Quid pro quo

He asistido a otra conferencia sobre dirigir personas en el siglo XXI. Otra conferencia sobre management del personal en la que el gurú de turno afirma detener la solución a la falta de productividad de los trabajadores. Otra conferencia en la que la solución consiste en exigir del personal que aporte valor a la empresa. Para eso proponen todo un catálogo de disposiciones que, bajo el disfraz de innovación, resultan al final ser un repintado de la triada: medición, palo, zanahoria.

Pedir al personal que aporte valor a la empresa es una transgresión por omisión, cómo cuando dices a un niño: tómate el Cola Cao y te harás más fuerte. ¿Más fuerte que qué, que quién? Falta un término a la ecuación. Una relación basada en “tú me aportas valor” y no contempla la otra parte es un balance al que le falta una columna, un saludo que recibes y no devuelves, una pareja de baile en la que uno se queda sentado.

Tal vez los managers piensen que al valor es a cambio de la nómina. Pues pensemos: ¿qué paga el salario? El trabajo. El dedicar ocho horas al día de la vida a ganársela. En muchos caso también, el salario – y se queda corto – debe compensar el aguantar un trabajo sin sentido, cuarenta horas semanales de órdenes incoherentes y humores del jefe, y a veces el sacrificio de la dignidad. El salario no paga el valor añadido.

Si la empresa quiera aportación de valor, la solución es bastante sencilla y un contable la puede entender fácilmente: llenar la otra columna del balance aportando valor al trabajador. Es lo que el modelo Fractal Teams llama reciprocidad y la economía un equilibrio. Quid pro quo.

Michel Henric-Coll

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