El beso de la muerte, o más allá del bien y del mal

No hay día en que no vuelva a leer en algún que otro artículo o blog – ni conferencia sobre management en la que no lo vuelva a oír – que el objetivo de las empresas es maximizar los beneficios, que la clave de la eficacia empresarial radica en la ingeniería de procesos (por encima de las personas), y que la dirección de Recursos Humanos debe alinearse (entiéndase: “someterse”) a las estrategias de la empresa (léase: “la voluntad de los inversores”).

Parecen conceptos extraídos del catálogo de tópicos de cualquier programa master, sea de negocios, finanzas, Recursos Humanos, etc.

Su aplicación lleva ineluctablemente a  considerar a los hombres como recursos anónimos que se pueden  atropellar y explotar en nombre de la finalidad de una minoría. Indirectamente lleva también a considerar la sociedad como una fuente de pillaje hacia la que las corporaciones – modelos empresariales por antonomasia –  tienen todos los derechos y ninguna obligación.

¿Cuál es la finalidad, el sentido último? ¿Es admisible que los medios se conviertan en la finalidad y desaparezca esta, disuelta en un pantano de justificaciones cortoplacistas?

Lo cierto es que justificar los medios sirve de pretexto a muchos.

A los managers cuando argumentan que si no alcanzan los mayores beneficios posibles y afirman que si no se muestran dispuestos a sacrificar lo humano, nadie invertirá en las empresas.

A los políticos, cuando dicen: “si no somos elegidos, no podremos cumplir nuestro programa político” y terminan dando prioridad absoluto al electoralismo y a las guerras de partidos, hasta dejar de tener ningún programa político que no sea adueñarse del poder y quedarse en él.

También a los militares que sostienen que: “si no torturamos en Guantánamo, no podremos ganar la batalla contra el terrorismo.  Claro que sabemos que en medio de los torturados, hay inocentes, pero no podemos discriminarlos si no los torturamos”. Al final, no se dan siquiera cuenta de que ellos se han convertido en los terroristas.

El que se cree en posesión de la Verdad se cree superior y, despreciando a los demás, establece una moralidad amoral que se resume en la frase de Nietzsche: “Lo que es malo para mi es malo en sí mismo”.

Los humanistas, por su parte, declaran que el hombre es el principio y el fin de todas las cosas humanas.

¿Qué opinas tú?

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