El retorno de los Augurios

En las sociedades primitivas, los hombres vivían en un alto nivel de inseguridad y confusión porque su ciencia no les permitía comprender su entorno y aún menos gestionarlo. Así desarrollaron supersticiones y fueron consultando magos y pitonisas que les daban la sensación de poder descifrar un futuro que imaginaban ya escrito.

Los managers de ahora también creen que el porvenir es algo ya establecido y que se puede desencriptar. A esto dedican muchos esfuerzos. Han sustituido la lectura de las entrañas de animales sacrificados por la consulta frenética de los indicios de la Bolsa, de las primas de riesgos en los mercados de derivados y por la evolución diaria de las Deudas Soberanas. Otros buscan pistas jeroglíficas escondidas en las huella del pasado (léase balances anteriores) como antaño se leían las runas. En lugar de consultar los oráculos, hoy se usan matemáticas y ordenadores, pero la ilusión es la misma.

La ansiedad por descifrar el futuro es tal que los managers han desarrollado una auténtica cuantofrenia – eso es: una patología que consiste en querer cuantificarlo todo[1]. Se han obsesionado por convertir a números hasta lo más intangible y lo más abstracto y así alimentar sus supuestos modelos predictivos. Atemorizados por los riesgos y los desafíos en juego, los managers usan ecuaciones estocásticas como bálsamo para tranquilizarse.

Estamos tan fervientes de las predicciones seudocientíficas que cuando se trata de un partido de fútbol, se anticipa el resultado sacando estadísticas tan estrafalarios como: resultados de los partidos jugados entre estos dos equipos en los diez años anteriores, resultados cuando fue en campo local o como visitante, media de goles, etc. Desconozco si integran las condiciones meteorológicas, pero no me extrañaría.

En esto se olvidan de que ni son los mismos jugadores, ni son los mismos entrenadores, a veces no son los mismos presidentes ni los mismos dueños del club. Pretender pronosticar el resultado del partido con cálculos sobres estas estadísticas no es más que otra forma de leer los presagios.

Y cuando el resultado del partido no coincide con las predicciones, lo cual ocurre en la mitad de las veces, no se replantea el método predictivo en absoluto. En su lugar se considera el resultado como un simple accidente a no tener en cuenta, como si los hechos se hubiesen equivocados al no seguir la predicción. Me recuerda en esto el corolario de la ley de Murphy: “si la rebanada no se cae del lado de la mantequilla, Usted se ha equivocado de lado al untarla”.

En otras palabras, consideran dependientes fenómenos que son independientes. Lo que Nassim Nicholas Taleb llama “cisnes negros”.

Ni las culturas científicamente primitivas ni los managers de ahora parecen haber comprendido que el futuro de la economía no es algo ya trazado y que nos está esperando quietecito, sino una mezcla entre interacciones sistémicas aleatorias y las decisiones que tomamos día tras día debido a nuestras creencias. Cuando estas decisiones son función de nuestras supuestas predicciones, estamos forjando no otra cosa que profecías auto-cumplidas.

Es extraño observar como son aquellos que más se reclaman de la razón y de la racionalidad los que más desamparados se encuentran cuando han de moverse en la incertidumbre y la lógica borrosa. Se agarran entonces a falsas certezas y a ilusiones que rehúsan replantear porque eso supondría un incremento de su ansiedad. Son también los que más objetivos pretenden ser los que se rigen por una fe pura y dura que no se sostiene en hechos, sino en un dogma sosegador. Un dogma que quieren imponer a todos, como siempre ocurre con aquellos que se pretenden en posesión de La Verdad. Nada puede alterar la confianza de sus prosélitos pues se sabe que una doctrina es capaz de resistir a cualquier hecho probado.

Los programas computerizados son los que, hoy en día, han sustituido a los antiguos augurios que esperaban leer el futuro – y la voluntad de los dioses – en el vuelo de las aves. En lugar de obsesionarse con desentrañar un futuro que queda por escribir ¿no sería más razonable y más provechoso desarrollar nuestra flexibilidad y nuestra capacidad de adaptación a lo desconocido?

En todo caso, lo más flexible y lo más adaptable no son los ordenadores ni las ecuaciones, son las personas. Es en ella que las empresas deberían confiar en lugar de aprisionarlas en muy cuestionables frascos matemáticos.


[1] Y que he denunciado en mi libro “Las Falacias del Tecno-management” (http://www.fractalteams.com/falacias_ebook.pdf)

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