RR.HH. 2020

El letrero en la puerta marcaba “DIRECCIÓN DE RECURSOS HUMANOS – PROHIBIDO ENTRAR”.
Machado pasó la tarjeta por el lector de control y la puerta se desbloqueó con el característico clic metálico de las serraduras eléctricas.
Entramos en una sala de unos veinte metros cuadrados en la que destacaban tres pantallas de ordenador que estimé ser de treinta pulgadas y que, como lo iba a descubrir pronto, eran táctiles. En su lado derecho había un ordenador portátil, conectado a una pantalla fija más pequeña. A la izquierda, un panel de comando con unas veinte teclas y unos pocos interruptores estaba integrado en una ancha mesa de trabajo que parecía de cerezo.
Delante, un cómodo sillón de tipo directivo, tapizado de piel negra, con el respaldo lacado blanco adoptando una forma ovoide, pensado para proporcionar la máxima comodidad a quien lo ocupara.
Había poco mobiliario. Un par de armarios color cerezo, una pequeña nevera como la de las habitaciones de los hoteles y una mesa de servicios con una máquina Nespresso, tazas y un par de copas boca abajo.
En estos momentos, las pantallas mostraban el clásico salvapantalla, constituido por el logotipo de la empresa bailando y rebotando contra las equinas. Machado tocó la del medio y apareció como un gran cubo en 3 dimensiones. La cara visible estaba constituida de una multitud de cuadrados – debió de haber unos cien – de diferentes colores.

– Aquí están todos nuestros empleados, dijo Machado. Salvo los miembros del equipo directivo, claro.

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