La ciencia de los loros

El modelo actual de management de personas no funciona. Es un edificio que tiene aluminosis y se tambalea. Pero los remedios que proponen aquellos que construyeron la finca consiste en redecorar los pisos o cambiar el mobiliario.

Tradicionalmente las empresas creaban riquezas gracias a intercambiar sus productos contra el dinero de sus clientes. Así podían crear riqueza económica y riqueza social. Pero lo han ido olvidando hace unos cuantos años cuando los accionistas de las corporaciones han imaginado ganar dinero comerciando con las mismas empresas (o sus acciones) en lugar de dar prioridad a los beneficios industriales.

Visto que dicha prioridad ha pasado totalmente a segundo plano, tampoco importan las herramientas de producción. Por consiguiente se justifica para ellos el reducir todos los costes dedicados a la industria, los de personal siendo considerados como los más inútiles en una economía basada en comerciar con acciones y no con bienes y servicios.

Tampoco importa la satisfacción de las necesidades de los clientes, que sólo existen para pintar más bonita la cabra a la hora de vender sus acciones. Hemos por tanto vuelto a descubrir el marketing de manipulación cortoplacista, cuyos abusos habían sido vituperados una vez por Theodore Levitt  en su famoso artículo de la Miopía del Marketing.

Se trata ahora de crear ilusiones captando un máximo de clientes, sin consideración sobre su satisfacción ni preocupación para conservarlos, porque sólo sirven para alcanzar un valor bursátil el tiempo suficiente como para sacar plusvalía. El objetivo es mostrar beneficios en las cuentas del ejercicio, sacrificando siempre el largo plazo al corto, que es cuando se negocian los valores. Cualquier especialista en ingeniería financiera sabe lo fácil que resulta crear beneficios contables, considerando que la contabilidad es en gran parte el resultado de decisiones políticas sobre cómo clasificar contenidos. Lo sabía muy bien Jack Welch quien, en General Electric, consiguió durante años disfrazar pérdidas de suculentos beneficios aparentes mientras vaciaba la empresa, o Enron que no era más que un soufflé vacío.

Al margen de las burbujas financieras creadas y tantas veces señaladas, son las consecuencias sobre el modelo de management que me interesa analizar y comentar.

No olvidemos que los modelos de management se conciben y desarrollan en grandes escuelas que financian y soportan las corporaciones. Por tanto que las enseñanzas que en ellas se profesan están diseñadas para servir las finalidades de sus propietarios[i].

Sin embargo estas enseñanzas diseminan sus esporas indiscriminadamente por el mundo a través de los libros que escriben sus catedráticos, de las revistas especializadas, de los “Top” conferenciantes y de los programas de cualquier escuela de management, que no hacen más que copiar y pegar los pensamientos de Harvard y consortes. Hoy en día, el Management se ha convertido en la ciencia de los loros.

Es así como las Pymes, cuyos directivos se han formado bajo el pensamiento corporativista destinado a maximizar los beneficios financieros para accionistas anónimos, aplican modelos teóricos que les llevan a la ruina. Y cuando sus gestores empiezan a darse cuenta de que su empresa funcionan peor, que la productividad mengua, que la motivación e implicación en el trabajo se reduce dramáticamente, en lugar de replantear los modelos piden más consejos a los mismos gurús, y terminan creando una economía de pompas de jabón.

Por un lado entiendo a los ingenieros que han concebido este modelo de dirección de personas. Fueron educados así. Pertenecen casi todos al gremio de los universitarios que elaboran maravillosos edificios teóricos, muy coherentes e intelectualmente seductores, pero que empiezan todos por la misma premisa: “Supongamos que”.

Yo lo conocí cuando estaba en la facultad de economía. “Supongamos la ecuación de la demanda igual a” era de lo más popular. A partir de aquí, disponíamos de una caja de herramientas a hacer palidecer de envidia cualquier mecánico. No le faltaba ninguna, cogida de las matemáticas o de la física. Hacíamos malabarismo con el cálculo matricial y las ecuaciones diferenciales. Conseguíamos trazar curvas de evolución con precisión geométrica, predecir los comportamientos de los consumidores y cuadrar los números con cuatro decimales a cinco años vista. El único problema, es que nadie jamás ha sido capaz de determinar una ecuación de la demanda que corresponda a la realidad y la premisa era ilusoria.

Un día, uno de estos genios debió de proponer la idea siguiente: “supongamos que los trabajadores son un recurso como otro cualquiera de la empresa”. ¡Magnífico! A partir de aquí, se hacía posible gestionar las personas en base a los modelos ingenieriles que tan bien funcionan con los recursos materiales. ¡Menudo hallazgo! ! Las personas, su mente, sus sueños, sus habilidades, sus metas existenciales, han sido convertidas a números gracias a técnicas tan simplistas como complicadas.

Pueden en adelante ser sumadas, restadas, multiplicadas y divididas, representadas en gráficas e incorporadas a hojas de Excel. Cualquier software de ordenador se ve capaz de tomar decisiones sobre cómo manejar a la gente con eficacia científica. Desgraciadamente, las personas no caben en los números que supuestamente les representan y los resultados no han tardado a volverse contraproducentes.

La conclusión que sacan los “expertos” es que hay que esforzarse más en la aplicación de estos modelos y aplicarlos “sin estados de ánimo”. El enemigo es ahora la parte humana de las personas, la gran responsable del fracaso, y no se debe – insisten las Grandes Consultoras – desfallecer en la voluntad de despojarlas de esta parte tan molesta del Ser. Y claro, los resultados siguen empeorando, consolidando la espiral implosiva.

He bautizado este tipo de teoría “el síndrome de los vampiros”. No por chupa-sangre, sino porque, como los libros y películas de vampiros, constituyen una historia con una total coherencia interna, y un completo irrealismo externo.

Las historias de vampiros son todas muy acordes a las mismas premisas: inmortalidad, temor al agua bendita, poder vencedor de la cruz y ahuyentador del ajo, ausencia de reflejo en los espejos y claro, la estaca en el corazón como la única forma de destruirlos. Si en alguna película se matara a un vampiro con una bala de plata, todos los espectadores se pondrían a vociferar en contra de tal mentira, porque todo el mundo sabe que quienes mueren por una bala de plata, son los hombres lobos.

Y así es el modelo actual de dirección de personas: un montaje congruente consigo mismo, pero que no tiene en cuenta la realidad ni es capaz de moverse adecuadamente en ella. El mapa se ha convertido en el territorio, y cuando el mapa resulta falso, se decide que hay que cambiar el territorio a la fuerza.


[i] . Véase por ejemplo el documental “Inside Job”

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