Motivar o motivarse, esta es la cuestión

La pregunta frecuente: “ es o no es posible motivar a los demás” parece lanzada  a una palestra en la que se enfrentan, con fervor y pasión, los campeones de ambas tesis. El management es notoriamente cartesiano y sólo le gusta lo que es preciso e inequívoco, pero si trazamos con navaja las fronteras de la motivación, llegamos a una paradoja: “ es posible motivar a alguien” y “ es imposible motivar alguien”, son dos afirmaciones contradictorias que, extrañadamente, resultan ambas verdaderas.

Antes de desarrollarlo, me gustaría recalcar la ambigüedad del concepto. ¿Qué significa motivar? Literalmente, es dar motivos. Y ¿qué es la motivación? Desde un punto de vista psicológico, es “el conjunto de los factores que orientan dinámicamente un individuo hacia una meta determinada”.

Esto nos lleva a considerar motivado aquel cuyos objetivos reconocemos y admitimos. Sin embargo, cuando los objetivos de uno son de hacer el mínimo esfuerzos, deberíamos considerarlo motivado cuando no está haciendo nada; su motivación siendo el conjunto de los factores que lo empujan a no hacer nada. Pero como el objetivo del esfuerzo mínimo no está reconocido, ni laboral ni socialmente, resulta difícil el calificar el perezoso como motivado, aunque lo fuera a la pereza.

En el contexto industrial, vemos  motivado aquel cuyas metas coinciden con las de la empresa, es decir aquel que se esfuerza en realizar, en cantidad y calidad, el trabajo que le ha sido encargado. Si su objetivo no es el colaborar lo más posible a los de la empresa (o de su jerarquía), deducimos que no está motivado cuando resultaría más exacto concluir que está posiblemente motivado por otras cosas.

En la motivación psicológica intervienen,  ya lo hemos mencionado, tanto los factores como las metas. La pregunta es por tanto de saber si podemos tener influencia en uno cualquiera de estos dos elementos. Si la respuesta es negativa, entonces no es posible motivar a los demás. Si es positiva, tendremos que admitir que es, por lo menos en parte, posible.

Es momento de que volvamos a la navaja del principio y nos preguntemos si las demarcaciones entre influencia y no-influencia son realmente nítidas. ¿Son los factores que nos orientan hacia las metas exclusivamente endógenos? ¿Son estas mismas metas únicamente propias y totalmente independientes de nuestro entorno?

Somos, al menos en parte, lo que los demás hacen de nosotros. Todos somos un poco Galatea esculpida por Pigmalión. Si no fuera el caso, no seríamos más que robinsones salvajes aislados en una sociedad-selva. La mirada de los demás, las palabras que nos dirigen, sus actos, nos influyen en permanencia, que seamos conscientes de ello o no. Lo hacen de forma individual y más aún de forma colectiva. La presión de conformidad de un grupo puede ser muy poderosa, que sea en la familia o el trabajo. La cultura dominante de una sociedad nos moldea y condicionada nuestros comportamientos, cuya repetición afecta progresivamente a nuestros pensamientos más internos: “ quien siembra una acción cosecha una costumbre, quien siembra una costumbre cosecha un carácter”. No hay ni un solo psicólogo que se atrevería a pretender que somos insensibles a la influencia de los demás. Por lo contrario, ha sido demostrado que ni siquiera existe un observador neutral, porque su sola presencia, o el hecho mismo de sentirse observado, nos afecta y nos influye.

Entre la influencia absoluta y su ausencia categórica existe por tanto una amplia zona borrosa, con fronteras permeables, donde los dos extremos emulsionan.

Y ¿qué decir de nuestros objetivos si no que resultan anidados como matrioskas? Nuestros sueños nos pertenecen y son relativamente constantes, pero el camino hacia ellos está jalonado con sub-objetivos a más corto plazo, que surgen de nuestros encuentros y de las oportunidades que nos brindan el entorno y aquellos que nos rodean. Proponer metas aceptables que dan ganas de alcanzarlas es por tanto una forma de activar una motivación. La mera capacidad de saber convertirlos en aceptable es una habilidad que actúa en ella.

Así se ve contestada la pregunta anterior: los factores no son exclusivamente endógenos y las metas tampoco son totalmente independientes de nuestro entorno.

Sin embargo si trazamos fronteras limpias a la motivación, hemos de concluir que es imposible motivar a los demás. En efecto, ni sus sueños ni los medios para que los alcance están en nuestras manos. Resulta por tanto imposible imponer la motivación o inyectarla como con una jeringuilla.

Pero resulta igual de imposible afirmar que la motivación es exclusivamente personal. Parte de nuestras metas así como de los factores que nos acercan a ellas proviene del exterior. El entorno nos moldea; McGregor decía que los demás nos forjan. Por tanto las dos afirmaciones son verdaderas aunque contradictorias, porque en materia de motivación, operamos en lógica borrosa en un campo cuyas membranas porosas determinan una zona que es ni negra ni blanca, como siempre se da el caso cuando hablamos de psicología humana.

Debemos admitir por consiguiente que no podemos hacernos cargo de la motivación de nuestros colaboradores, de nuestros colegas o de nuestro superior jerárquico. Esta queda en su poder. Pero debemos igualmente admitir que somos parcialmente responsables de la misma porque actuamos sobre ella permanentemente.

Resulta extraño notar que estos mismos ejecutivos que niegan la posibilidad de actuar sobre la motivación de los demás declaran a veces a oídos amigos, lo más a menudo en momentos de descorazonamiento: “ es increíble ver hasta qué punto algunos pueden cortarnos todas las ganas”. ¿no es esto reconocer una influencia externa sobre la propia motivación?

En un equipo, todos – líder incluido – son corresponsables de la motivación de todos. Y a la vez, nadie puede escudarse en los demás para escabullirse de sus propias responsabilidades en su actitud.

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