo y los humanos en siluetas de sombras chinescas.
Las 4 dimensiones de la humanidad
A parte de las tres dimensiones del espacio, los seres humanos tenemos una dimensión espiritual. Las tres primeras son medibles, la cuarta no. Cuando se representa el ser humano con mediciones, se le amputa de la 4ª dimensión, es un mapa falso.
La dimensión espiritual (que no religiosa) es el Sentido de la Vida, la adhesión social, la pertenencia holística a una entidad superior: familia, equipo, empresa, nacionalidad, humanidad.
Esta dimensión no es medible pero es la que nos diferencia de las piedras, de las plantas y probablemente del resto de los animales. Cualquier modelo de management que no integre la cuarta dimensión se mueve en un universo ficticio.
Como tiene poder, se esfuerza en que todos los hombres que trabajan para él quepan en el patrón que ha construido. Con el poder suficiente puede pagar la deshumanización de su personal, peo al mismo tiempo tiene que asumir las consecuencias: ni las piedras ni los robots lloran pero tampoco se motivan, se identifican, luchan por ideales empresariales, ni mojan ninguna camiseta.
Los managers se pretenden racionales y son incoherentes. Deshumanizan a los trabajadores y, a la vez, les exigen cualidades exclusivamente humanas de implicación emocional e identificación con sus ideales. Atan grilletes a sus tobillos y exigen que corran.
Las empresas tienen los trabajadores que los teóricos del management han fabricado. Ni más, ni menos.
El management es un edificio construido sobre arena y que se tambalea, y como solución, sus gurús proponen redecorar los pisos. No es la decoración que falla sino los cimientos. Cuando se ha dejado la responsabilidad de la dirección de las empresas a las mentes de corte ingenieril y financiero, se la ha mutilado. O se vuelve a integrar la 4ª dimensión como componente esencial del management, o nos hundiremos en las arenas.
(1) “¿Es real la realidad?. Paul Watzlawick. ISBN 9788425410826
(2) ver mi libro Las falacias del tecnomanagement, o en mi web AQUI.
Nov
9

Estaba hablando recientemente con Pablo[1] y le comentaba que el obstinado enfoque de las empresas en bajar los costes era un tiro que les iba a salir por la culata y tornarse pronto contrario a lo esperado.
Pablo, en seguidor escrupuloso de la escuela de las finanzas, me replica: “Estás equivocado, Michel. Te lo voy a explicar y verás que lo vas a entender”.
Me encanta cuando me hablan así. Significa con otras palabras; eres un burro pero explico tan bien que hasta tú puedes enterarte. Continuó:
- Si el propósito es subir los beneficios, y lo es, entonces reducir los costes siempre los subirá.
- No es así, Pablo.
- ¡Hombre, si! Te lo demuestro. Los beneficios son lo que te queda de los ingresos tras deducirles los costes. O sea: B = I – C. Y cuanto menor sea C, mayor será B. Es matemática de parvulario.
- Bueno, no me atrevería a calificar tus mates de parvulario, pero no dejan de ser algo de primario. Permíteme usar la misma ecuación en otro ejemplo. Sea G tu nivel de gordura, C lo que comes y D lo que defecas. Entonces G = C – D, lo cual significa que para adelgazar, basta con defecar más de lo que se come.
- ¡Vaya! Tu ejemplo me parece muy nauseabundo, Michel.
- Posiblemente, pero a pesar del olor, queda claro. La solución contra el sobrepeso es barata: defecar más de lo que se come.
- Esto es absurdo. No se puede defecar más de lo que se come, por lo menos no más de dos o tres días.
- ¿Por qué?
- Sencillamente porque lo que defecas es función de lo que comes.
- Lo has dicho bien. Las variables no son independientes, sino que una es función de la otra, y lo mismo ocurre en tu ecuación de beneficios. Los ingresos son función de lo que gastas y de cómo lo gastas. Y salvo en el parvulario, no se puede decir nada sobre la tendencia de la ecuación B = I – C cuando C varía. Parte de los costes son superfluos, todos lo sabemos, pero la mayor parte de ellos son necesarios y una parte importante de ellos afecta a los ingresos, por lo menos a plazo. Lo que perjudica a las inversiones y de manera general a la satisfacción del cliente perjudicará a los beneficios pasado un tiempo. Es el caso de la formación del personal y de todas las reducciones que afectan negativamente a la motivación. A corto plazo parece funcionar, pero a medio es contraproducente.
- Como el comer y defecar.
- Eso es. Me alegro que lo hayas entendido.
Crédito foto: © Edgar Monkey – Fotolia.com
Sep
5
La declaración de moda en los círculos del management, es que es preciso alinear los RRHH con las estrategias del negocio.
¿A qué se refieren con “estrategias del negocio”? Porque si – como considero correcto – las estrategias de RRHH forman parte de las estrategias del negocio, entonces la frase me parece tan recursiva como decir que una matrioska es una muñeca que contiene una matrioska.
En realidad, todas las estrategias deben estar alineadas entre sí. Todo cóctel de políticas requiere armonía y equilibrio entre los componentes. La de RRHH ha de estar alineada con las demás estrategias del negocio en la misma proporción que aquellas deben estarlo con ella.
Si no lo vemos así, es que entendemos alineada en el sentido de supeditada y queremos decir que la dirección de personas ha de estar subordinada a estrategias del negocio de la que no se considera formar parte. Esto, a parte de una mala recomendación, es una exhortación peligrosa.
Mala porque pretende extraer RRHH del conjunto estratégico para confinarlo en un nivel meramente operativo: el personal ejecuta, inclusive a nivel supuestamente directivo. Mala también porque, al eliminar la reciprocidad e interdependencia estratégica, cree divergencias y el negocio y el personal empiezan a andar por distintos caminos.
Peligrosa porque para evitar el desajuste, no queda más remedio que reforzar el autoritarismo, es decir la sumisión de la dirección de personal a las demás direcciones. Esto es un claro retroceso hacia el fordismo y, en el peor de los casos, un comportamiento feudal.
Las consecuencias empiezan por un deterioro de la efectividad y de los resultados, y a plazo llevan a una desagregación del sistema. El deterioro lo venimos observando desde que el management se ha convertido en una tecnología cartesiana deshumanizada: desmotivación, desimplicación, baja productividad, baja competitividad y consecuencias sociales dramáticas. Y no son supuestos paliativos como la mítica gestión del talento que podrían remediar tal fallo conceptual.
La empresa ha de ser vista como un sistema de componentes interdependientes cuyo objetivo de gestión es la optimización global y no el mayor rendimiento de unos en perjuicio de otros – y por ende del todo. Solamente aceptando crear sinergias entre capital, dirección y trabajadores se puede optimizar el conjunto. Y esto implica que todas las demás estrategias del negocio estén alineadas a su vez con estrategias adecuadas y rehumanizadas de personal.
Mhc
Jun
21
José Antonio Marina escribe en ‘La inteligencia fracasada’*: “El fracaso de la inteligencia aparece cuando alguien se empeña en negar una evidencia, cuando nada puede apearle del burro, cuando una creencia resulta invulnerable a la crítica o a los hechos que la contradicen, cuando no se aprende de la experiencia, cuando se convierte en un módulo encapsulado“.
Me parece legítimo preguntarnos si los teóricos del management (y aquellos que defienden sus teorías) no están mostrando una inteligencia fracasada, porque parecen invulnerables a toda crítica y, en particular, a los hechos que contradicen sus doctrinas. Ya sabe: cuando los hechos contradicen la teoría: mala suerte para los hechos.
Todas las investigaciones y encuestas sobre motivación, implicación, productividad, identificación del personal con la empresa indican una tendencia marcada al empeoramiento, tendencia que, a su vez, se está acelerando. Todas las encuestas coinciden en que apenas un empleado sobre cinco admite dar todo lo que podría; la gran mayoría de las empresas y de los directivos se quejan de una colaboración y aportación insuficiente del personal a los fines de la compañía y la sociedad asume crecientes costes por daños psicosociales y falta de productividad. Encontramos no obstante, y en la misma proporción que esta insatisfacción, una tremenda obstinación en seguir por los mismos cauces, e inclusive reforzarlos.
Desde luego, son pocos los masters o cursos post grado que no utilizan la palabra “innovador” para calificar sus programas de gestión de (los llamados) Recursos Humanos. El pretexto para que les consideren así se debe a la introducción de alguna asignatura sobre redes sociales y de supuestos nuevos modelos desarrollados por alguna consultora prestigiosa (que ha conseguido su prestigio llevándonos a la pésima situación actual). Valgo como ejemplo: ‘la dirección por la felicidad’, ‘la gestión del talento’ o la ‘remuneración por competencias’. Pero ¿qué hay debajo de estas etiquetas? ¿Qué cubren realmente estos nuevos trajes? ¿Qué entienden por alinear los Recursos Humanos con las estrategias de la empresa? Sencillamente: más de lo mismo.
Las supuestas innovaciones siguen basadas en valores obsoletos: el centralismo de las decisiones, del poder y del control, en objetivos y valoraciones individuales, en dirección por tareas en lugar de por misiones, en la competitividad interna como palanca (errada) de productividad y en la sobrevaloración sistemática de la responsabilidad individual del empleado con respecto a su situación (y en particular la creada por el propio management).
Giuseppe Tomasi di Lampedusa, en su obra El gatopardo*, acuño la frase paradójica: “Es necesario que algo cambie si queremos que todo siga como está”. En política se suele llamar “lampedusiano” al seudoreformista que propone modificar la parte más aparente de las estructuras para que nada cambie realmente en lo fundamental. Cabe la pregunta: ¿no se habrá vuelto el management muy lampedusiano?
Las teorías oficiales del management se están esmerando, me consta, en hacer mejor las cosas y en utilizar herramientas más sofisticadas para hacerlas. El grave problema es que están haciendo mejor las cosas erróneas, lo que amplifica los defectos. Más valdría hacer medianamente bien las cosas adecuadas que esforzarse tanto en hacer perfectamente las cosas equivocadas.
Son los pilares mismos del modelo de management lo que hay que replantear. Debe renunciar a los fundamentos tayloristas y weberianos para construir una organización sistémica basada en la distribución de autonomía, en el desarrollo del talento colectivo, en la colaboración en lugar de la rivalidad. Debe poner las personas arriba de los procesos, dirigir por misiones y no por tareas ni por objetivos individuales, comprender que la reciprocidad empresa – trabajadores es imprescindible en la implicación de los mismos. El management debe humanizar la empresa en lugar de mecanizar a las personas.
¿Será el management capaz de quitarse la cinta que le tapa ojos y oídos? ¿Podrá mostrar algo de inteligencia triunfadora?
*ISBN: 8433962175
May
25
Hoy en uno de los foros de Linkedin al que estoy suscrito, alguien promocionaba un software de métrica del tiempo de cada empleado. Eso es, un sistema informatizado del que se precisa – por si a alguien se le ocurriera la idea – que no se trata en absoluto de controlar al trabajador sino de aportarle una ayuda indicándole de forma precisa a qué dedica su tiempo laboral. El software lo mide y centraliza todo para cada uno.
El argumento es conocido ya: a los empleados se les paga para realizar tareas a cambio de un sueldo, por tanto el empresario debe saber quién utiliza más su tiempo a trabajar, cómo y con qué resultado.
En el mismo tiempo, casi todas las empresas han puesto un nuevo altar en la empresa, a la gloria y veneración de la diosa Innovación. Se exhorta al personal a que sea innovador y creativo, de esto, se dice, depende la competitividad y el futuro de la empresa.
Lo que no parece contemplado ni en el software ni en la mente de los directivos, es en qué momento deben los empleados ser creativos. Seamos realistas ¿crees tú que cuando los jefes analizarán los timing de ocupación de los colaboradores y aparezca dos horas bajo la etiqueta de “Descanso para pensar”, o “tiempo libre de creatividad”, les van a recompensar por contribuir a las ideas innovadoras de la empresa?
A ver, a ti concretamente, de qué hora a qué hora te dicen de dejar de producir y ser creativo? ¿De 12:15 a 12:48 o de 17:20 a 18:32?
Pero ¿está contemplado en tu empresa que los empleados puedan pensar o sólo se les paga para ejecutar? Quiero decir ¿es la misma empresa que pide a sus trabajadores que sean creativos, innovadores y hagan evolucionar el negocio que la que mide con un software “de apoyo personal” a qué tarea dedica el tiempo cada empleado y qué rentabilidad aporta cada uno de sus gestos?
Por mi parte, quedo convencido de que medir la productividad de los empleados y analizar su tiempo de trabajo es la mejor garantía de que no aportarán creatividad al negocio.
(La alternativa, la tenéis en Introducción a Fractal Teams en este capítulo http://www.fractalteams.com/ebook_fractalteams/control-regulacion-empresa.html)
May
9

Los tecnogurus son aquellos que, formados a la ingeniería cartesiana, se muestran incapaces de pensar en forma de sistemas. Sus recomendaciones parecen sensatas porque son simplistas. Fragmentando la empresa en elementos inconexos, la desmontan en piezas sueltas como el loco doctor Frankestein que creía que la vida era el ensamblaje de pedazos de cuerpo. Parecen ignorar por completo que las empresas constituyen sistemas, es decir que son entidades eminentemente interrelacionadas.
Dejarme por tanto hablaros un poco de sistemas.
A tal efecto, empezaré representando una empresa por un rectángulo y su entorno por una forma aproximativa. Cuando la empresa se dirige al entorno, espera de él alguna respuesta determinada. Por ejemplo, al dirigirle una oferta comercial, espera compras, al dirigirse a los bancos, espera financiación.
Pero el sistema empresa está constituido por varios subsistemas interrelacionados. Subsistemas que pueden ser por ejemplo el comercial, el financiero, la producción, el departamento de calidad, etc. Podemos representarlo así, en una gráfica en la que las letras representan subsistemas:
El subsistema A se relaciona con el subsistema interno B esperando una respuesta R1 y con el subsistema C esperando una respuesta R2 (figura 2).
Sin embargo, los subsistemas están relacionados en ambas direcciones, y C se relaciona con A y con C esperando una respuesta concreta, a la vez que C se relaciona con A y con B esperando una respuesta concreta. El esquema debe por tanto modificarse como en la figura 3 (no he representado las relaciones entre B y C para no sobrecargar la gráfica). R{b,c} representa el conjunto de respuestas esperadas por parte de B y de C.
Volvamos un momento a las relaciones de la empresa con el entorno. También son relaciones recíprocas y cuando el entorno se relaciona con la empresa, también espera una respuesta concreta por su parte. Por ejemplo, cuando el entorno legal se relaciona con la empresa, espera el cumplimiento de determinadas leyes y reglamentos. Debemos por tanto representar dos flechas de relaciones y dos respuestas diferentes, la que espera la empresa X y la que espera el entorno.
Cada subsistema de la empresa está en interrelación (con mayor o menor intensidad y frecuencia) con una parte del entorno (sea fiscal, laboral, sindical, financiero, comercial etc.).
Cada relación entre dos subsistemas internos de la empresa forma un campo interno (o longitudinal) de relación, y cada interrelación de un subsistema con una parte del entorno forma un campo transversal (no represento todas las relaciones ni todas les respuestas para no cargar la gráfica).
El diagrama es incompleto pero suficiente como para darse cuenta de la existencia de campos transversales: el subsistema A que se relaciona con el entorno E2, en busca de respuestas R(A), el cual también espera respuestas R(e2) por parte de A. Ocurre lo mismo entre A y E1 aunque no esté representado.
En algunos casos, la relación de un subsistema de la empresa con el entorno puede ser más intensa y más frecuente que con otro subsistema interno. Esto suele crear cierto nivel de dependencia – o por lo menos crea una relación privilegiada – y el campo transversal puede tener más pregnancia y consistencia que los campos internos.
Es el caso por ejemplo del departamento comercial que debe estar atento a las necesidades de los clientes y resolver sus problemas, a veces con prioridad sobre las necesidades de departamentos de la propia empresa.
Una de las consecuencias es que las fronteras de una empresa no son nítidas, sino borrosas. Una parte del entorno está metida dentro la empresa y parte de la misma forma con el entorno una casi-organización. Un ejemplo podría ser el departamento de logística y los subcontratistas de transporte, y otro podría ser el de un trabajador delegado sindical, del que uno puede preguntarse si forma más parte de la empresa (interno) o más parte del sindicato (entorno).
Hay por tanto otras consecuencias importantes: un subsistema interno, un departamento por ejemplo, forma parte a la vez de la organización empresa pero también de la casi-organización que forma con elementos del entorno. Se entremezclan campos longitudinales y campos transversales, cada uno de estos campos teniendo sus prioridades, criterios e indicadores para informar de las respuestas conseguidas.
El departamento comercial, por ejemplo, recibe presiones (cada una con criterios propios) por parte del departamento de riesgos, del financiero, de producción, de logística, del administrativo (para que entregue los documentos de venta o gastos en tiempo y forma), del marketing (que antepone informaciones sobre los clientes y el mercado a la toma de pedidos), etc. Pero del mismo modo, recibe presiones e influencias de campos transversales, los clientes siendo el más importante en su caso pero no el único.
Cada departamento, o subsistema, debe conciliar presiones y exigencias a veces contradictorias. Si cada uno de estos campos es muy rígido en sus exigencias, puede sencillamente bloquear el funcionamiento del subsistema, poniéndolo en la imposibilidad de satisfacerlas todas. Pero en general existe cierta holgura, y es lo que utiliza el subsistema incriminado para conciliar, armonizar y equilibrar los criterios de cada campo y funcionar.
Cuanto más rígidas sean las exigencias de los campos, más nos acercamos a la imposibilidad de satisfacerlas todas (es decir del bloqueo), o bien de una toma de decisiones absurdas privilegiando los criterios del campo que tiene más poder o ejerce mayor presión.
Para resolver la pluralidad de criterios, el subsistema incriminado ha de generar complejidad* local (o variedad según el lenguaje de la cibernética). Sin creación de complejidad, el sistema corre enormes riesgos de bloquearse o, como anteriormente mencionado, de tomar decisiones incoherentes y contraproducentes. Lo vemos con los call centers de atención al cliente que han dado lugar a un aumento de los costes y de la insatisfacción de los clientes al imponerles normas de tiempo de respuesta apremiantes.
La creación de variedad depende por tanto de los grados de autonomía local de cada subsistema. La carencia de autonomías vuelve rígida a toda la empresa, la empobrece, y limita considerablemente su capacidad de adaptación.
Es lo que ocurre cuando, desde un puesto de mando central, la empresa introduce indicadores de rendimiento en cada subsistema. Estos indicadores informan al puesto central de mando del cumplimiento de sus criterios, pero no toman en cuenta (ni podrían hacerlo) los criterios de los demás campos de pertenencia. Además adquieren un alto nivel de apremio sobre el personal porque es en base a estos indicadores que se le quiere evaluar y retribuir.
La consecuencia es un empeoramiento de los resultados de la empresa, el aumento de las paradojas sufridas por el personal (lo cual desmotiva considerablemente) y desemboca en comportamientos aberrantes y perjudiciales.
La única solución para facilitar la capacidad de equilibrio entre los requisitos de todos los campos es otorgar niveles de autonomía local suficientes, que los subsistemas utilicen sus propios indicadores, y fomentar la creación de complejidad (variedad) local. En otras palabras: abandonar las teorías centralistas, los indicadores centralizados y, en particular, la relación entre cumplimiento de los indicadores e ingresos del personal que tiene una coacción tal que no puede dejar ninguna holgura para equilibrar las fuerzas. O sea: precisamente lo contrario de lo que nos están exhortando a hacer los tecnogurus.
* (complejidad en sistémica no signica complicación sino cantidad de estados diferentes que puede tomar un sistema, y por tanto también de información que puede proporcionar)
Abr
20

¿Por qué es tan difícil hacer evolucionar las teorías del management? Me hago muchas veces la pregunta, y desde luego no existe una respuesta única y contundente. Pero hay un aspecto que debe de estar influyendo mucho: el verbo. O sea: la palabra, el lenguaje.
Se ha demostrado que el lenguaje nos crea tanto o más como nosotros creamos el lenguaje. Si somos capaces de traducir ideas en palabras, es igual de cierto que las palabras son capaces de crear ideas, inclusive de sustituirse a ellas. La mente adopta frases, dichos, lemas como módulos prefabricados de pensamiento.
Obviamente eso también ocurre en el management actual. Se han ido forjando unos cuantos estereotipos vacíos – es lo propio de los estereotipos: ser vacíos y no demostrados – de tal forma que sus apóstoles pueden sustituir la argumentación por versículos de la doctrina, pero los detractores necesitamos cursos enteros para contrarrestarlos.
Es lo que tienen dogmas y doctrinas, se sustentan a sí mismos sin dejar espacio para la reflexión argumentada.
Estoy seguro de que estáis pidiendo pruebas, o por lo menos ejemplos. Os daré uno: “la suerte no existe”. Hay textos de gran valor literario para adornar esta declaración, llenos de una fe entusiasta. Casi todos conocemos esta admirable frase: “me he dado cuenta de que cuanto más trabajo, más suerte tengo”.
Es indudable que es una declaración adecuada para impulsar a aquellos que prefieren confiar en el destino antes que en sus propios esfuerzos, y sabemos que los hay, pero convertirla en verdad universal – como se está haciendo – es una falacia que provoca rencores y frustraciones.
Tus esfuerzos son siempre insuficientes, si no alcanzas la excelencia (nombre que se da al horizonte en las empresas), es que tus esfuerzos son deficientes y sólo puedes culparte a ti mismo. ¡Más!, tienes que dar siempre más, porque cualquier resultado insuficiente es exclusivamente culpa tuya y si otros los consiguen mejores, es porque se han esforzado más. No existe ni la suerte ni la mala suerte. Ni siquiera existe el sistema.
Este es el venenoso discurso. Al trasladar al individuo una responsabilidad que no es exclusivamente suya, lo encierra en un pozo negro de culpabilidad insalvable, produciéndole un sentimiento de injusticia que no tiene siquiera derecho a mencionar. Son paradojas que generan efectos devastadores tipificados en psiquiatría.
Por cierto ¿eres de los que creen que no existe la suerte (y por tanto tampoco la mala suerte)?
Mario termina normalmente la jornada laboral a la siete. Mañana es festivo, y su jefe le ha persuadido de dedicar los máximos esfuerzos al trabajo. No está muy convencido, sobre todo porque está cansado (doce horas de trabajo intelectual, ya son muchas), es consciente de que su rendimiento ha bajado, y de todos modos este trabajo no se va a utilizar antes del mes próximo. Pero Mario quiere tener más suerte, así que trabaja más.
Sale del despacho a las nueve. Recupera su coche. Abandona el aparcamiento y circula con mucha cautela debido a la lluvia que se ensaña sobre la ciudad desde las ocho. Entra en la circunvalación y, al acelerar, nota algo extraño en la conducción. Una rueda está pinchada. Aparta el coche lo más posible y llama al taller. Cerró a las ocho y media. Prueba con otros: mismo resultado. Intenta cambiar la rueda él mismo en el borde de la autovía. Se corta un dedo con el gato. Pasa un camión que pisa un charco y la da un baño. Se pega la cabeza con el portón al dejar la rueda en el maletero. La lluvia se intensifica. Cegado, un conductor no lo ve y le atropella. En la ambulancia, el enfermero le dice: “A estas horas y con este mal tiempo, usted no ha tenido suerte”. A lo que Mario replica: “la mala suerte no existe, pero desde luego si no hubiera trabajado tanto, a las siete hubiera salido, los talleres estaban abiertos y nada de esto hubiera pasado”.
Ves, para intentar contrarrestar una simple frase hecha he necesitado todo un artículo, y aún me quedo corto y superficial. Por eso resulta tan difícil hacer evolucionar el management, está plagado de refranes y frases hechas.
crédito imagen: desconocido
Mar
21
Si os declaro: “La misión de las empresas es aportar valor a la sociedad”, levantad la mano los que os lo vais a creer a bote pronto. Y sin embargo…
Llevamos décadas contaminados por el pensamiento de gente como Milton Friedman (premio Nobel en economía y suspendido estrepitosamente en ética) que se resume en una frase suya: “los directivos que no velan exclusivamente por el máximo beneficio para los accionistas están siendo inmorales”.
Su discurso sirve de ingrediente base a todas las teorías cocinadas y servidas desde entonces en las escuelas de negocio, masters en RR.HH. incluidos.
La misión de las empresas es aportar valor a la sociedad, declaraba en introducción, y sin embargo es de casi aceptación universal la idea de que el OBJETIVO PRINCIPAL de las empresas son sus beneficios. Pero es una falacia. Es una afirmación vacía de argumento, pero tan contundente como sota, caballo y rey, lo que le confiere la fuerza de las certezas que nunca llegamos a replantearnos. Y ¿por qué hacerlo? si la evidencia es tanta. Pues, ¡parémonos y pensemos!
Los defensores de la idea declaran que si las empresas no producen beneficios, mueren. ¡Es cierto!
Pero ‘sacar el máximo beneficio’ y ’conseguir beneficios’ no son expresiones equivalentes. Conseguir la mayor cantidad de beneficios significa que hay que anteponerlos a cualquier otro valor, sea humano, social o estratégico. La alternativa a conseguir la mayor cantidad de beneficio NO es tener pérdidas. Y esto implica sencilla y llanamente que la necesidad de conseguir beneficios no justifica en absoluto cualquier tipo de comportamiento o decisión que permita maximizarlos.
Permitidme una comparación: ¿estamos de acuerdo que si el hombre no come ni bebe, muere? (y mucho más de prisa que quiebra una empresa). Significa esto que su objetivo principal sea beber todo lo que pueda y comer todo lo que le quepa? Si lo hiciera, perjudicaría seriamente su salud y su longevidad.
Otros preguntan enfáticamente: “¿tú invertirías tu dinero si no fueras a sacar beneficios?”. Otra vez la misma confusión con el significado de ‘máximo’. Claro que no, si supiera que fuera a tener pérdidas, no lo haría. Pero devuelvo la pregunta a sus autores: ¿tú matarías (discretamente) a tus clientes o empleados si con ello fueras a ganar más dinero al final del año? Si no estás dispuesto a ello, entonces tú tampoco consideras que el beneficio es la prioridad absoluta, ya nos vamos entendiendo. Pero si tu respuesta es: sí, lo haría, entonces no vales más que Al Capone. No es excusa el que las empresas no son una ONG para actuar como un mafioso.
El desarrollo de la sociedad sólo es posible gracias a las riquezas producidas por las empresas. Todos vivimos de la venta de algo. Por esta razón, la sociedad necesita las empresas. Del mismo modo: sin la sociedad y quienes la conforman, las empresas no pueden existir. No hay ninguna empresa en la Luna, porque no hay ninguna sociedad allí.
El crecimiento de las empresas debe tanto al de la sociedad como es cierta la inversa. Se trata de una simbiosis. Por consiguiente, la obligación de las empresas es tanto velar por el crecimiento de la sociedad como la del productor de huevos es cuidar de sus gallinas.
Al anteponer el beneficio de los accionistas a cualquier otra prioridad (y esto es lo que significa realmente ‘objetivo principal’), las empresas extraen riquezas de la sociedad y las encauzan hacia unos pocos que no las redistribuyen ni colaboran al desarrollo general (sino todo lo contrario). Estas riquezas sólo les servirán para extraer más en una espiral bulímica sin fin. Para que me entendáis: en el cuerpo humano, todos los órganos son consumidores de energía, sí, pero cada uno contribuye a la mayor salud del cuerpo. Si se nos agarran unas sanguijuelas, también succionarán sangre y energía, pero no aportarán nada a cambio. Son parásitos, y las empresas que quieren los máximos beneficios para sus accionistas son esto: parásitos, porque sustraen sin contrapartida. Máximo significa lo más posible, y cuando se presenta la alternativa entre ganar más perjudicando, o ganar menos sin perjudicar, siempre se elige la primera. Por eso son parásitos y amenazan seriamente la supervivencia del huésped.
La misión de las empresas es aportar valor a la sociedad, y cuando lo hacen bien, consiguen beneficios. Si lo hacen muy bien, consiguen más beneficios. Si lo hacen mejor, consiguen muchos beneficios. Pero los beneficios nunca deben ser la causa so pena de desbaratar todo el sistema. Los beneficios no son la causa, son el resultado. Sin embargo se nos está llenando la cabeza de teorías engañosas, por egoísmo y visión cortoplacista. Teorías de dictador de república bananera. El deber de los directivos es velar por la continuidad del sistema que les permite existir, no arruinarlo en beneficio propio. Pero como dijo George Bernard Shaw, “cuando un hombre estúpido hace algo vergonzoso, siempre dice que cumple con su deber”.
Mar
11
Te acaban de contratar como Director General, y es tu primer cargo en esta responsabilidad. Como tienes la sensata humildad de solicitar consejos, aquí van los míos.
Lo primero, y más urgente, sería no tomar ninguna decisión urgente. Si está la empresa en buena situación, no la vas a mejorar por tomar decisiones prematuras desconociendo el terreno, y si es grave, no la vas a resolver disparando chorros de agua sobre cualquier llama.
Tu primer propósito debería ser conseguir la visión, clara y nítida, de a dónde hay que llevar la empresa dentro de cuatro y dentro de diez años.
Para esto, paséate en ella, observa, habla poco, y procura escuchar mucho. Acompaña a los vendedores en sus visitas a clientes. Es un contrasentido que los altos directivos de una empresa no hayan tratado nunca con los clientes. Es como tener a un jefe de cirugía que no haya visto jamás a un paciente.
Tu segundo propósito será transmitir esta visión al grupo de directivos, asegurándote de que les cubra todo el panorama de su mente como si fuera una pantalla gigante a todo color. Pero cerciórate también de que llene sus corazones porque nada grande se hace sin pasión.
Que tu primer auténtico objetivo sea convertir a los directivos en un verdadero equipo, del que obviamente tendrás que formar parte. No pretendas conducir el coche desde la acera.
Combate a capa y espada toda manifestación de personalismo. Te recomiendo encarecidamente abolir todo sistema de competitividad interna, de ranking y medallismo por resultados individuales. Esto no hace más que fomentar las zancadillas y que una mejora en un punto perjudique a todo el conjunto.
No despida a nadie por incompetencia. En lugar de eso, enséñale y dale la oportunidad de utilizar sus talentos en el sitio de la empresa más idóneo. Pero despide sin el menor atisbo de duda a cualquiera que se niegue a trabajar en equipo y anteponga su poder y la defensa de su territorio personal a los intereses de la organización. ¡Hazlo! Cualquiera que sea su valía personal. El talento de una organización no es la suma de las competencias individuales sino una propiedad emergente que nace de la colaboración. Enseña sin descanso a todos a ver la empresa como un sistema interrelacionado en el que no existe ninguna optimización local, sino exclusivamente contribuciones al óptimo global.
El éxito de una empresa no se debe a la captación y retención de personas excepcionales, es un mito. Se logra cuando personas normales se muestran capaces de colaborar para conseguir resultados excepcionales.
Todos los días, mantén la vista en el horizonte, no en las piedras del camino pues el mayor peligro no es de tropezar con ellas sino de equivocarte de meta y errar el camino. Si te toca cruzar el mar de las sirenas, hazte atar al palo mayor para no correr el riesgo de confundir los arrecifes con la Tierra Prometida. En cuanto a tus colaboradores, procura que tengan la mirada en la pelota en lugar de distraerse con los marcadores.
Si fuera necesario reducir los costes de personal, empieza por tu propio salario, luego convence a tus directivos para que recorten el suyo, como lo hizo Lee Iacocca cuando salvó a Chrysler.
Deja claro a los propietarios que te han contratado que los beneficios no son un objetivo sino la consecuencia de hacer bien las cosas correctas. No aceptes el puesto si se trata de comer todo el pan hoy y crear hambre para mañana.
Elimina, si los hubiera, todos los buzones de sugerencia, pues una organización incapaz de establecer un diálogo directo con su personal jamás será capaz de tomar en cuenta una sugerencia echada a un buzón.
No pongas los procesos por arriba de las personas, tiene que ser el contrario. Como Steve Jobs, no contrates a gente inteligente para decirles cómo tienen que hacer las cosas, sino para que te digan ellos como lo tienes que hacer. Quema el manual de descripción de tareas y puestos de trabajo que es tan útil para alcanzar las metas como un libro de Arguiñano para solucionar el hambre en África. En su lugar, que cada equipo de trabajo tenga redactada una clara declaración de misión y se preocupen de cómo lo van a conseguir juntos.
Al que insista para medir el ROI de cada acción dedicada al personal, pídele que calcule el ROI de jugar al parchís con sus hijos, de invitar a su pareja a un paseo romántico, de dedicar todo un fin de semana a sus envejecidos padres. Sólo entonces harás caso a sus solicitudes de medir el tamaño del arco iris.
Enseña a tus directivos a no confundir dar vueltas sobre uno mismo con avanzar, a no dejar que un árbol les tape el bosque, ni les dejes imaginar que los ojos, los oídos, las manos y los pies son cuerpos autónomos y rivales. Muéstrales también con el ejemplo que la exigencia – como dicen de la caridad – empieza por uno mismo.
Por fin, cuando estés seguro de que tus directivos tienen la Visión, que forman un equipo y que han asimilado todos los fundamentos, recuerda que el granjero que está permanentemente incordiando a sus gallinas recoge pocos huevos, así que déjales trabajar en paz en el día a día y que ellos hagan lo mismo con sus colaboradores. Conviértete entonces en el activo defensor de los sueños, de las metas y de los valores.
Michel Henric-Coll
Mar
5
La “Crisis” no es el resultado de un accidente cósmico. No se nos ha caído ningún meteorito gigante. Tampoco es consecuencia de algún desastre natural. No ha reventado ningún volcán de caldera ni se han fracturadas grandes fallas telúricas. No busquemos tampoco las razones en alguna pandemia vírica incontrolable. No.
La crisis es consecuencia de comportamientos, decisiones y voluntades innegablemente humanas. Pues por humanos ha sido provocada, bien por incompetencia o por una manipulación tan egoísta como destructora del conocimiento, de las leyes y de los valores morales.
De hecho, la alternativa es muy sencilla: o se han equivocado estrepitosamente, o nos han engañado descaradamente.
Aunque podría haber un poco de ambas cosas: gente que engatusa y gente embaucada, que colabora a la gigantesca estafa sin siquiera ser consciente de ello.
Sea cual fuera la causa, malversación o incompetencia, una conclusión se impone: no podemos confiar en ninguno de los que nos han llevado a esta situación. Avisados, los que siguen confiando candorosamente se convierten ahora en secuaces.
Sin pretender que conviene rechazar todo en bloque sin discriminar el grano de la paja, sí que recomiendo manifestar a priori una sospecha explícita y categórica respecto a todo y todos aquellos que tuvieron poder, difundieron conjeturas o utilizaron su influencia durante la época anterior a la crisis.
Opino que es de una inconcebible ingenuidad, cuando no de una vergonzosa connivencia, el seguir fiel a las teorías profesadas – desde que las defendió el amoral Milton Friedman – por las Escuelas de Negocio, a las doctrinas tecnocráticas del management – en particular a todo lo que concierne a la dirección de personas – y a los modelos financieros de gestión de la economía.
Hay que reconocerlo en voz alta y clara: los modelos que nos vienen ‘vendiendo’ en las tres últimas décadas, y se han visto reforzados conforme aumentaba la codicia y las prisas en hacer fortuna, son un fracaso.
Muchos han sido los que han conseguido prestigio y dinero con este montaje de strass y cartón piedra, y su ambición es seguir aprovechando la situación de desamparo colectivo para mejorar aún la suya. No importa que sea porque siguen creyendo en falsas profecías o por ser embaucadores, hay que rechazar su apostolado.
De ahora en adelante, aquellos que siguen predicando los antiguos dogmas, aquellos que les escuchan cándidamente, o que servilmente difunden sus mensajes, son cómplices bien por activa o por pasiva de la situación.
La “crisis” tiene causas humanas. Si no cambian los modelos, los valores y por tanto no cambiamos de catequistas, una vez rellenadas las arcas gracias al trabajo y esfuerzos de la sociedad, volverá la crisis, hasta que el paciente se muera de las sangrías.
“No se puede solucionar un problema aplicando la misma forma de pensar que lo ha creado”, dijo Einstein.
Piensa, reconsidera, y ¡Exige cambios!
Ene
25
Esta vez, escribo para pediros ayuda.
Como bien sabéis, mi campo es el factor humano en la empresa, lo cual incluye el management de personas. Pues bien, no hay día sin que lea en alguna parte – web, blog, libro, revista, video – que el hombre es un animal, y que esto lo explica todo.
Las teorías conductistas sobre motivación, aquellas sobre el comportamiento humano en las organizaciones – por ceñirme sólo al campo empresarial – repiten todas como si fuese la explicación definitiva: “es que el hombre es un animal”.
Pues, lo confieso en toda humildad, yo sigo sin entender en absoluto qué se quiere decir con esto ni qué conclusión tan esencial se supone que tengo que sacar.
Eso sí, lo he comprobado, los científicos clasifican el hombre en el Reino Animal. Y como tal, tú y yo figuramos en la misma división que:
- los paramecios,
- los gusanos,
- las esponjas marinas,
- las truchas,
- los saltamontes,
- las lombrices,
- los pingüinos,
- las anémonas de mar,
- las palomas,
- las tortugas,
- las gambas (inclusive a la plancha).
Sin contar una profusión de “bichitos” cuya existencia jamás hubiera sospechado, como los gnathostomulidas, kynorhincha y otros tardígradas.
Así que me dicen tajantemente: “es que el hombre es un animal” y creen que lo han explicado todo.
¿Qué significa esto? ¿Qué conclusión válida sacan?
¿Qué compartimos con el escarabajo, las medusas, las sardinas, el castor y el pájaro carpintero que pueda servir de conclusión general a nuestros modelos de vida, formas de pensar o metas existenciales?
¿Qué clarificación sobre los valores, la psique, el espíritu, la inteligencia, la educación, la economía, el amor o los comportamientos humanos en general se puede extrapolar del saber que compartimos división científica con las tenias, las mariposas y los corales marinos?
Como autodenominado – y a veces reconocido – especialista en personas en las organizaciones, estoy un poco preocupado al ver que una afirmación tantas veces utilizada como argumento contundente, no la capto.
Espero que me podáis ayudar.
Mhc
Ene
13
Lo más problemático no es la situación actual de España, ni siquiera el actual número de parados. Lo más preocupante es el dramático retraso que nos estamos preparando con ingenio respecto a la competencia exterior.
Para cuando vuelva a salir el sol de entre las nubes (algo que siempre termina haciendo), dispondremos de tropas desnudas y desarmadas, desmotivadas, habiendo perdido toda confianza en las empresas nacionales y con una preparación profesional obsoleta.
Como los coches de Formula 1 – a la salida de una curva estrecha y apretada en la que parecían todos amontonados – aumentan distancias hasta perderse de vista, perderemos de vista a las empresas de los países que han sabido mantener a su personal en condición durante la crisis y aprovechar el invierno económico para entrenar y preparar la primavera.
Nosotros habremos reducido gastos. Todos. Los superfluos, los necesarios y los imprescindibles. Nos habremos quedado tres o más años sin formación, sin reciclaje, sin preparación a los cambios estructurales y culturales que acompañan siempre a las crisis. Habremos demostrado a los trabajadores que no son importantes, a pesar de lo que declaran los discursos populistas.
Pero tarde o temprano los mercados saldrán del letargo. Aquí, tendremos que tocar precipitadamente con la corneta la señal de a formar para reclutar en urgencia empleados quemados y desilusionados, y podremos quedar satisfechos con tal que se acuerden de como se hacía la o con un canuto.
Cuando despeje la oscura niebla y amanezca en la sabana de la economía global, despertaremos anquilosados y aturdidos para descubrir a nuestros competidores bien colocados en los tacos de salida y algunos terminando la primera vuelta ya.
No, lo más preocupante no es la situación actual de España, es la que nos espera.
Michel Henric-Coll
Ene
3
Hay dos formas diferentes de considerar los objetivos de una empresa, dos perspectivas que llevan a dos consecuencias opuestas. Una es fragmentista(1) – la que están enseñando en las Escuelas de Negocio – y la otra sistémica. La primera nos puede llevar a la ruina, la segunda requiere un cambio drástico en la manera de pensar el management.
La visión fragmentista considera cada empresa como una entidad desvinculada del conjunto, que puede legítimamente generar riquezas para sus accionistas de forma ilimitada sin tener en cuenta consecuencias globales. Ve la Economía de la misma forma en que se han considerado los recursos naturales del planeta: como si fuesen inextinguibles e independientes del uso que se les hace.
Del mismo modo que los océanos nos parecían tan gigantescos que echarles nuestros cubos de basura no terminaría nunca contaminándolos, o que los recursos del suelo seguirían inagotables, se está pensando que la Economía es independiente de cómo se la trata. Se ven a las empresas como organismos disociados que pueden consumir riquezas reales (las industriales) a cambio de generar riquezas ficticias (las especulativas) sin jamás llegar a agotar el pastel. Es el sofisma del calvo, del que he hablado en otro artículo. Con esta visión, parece bastante sensato ver a las empresas como medios para succionar la mayor cantidad de riqueza posible a favor de sus propietarios.
La visión sistémica amplia el horizonte y considera que todo está interrelacionado con todo. Cada empresa puede reportar beneficios a sus inversores porque el conjunto de las empresas crea riquezas para el conjunto de la economía. Sin embargo, las riquezas industriales revierten en la sociedad y las financieras: no. Los beneficios de la especulación financiera sólo existen en función del valor subjetivo que el resto de protagonistas de la Economía atribuye a los bienes. En el mercadillo de la compra-venta de acciones, una empresa sólo vale en función del beneficio que se espera sacar de la venta de sus acciones. Esta esperanza suele descansar en criterios ficticios, desvinculados de la realidad industrial.
Los especuladores tienen todos en común que no les importan las consecuencias sobre el bien común y que cuentan con que siempre existirá la suficiente cantidad de gente dispuestas a tapar los huecos que ellos crean, de tal modo que podrán continuar a vivir de su juego.
Pueden así seguir creando valor ficticio – convertible en moneda real para ellos – mientras que el resto de participantes económicos garantiza el valor. Pero cuando la cantidad de especuladores financieros sobrepasa cierto umbral, la burbuja explota y es toda la comunidad económica que sufre las consecuencias.
En una visión fragmentista, parece sensato comprender y admitir que el principal objetivo de una empresa sea proporcionar los máximos beneficios a los inversores, pero viendo el sistema en su conjunto, esto no es sostenible, por lo que el primer objetivo de las empresas debería ser mantener una economía próspera y floreciente, porque es la única manera para que los accionistas puedan seguir alimentándose con los huevos sin matar a las gallinas.
Es dentro de este objetivo principal que los accionistas pueden pretender sacar un rendimiento óptimo de sus inversiones. En este orden, y no al revés.
Los supuestos gurús del management, siguiendo Milton Friedman y consortes, han exaltado la idea de que el único comportamiento moral de las empresas es hacer la fortuna de sus accionistas. Es hora de entender que son posturas insostenibles y que empresas, trabajadores, consumidores y riquezas forman un sistema totalmente interdependiente cuya preservación requiere un planteamiento substancialmente ecológico si no queremos que la codicia rompa el saco.
Mhc
(1) Neologismo que pretende expresar la voluntad deliberada de fragmentar y disociar, ignorando la interdependencia de las partes con el todo y del todo con las partes.
Dic
22
Todo está en todo, y recíprocamente.
La sociedad contiene los corazones de todos quienes la componen, y en cada uno de estos corazones están todos los valores de la sociedad.
Tú eres la parte y eres el todo, y el mundo es también como lo haces y sueñas tú.
Feliz Navidad amigo lector.
Michel
Dic
16
Una singular enfermedad se ha adueñado de las empresas, y se advierte de los riesgos de contagio sobre el personal que las frecuenta.
Los síntomas más evidentes se manifiestan por el desarrollo de comportamientos absurdos, basados en paradojas y mensajes contradictorios.
Virgilio Gallardo – quien la ha estudiado con cuidado – declara que “una extraña esquizofrenia organizativa hace que haya diferencias entre lo que las empresas “dicen que se debe hacer” y lo que los directivos “realmente hacen”. Si. Es así, los comportamientos directivos que aseguran la innovación y el éxito organizativo pueden ser negativos para el propio del directivo y por ello finalmente no se acaban realizando. En la mayoría de nuestras viejas organizaciones aplicar este tipo de comportamientos innovadores se convierten en sueños subversivos, en ideas peligrosas ¡Cuidado con ellos!”
Los discursos oficiales del management han de ser interpretados y comprendidos desde un curioso prisma anamórfico, en el que conviene algunas veces hacer lo contrario si queremos lograr lo esperado mientras que otras el hacer lo esperado puede resultar muy contradictorio y hasta perjudicial.
Las relaciones jerárquicas y la lectura de los distintos manuales laborales parecen extraídas de un algún sketch del dúo Cruz y Rayas. ¿Quien sabe? A lo mejor las empresas están preparando una nueva serie de la “cámara oculta”.
Os recomiendo encarecidamente la lectura del artículo de Virgilio AQUÍ
Dic
10
El management está buscando líderes. Jefes, ya tiene. Pero a los jefes, parece que las tropas no los quieren seguir y como, por definición, un líder sería el que tiene seguidores, el management busca convertirlos a líderes desesperadamente.
Como no lo consigue y que su operación pesca del talento tampoco le llena las redes, ha llegado a la conclusión de que los líderes son muy escasos, que nacen, que tienen que ser tocados por la varita mágica, y otras justificaciones a su desolación.
Pero la explicación es mucho más sencilla: no hay líderes porque el management no quiere tenerlos. Eso es: el modelo actual de management es ANTI-LIDER y pone todas las barreras a su desarrollo.
¿Lo dudas? Pues míralo conmigo.
¿Cuales son las características que todos reconocemos ser necesarias para ser líder?
* capacidad de visión
* responsabilidad
* lealtad a su equipo
* capacidad de escucha
* saber tomar en cuenta y valorar las aportaciones de sus colaboradores
* dar autonomía, confiar
* permitir el desarrollo personal de su gente
* etc.
Ahora veamos cuales son los principios fundamentales de la organización taylorista:
* la visión la tienen los de arriba del todo y no la tienen que compartir, puesto que unos piensan y otros ejecutan.
* la única responsabilidad del jefe es la de hacer aplicar los procedimientos marcados y conseguir los resultados.
* la lealtad no la debe a su equipo, sino a su propio jefe y a las normas de la empresa.
* no tiene que tener sentimientos, su gente son recursos y variables de ajustes. Ya se lo repiten sus propios jefes: nada de compasión.
* escuchar sí, pero aplicar los procedimientos, normas y manuales de tareas. Puedes escuchar lo que quieras en tu tiempo libre y fuera de las horas de producción.
* los colaboradores no pueden modificar procesos (para eso hay un buzón de sugerencias que podrán leer aquellos de arriba que diseñan los procedimientos y normas). Lo único que se les permite, es aportar valor. Traducción: ser obedientes y entregado a lo que se les pide.
* la autonomía ¿cuál? Si toda la información, el control y la valoración están centralizados (y cada vez más gracias a la tecnología).
* Liderar equipos: ¿qué equipo? cuando toda la valoración y la incentivación son individuales y cuando la competición interna es regla universal.
* desarrollo personal: sí. Siempre y cuando sea para hacer mejor lo que marcan los procedimientos y los manuales de definición de tareas. También puedes desarrollarte para convertirte en un futuro jefe al que se le pedirá que sea un líder sin permitírselo.
Si miramos fuera de las empresa, veremos que líderes, hay muchos. Las organizaciones de voluntarios y ONG están llenas de ellos. El ejército es capaz de encontrar todos los líderes que necesita en el momento en que los necesita (es decir en caso de conflictos). Las asociaciones tipo Boy Scouts fomentan el liderazgo, forman líderes y encuentran otros. Cuando hay catástrofes naturales, brotan líderes como setas que toman grupos en mano y aseguran la coordinación de los socorros.
Por favor, no me digas que no hay líderes. Sólo dime que el management no los tiene porque no permite que los haya.
Michel Henric-Coll
Nov
29
. .
Érase una vez una granja que poseía 50 gallinas. Eran gallinas ponedoras que ponían una media regular de cuatro huevos al día, lo que permitiera que el feliz granjero vendiera en el mercado a diario 200 huevos.
Pero el propietario de la granja quería sacar más beneficios, así que emprendió una cruzada contra el encargado para que consiguiera mayor productividad de las gallinas.
Eran una gallinas bastante felices. Hasta escuchaban música por los altavoces repartidos en la granja. Pero debido a la presión que el propietario aplicaba al granjero para rebajar costes, este vendió el equipo de música y canceló la suscripción a Spotify. Ansioso, en lugar de visitar a las gallinas una vez al día, empezó a visitarlas cada dos horas y a recoger el huevo que habían puesto ya. Pero todo este movimiento perturbaba a las gallinas y como consecuencia del estrés, bajaron su producción en un 25%.
Fueron sólo 150 huevos los que pudieron venderse en el mercado. El propietario se puso furioso exigiendo mayor rendimiento con amenazas de despido. Entonces el granjero apretujado cogió una gallina, la mató y la puso en venta en el mercado junto a los 150 huevos del día. Como una gallina valía como 50 huevos, el propietario estuvo relativamente satisfecho con los ingresos. Una gallina menos representaba un ahorro en comida para animales y esto era muy bueno. Sin embargo, al día siguiente, sólo habían 146 huevos. Preocupado, el granjero mató a otra gallina y así sucesivamente durante 10 días. Al cabo de este plazo, le quedaban 40 gallinas que pusieron 120 huevos. Había conseguir mantener ingresos cercanos al precio de venta de una producción de 200 huevos matando gallinas.
¡Qué demonios! El propietario exigía su rendimiento, así que recortó el presupuesto para granos, mató a otra gallina y fue a venderla junto con los 120 huevos del día. Pero los ingresos totales correspondían a una producción de 170 huevos, nada más. El día siguiente era un martes, las 39 gallinas sólo habían puesto 117 así que aumentó la presión sobre ella, molestándolas cada hora y causando aún más estrés.
El viernes tuvo que matar a dos gallinas. Recogió 100 huevos que las supervivientes habían puesto, bajando el promedio habitual. Con todo, ingresó el equivalente a 200 €, como en los buenos tiempos.
Al finalizar del mes, le quedaba una sola gallina que puso dos huevos. Se hizo una tortilla que degustó con un vaso de tinto y un mendrugo de pan, preparó el petate y se fue por los caminos sin mirar atrás.
Michel Henric-Coll
Nov
26

Stephen Covey, en su libro “El 8º hábito”, hace referencia a una encuesta realizada por Harris Poll a 23.000 ocupantes de puestos clave en empresas importantes, que arrojó las siguientes conclusiones:
Sólo el 37% dice tener una idea precisa de lo que su empresa pretende lograr.
Uno de cada cinco está entusiasmado con su equipo de trabajo y con las metas de la empresa.
Sólo la mitad termina la semana satisfecha con el trabajo que hizo.
Sólo el 15% considera que la empresa les facilita el cumplimiento de sus objetivos.
Sólo el 15% considera que trabaja en un ambiente de plena confianza.
Sólo el 17% piensa que su organización impulsa la comunicación abierta y el respeto por las opiniones diferentes, lo que resulta en nuevas y mejores ideas.
Sólo el 10% piensa que se pide rendición de cuentas a los integrantes de la empresa.
Sólo el 20% confía totalmente en la empresa para la que trabaja.
Sólo el 13% expresa tener confianza y relaciones de total colaboración con otros grupos o departamentos.
Sobre la base de esas evidencias, Covey dice: “Si los porcentajes anteriores se dieran en un equipo de fútbol, sólo cuatro de los once jugadores sabrían cuál portería es la suya, sólo a dos de los once les importaría el resultado del partido; sólo dos sabrían en qué posición juegan y cómo desempeñarla bien, y nueve estarían compitiendo con los de su equipo en lugar de con los del equipo contrario.”
Manuel Rodríguez Salazar
(Fragmento de su artículo en la revista Conceptos nº 3. http://www.sht.com.ar/conceptos/index.html)
Nov
19
He asistido a otra conferencia sobre dirigir personas en el siglo XXI. Otra conferencia sobre management del personal en la que el gurú de turno afirma detener la solución a la falta de productividad de los trabajadores. Otra conferencia en la que la solución consiste en exigir del personal que aporte valor a la empresa. Para eso proponen todo un catálogo de disposiciones que, bajo el disfraz de innovación, resultan al final ser un repintado de la triada: medición, palo, zanahoria.
Pedir al personal que aporte valor a la empresa es una transgresión por omisión, cómo cuando dices a un niño: tómate el Cola Cao y te harás más fuerte. ¿Más fuerte que qué, que quién? Falta un término a la ecuación. Una relación basada en “tú me aportas valor” y no contempla la otra parte es un balance al que le falta una columna, un saludo que recibes y no devuelves, una pareja de baile en la que uno se queda sentado.
Tal vez los managers piensen que al valor es a cambio de la nómina. Pues pensemos: ¿qué paga el salario? El trabajo. El dedicar ocho horas al día de la vida a ganársela. En muchos caso también, el salario – y se queda corto – debe compensar el aguantar un trabajo sin sentido, cuarenta horas semanales de órdenes incoherentes y humores del jefe, y a veces el sacrificio de la dignidad. El salario no paga el valor añadido.
Si la empresa quiera aportación de valor, la solución es bastante sencilla y un contable la puede entender fácilmente: llenar la otra columna del balance aportando valor al trabajador. Es lo que el modelo Fractal Teams llama reciprocidad y la economía un equilibrio. Quid pro quo.
Michel Henric-Coll
Nov
13

El management busca la receta del liderazgo, con el mismo ahínco que los alquimistas la piedra filosofal. Y no es de extrañar puesto que ha conseguido echar a perder en unas pocas décadas la valentía y abnegación que permitieron construir una boyante industria a partir de los escombros dejados por una devastadora guerra mundial. Ahora, busca el paladín capaz de reencajar los trozos descoyuntados de trabajadores desmotivados y desengañados.
Se buscan líderes, pero ¿qué es el liderazgo?
En la visión cartesiana, el liderazgo procede o bien de elementos de la personalidad (es la idea del líder innato) o bien de la adopción de determinados comportamientos (es la idea del liderazgo adquirido).
El management cartesiano (y ¡anda si Taylor lo era!) se esmera en identificar los componentes del liderazgo para poder reproducirlo. Puesto que los jefes tayloristas no tienen seguidores, inyectarles la vacuna del liderazgo sería una maravillosa solución. Al no encontrar el gen, admite que la clave podría estar en la adecuada combinación – y en correctas proporciones – de varias características. No obstante, si bien ha inventariado características más frecuentes y propuesto infinidades de formulaciones, no ha podido dar con la fórmula magistral del líder.
La visión sistémica es diferente. El pensamiento sistémico reconoce la imposibilidad de conocer todos los factores del liderazgo y su combinatoria. Si para los clásicos, la verdad consiste en la igualdad del modelo con la realidad, para la sistémica, radica en la coherencia y no en la identidad con una realidad inabarcable. Coherencia de las ideas entre sí, coherencia de las acciones con los resultados. La verdad no se esconde en ninguno de los elementos, sólo el sistema completo puede ser verdad. Y el sistema completo implica que no hay líder sin liderados, ni liderazgo sin finalidad, puesto que todo sistema está orientado a objetivos.
El pensamiento clásico descansa en el concepto de causalidad, siempre busca angustiosamente las causas que han producido el resultado. En su lógica transitiva, el futuro es la consecuencia del pasado. Si sus análisis consiguen detalles precisos y rigorosos, son poco aplicables en situaciones complejas. Por el contrario, el pensamiento sistémico parte del objetivo y construye modelos que pueden carecer de rigor a los ojos de un científico, pero son eficaces en la toma de decisión y la gestión del sistema. El presente es la anticipación de un futuro deseado. El pensamiento sistémico sabe que no se puede describir toda la complejidad pero sí actuar en y sobre ella con efectividad.
Sistémicamente, el liderazgo parte de una finalidad compartida que solemos llamar ‘la visión’. En función de esta finalidad aparecen y se desarrollan interrelaciones entre el líder y los liderados, así como en los liderados entre sí. Las interacciones son tanto la causa como el resultado del liderazgo. El estilo de liderazgo determina el tipo y la cantidad de interacciones, y las interacciones influyen sobre el estilo de liderazgo, Estamos ante un sistema, y como tal, una circularidad y no una linealidad.
No existe liderazgo antes de que exista el fin, ni sin la presencia de seguidores. Podremos hablar de líder potencial pero no de liderazgo efectivo. El liderazgo no es un estado, es un proceso cuyas reglas del juego se descubren jugando. El liderazgo se crea liderando. El líder que no está liderando no es ningún líder.
Es cierto que algunas personas parecen capaces de liderar a cualquier grupo humano, pero ¿son realmente líderes capacitados para cualquier grupo y circunstancias, o son personas capaces de conglomerar a su alrededor los liderados que les corresponde? En otras palabras: ¿son capaces de liderar a cualquiera, o su capacidad es la de encontrar a los seguidores que – sin saberlo ni conocerlo – le estaban buscando a él?
Para fomentar el liderazgo, las empresas deberían favorecer la transparencia de la visión, puesto que sin objetivo claro y compartido, no hay sistema, sólo interrelaciones caóticas. Deberían favorecer los intercambios tanto verticales como horizontales, porque el liderazgo no brota ni se desarrolla en la distancia (fuese esta jerárquica) ni en el aislamiento sino en las interacciones y en la confianza. Debería dejar de disgregar los sistemas que componen las empresas bajo el precepto cartesiano de fragmentación y división porque así los está destruyendo, ¿líder de qué, si no hay nada que liderar? Y para resumir, el management tendría que abjurar de Descartes y de sus secuaces tayloristas.
Michel Henric-Coll
La ilustración es obra de Luigi Gonnella (Eroogroof), http://eroogroof.deviantart.com/
Oct
25
Desembarcaron los extraterrestres. Eran máquinas, robots de muy avanzada tecnología, creados por generaciones de máquinas desde tiempo inmemoriales.
Cuando vieron a los humanos y observaron sus obras, se quedaron estupefactos. ¿Qué es lo que permite a estos pequeños seres torpones conseguir semejantes hazañas? se preguntaron. Alguna máquina más sabia o más avispada murmuró al oído de la Máquina Jefa que todo esto se debía a “la Vida”.
- ¿Qué es la Vida? preguntaron entonces los Doctores desde lo alto de sus erguidos engranajes.
- Algo que tienen los humanos. Poco sabemos de ella, pero sí que la Vida proporciona ilusiones y sufrimientos, pasiones y desilusiones, cariño y odio, y que el amor a la Vida les lleva a veces a sacrificarla en nombre de ciertos ideales.
- ¡Qué cosa más extraña! exclamaron los facultativos y académicos extraterrestres. Necesitamos imprescindiblemente comprender lo que es la Vida y cómo podemos controlarla.
Empezaron a “desmontar” y despedazar a algunos hombres, separando cuidadosamente cada órgano, cada tejido, cada hueso, pero la vida seguía quedando incomprensible para estos seres mecánicos.
Desguazaron a más hombres, muchos más, indiferentes a sus gritos, y aislaron no sólo órganos sino moléculas, que disgregaron a su vez en sus diferentes componentes. Como eran sabios y muy eficaces ingenieros, descubrieron el ADN y descodificaron el genoma humano, que representaron en maravillosos diagramas en tres dimensiones.
Pero la Vida continuaba a escapar a su entendimiento. La Vida, el amor, las pasiones, los anhelos y la capacidad de sacrificio, la mente y la espiritualidad, todo se les deslizaba entre las pinzas. Se elaboraron muchas teorías pero ninguna desembocaba en aplicaciones que funcionase y seguían sin entender a los humanos, porque seguían sin comprender la Vida.
Algún tripulante de estas naves, un simple tripulante con sentido común, preguntó un día cómo se esperaba comprender la Vida si en este intento, la estaban destruyendo.
Los Doctores alzaron los hombres despreciativamente. “Saber reducir la complejidad es lo que nos hace doctores”, contestaron.
Y algo así también ocurría en las empresas de la Tierra mucho antes que llegasen los invasores. Doctores Ingenieros que esperaban entender la forma en que funciona un sistema social fragmentándolo en sus más pequeños componentes con el efecto simultáneo de destruir lo que se esforzaban en controlar.
Mhc
Crédito photo: Marco Escobedo, http://www.flickr.com/photos/marcoescobedo/
Oct
6
Talento es la palabra de moda. La palabra ‘competencia’ se está poco a poco diluyendo. En cuanto a la palabra ‘gestión’ sigue flotando en la parte más alta del podio lexicográfico.
Hoy, todo se quiere gestionar: las emociones, los sentimientos, el estrés, las relaciones sociales (Community Manager es el concepto que sube en la bolsa, ya tiene sus Masters). Así que pronto necesitaremos gestionar las gestiones porque si no se nos van a desmadrar.
Pero ahora, el nuevo grial es el Talento. Sin olvidar la mayúscula por favor.
Lo primero que hay que hacer para implantar un concepto de moda es cambiar el sentido de la palabra si no, os quedaríais con un concepto un poco hueco reducido a una entrada en el diccionario de la RAE.
El Talento, tal como lo definen los catálogos de Pret-à-porter del management, es lo que uno puede, sabe y quiere hacer para la empresa. ¡Quiere! Dejemos claro que si no quieres, no tienes Talento. La gestión del Talento consiste, en breve, a mimar los que quieren aportarlo todo para la empresa y pasar de los demás. Y si tienes a uno de estos en tu compañía, debes reternerlo.
Para que me entiendas, retener significa crear agravios comparativos con los demás trabajadores, de manera que el Talento pueda darse cuenta de cuánto le quieres. Cuanto más llore el resto de la plantilla sobre el cariño perdido y más se sientan patitos feos, más habrás conseguido cuidar al Talento.
Si encuentras pocos ingenuos dispuestos a entregarlo todo para salir en la foto (aunque tiene premio, claro), no desesperes. Los expedientes X de la gestión del Talento contemplan que: ¡el Talento está allí fuera! Así que no pierdas tiempo intentando hacer de la empresa un lugar en el que los empleados quieran quedarse e implicarse, sal a la caza y captura del Talento.
Necesitarás sin embargo algo para procurar que los que no son Talentos sigan produciendo para ti. Fíjate bien que se dice “ser Talento” y no “tener talento”. Tener talento sería tener “capacidad para el desempeño o ejercicio de una ocupación”. Pero eso es la definición de la RAE que, como bien sabes, no nos interesa para nada. Uno ES Talento cuando utiliza sus aptitudes para la empresa. Si lo tienes, lo mimas, si no, lo buscas fuera.
Uno podría preguntarse: ¿por qué no intento convertir un talento-según-el-diccionario en un Talento-según-los-Gurus del Management? Pues ¡piensa! Si no dices a la mayoría que son los malos ¿cómo van a pensar los otros que son los buenos? Elemental.
Pero volvamos al resto de los empleados, los que pueden tener talento pero no lo son. A ellos tienes que decirles que deben trabajar ¡en equipo! Esto es un concepto un poco nuevo que consiste en hacerse la zancadilla unos a otros para intentar ser el que más destaca por Talento por la mejor Gloria del jefe.
No te preocupes, todo esto está debidamente legitimado y certificado por la Organización Científica del Trabajo, parida por mister Taylor hace un siglo. Se basa en fomentar el individualismo, crear competición interna y centralizar toda la información y el control. Si te decides, no olvides – es importante – propagar discursos populistas que ensalcen el trabajo en equipo, la colaboración y el respeto a las personas.
Claro que puedes decidir quedarte al margen de las modas y, en buen dinosaurio, preferir la rentabilidad, la productividad y la competitividad, tener visión a largo plazo en lugar de en los modelos de temporada, y creer en la evolución del personal como motor de la evolución de tu empresa. Puedes imaginar que el talento – como aptitud voluntaria potencial – es la cosa mejor repartida después del sentido común y opinar que en una empresa, el talento ha de ser colectivo o no será. Pero esto supondría dos problemas: uno ser considerado como anticuado y el otro estar haciendo lo que predicas, lo cual sí que sería realmente revolucionario.
Michel Henric-Coll
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