Ene
23
Ene
23
Cambiar de modelo de management ya no se puede considerar una opción. Se ha convertido en una necesidad insalvable si queremos evitar el colapso de la economía y de la sociedad.
¿Es esto cierto, es esto posible?
Qué tiene que ver nuestro actual modelo de management con la crisis parece ser una pregunta razonable. ¿Acaso es este modelo de dirección de empresa el responsable de la crisis y replantearlo nos permitiría salir de ella y emprender el buen camino?
Digamos que es una parte del virus mutante que viene contaminando nuestra economía y sociedad desde unos treinta años y que ninguna recuperación resultará sostenible si no cambiamos el modelo de management y los fundamentos ideológicos que lo apoyan y subtienden.
En esta primera parte de mi artículo, os propongo un montaje video para introducir el tema.
(El video está en HD, por lo que podéis elegir esta definición y verlo a pantalla completa).
Nov
9

Estaba hablando recientemente con Pablo[1] y le comentaba que el obstinado enfoque de las empresas en bajar los costes era un tiro que les iba a salir por la culata y tornarse pronto contrario a lo esperado.
Pablo, en seguidor escrupuloso de la escuela de las finanzas, me replica: “Estás equivocado, Michel. Te lo voy a explicar y verás que lo vas a entender”.
Me encanta cuando me hablan así. Significa con otras palabras; eres un burro pero explico tan bien que hasta tú puedes enterarte. Continuó:
- Si el propósito es subir los beneficios, y lo es, entonces reducir los costes siempre los subirá.
- No es así, Pablo.
- ¡Hombre, si! Te lo demuestro. Los beneficios son lo que te queda de los ingresos tras deducirles los costes. O sea: B = I – C. Y cuanto menor sea C, mayor será B. Es matemática de parvulario.
- Bueno, no me atrevería a calificar tus mates de parvulario, pero no dejan de ser algo de primario. Permíteme usar la misma ecuación en otro ejemplo. Sea G tu nivel de gordura, C lo que comes y D lo que defecas. Entonces G = C – D, lo cual significa que para adelgazar, basta con defecar más de lo que se come.
- ¡Vaya! Tu ejemplo me parece muy nauseabundo, Michel.
- Posiblemente, pero a pesar del olor, queda claro. La solución contra el sobrepeso es barata: defecar más de lo que se come.
- Esto es absurdo. No se puede defecar más de lo que se come, por lo menos no más de dos o tres días.
- ¿Por qué?
- Sencillamente porque lo que defecas es función de lo que comes.
- Lo has dicho bien. Las variables no son independientes, sino que una es función de la otra, y lo mismo ocurre en tu ecuación de beneficios. Los ingresos son función de lo que gastas y de cómo lo gastas. Y salvo en el parvulario, no se puede decir nada sobre la tendencia de la ecuación B = I – C cuando C varía. Parte de los costes son superfluos, todos lo sabemos, pero la mayor parte de ellos son necesarios y una parte importante de ellos afecta a los ingresos, por lo menos a plazo. Lo que perjudica a las inversiones y de manera general a la satisfacción del cliente perjudicará a los beneficios pasado un tiempo. Es el caso de la formación del personal y de todas las reducciones que afectan negativamente a la motivación. A corto plazo parece funcionar, pero a medio es contraproducente.
- Como el comer y defecar.
- Eso es. Me alegro que lo hayas entendido.
Crédito foto: © Edgar Monkey – Fotolia.com
Mar
21
Si os declaro: “La misión de las empresas es aportar valor a la sociedad”, levantad la mano los que os lo vais a creer a bote pronto. Y sin embargo…
Llevamos décadas contaminados por el pensamiento de gente como Milton Friedman (premio Nobel en economía y suspendido estrepitosamente en ética) que se resume en una frase suya: “los directivos que no velan exclusivamente por el máximo beneficio para los accionistas están siendo inmorales”.
Su discurso sirve de ingrediente base a todas las teorías cocinadas y servidas desde entonces en las escuelas de negocio, masters en RR.HH. incluidos.
La misión de las empresas es aportar valor a la sociedad, declaraba en introducción, y sin embargo es de casi aceptación universal la idea de que el OBJETIVO PRINCIPAL de las empresas son sus beneficios. Pero es una falacia. Es una afirmación vacía de argumento, pero tan contundente como sota, caballo y rey, lo que le confiere la fuerza de las certezas que nunca llegamos a replantearnos. Y ¿por qué hacerlo? si la evidencia es tanta. Pues, ¡parémonos y pensemos!
Los defensores de la idea declaran que si las empresas no producen beneficios, mueren. ¡Es cierto!
Pero ‘sacar el máximo beneficio’ y ’conseguir beneficios’ no son expresiones equivalentes. Conseguir la mayor cantidad de beneficios significa que hay que anteponerlos a cualquier otro valor, sea humano, social o estratégico. La alternativa a conseguir la mayor cantidad de beneficio NO es tener pérdidas. Y esto implica sencilla y llanamente que la necesidad de conseguir beneficios no justifica en absoluto cualquier tipo de comportamiento o decisión que permita maximizarlos.
Permitidme una comparación: ¿estamos de acuerdo que si el hombre no come ni bebe, muere? (y mucho más de prisa que quiebra una empresa). Significa esto que su objetivo principal sea beber todo lo que pueda y comer todo lo que le quepa? Si lo hiciera, perjudicaría seriamente su salud y su longevidad.
Otros preguntan enfáticamente: “¿tú invertirías tu dinero si no fueras a sacar beneficios?”. Otra vez la misma confusión con el significado de ‘máximo’. Claro que no, si supiera que fuera a tener pérdidas, no lo haría. Pero devuelvo la pregunta a sus autores: ¿tú matarías (discretamente) a tus clientes o empleados si con ello fueras a ganar más dinero al final del año? Si no estás dispuesto a ello, entonces tú tampoco consideras que el beneficio es la prioridad absoluta, ya nos vamos entendiendo. Pero si tu respuesta es: sí, lo haría, entonces no vales más que Al Capone. No es excusa el que las empresas no son una ONG para actuar como un mafioso.
El desarrollo de la sociedad sólo es posible gracias a las riquezas producidas por las empresas. Todos vivimos de la venta de algo. Por esta razón, la sociedad necesita las empresas. Del mismo modo: sin la sociedad y quienes la conforman, las empresas no pueden existir. No hay ninguna empresa en la Luna, porque no hay ninguna sociedad allí.
El crecimiento de las empresas debe tanto al de la sociedad como es cierta la inversa. Se trata de una simbiosis. Por consiguiente, la obligación de las empresas es tanto velar por el crecimiento de la sociedad como la del productor de huevos es cuidar de sus gallinas.
Al anteponer el beneficio de los accionistas a cualquier otra prioridad (y esto es lo que significa realmente ‘objetivo principal’), las empresas extraen riquezas de la sociedad y las encauzan hacia unos pocos que no las redistribuyen ni colaboran al desarrollo general (sino todo lo contrario). Estas riquezas sólo les servirán para extraer más en una espiral bulímica sin fin. Para que me entendáis: en el cuerpo humano, todos los órganos son consumidores de energía, sí, pero cada uno contribuye a la mayor salud del cuerpo. Si se nos agarran unas sanguijuelas, también succionarán sangre y energía, pero no aportarán nada a cambio. Son parásitos, y las empresas que quieren los máximos beneficios para sus accionistas son esto: parásitos, porque sustraen sin contrapartida. Máximo significa lo más posible, y cuando se presenta la alternativa entre ganar más perjudicando, o ganar menos sin perjudicar, siempre se elige la primera. Por eso son parásitos y amenazan seriamente la supervivencia del huésped.
La misión de las empresas es aportar valor a la sociedad, y cuando lo hacen bien, consiguen beneficios. Si lo hacen muy bien, consiguen más beneficios. Si lo hacen mejor, consiguen muchos beneficios. Pero los beneficios nunca deben ser la causa so pena de desbaratar todo el sistema. Los beneficios no son la causa, son el resultado. Sin embargo se nos está llenando la cabeza de teorías engañosas, por egoísmo y visión cortoplacista. Teorías de dictador de república bananera. El deber de los directivos es velar por la continuidad del sistema que les permite existir, no arruinarlo en beneficio propio. Pero como dijo George Bernard Shaw, “cuando un hombre estúpido hace algo vergonzoso, siempre dice que cumple con su deber”.
Mar
5
La “Crisis” no es el resultado de un accidente cósmico. No se nos ha caído ningún meteorito gigante. Tampoco es consecuencia de algún desastre natural. No ha reventado ningún volcán de caldera ni se han fracturadas grandes fallas telúricas. No busquemos tampoco las razones en alguna pandemia vírica incontrolable. No.
La crisis es consecuencia de comportamientos, decisiones y voluntades innegablemente humanas. Pues por humanos ha sido provocada, bien por incompetencia o por una manipulación tan egoísta como destructora del conocimiento, de las leyes y de los valores morales.
De hecho, la alternativa es muy sencilla: o se han equivocado estrepitosamente, o nos han engañado descaradamente.
Aunque podría haber un poco de ambas cosas: gente que engatusa y gente embaucada, que colabora a la gigantesca estafa sin siquiera ser consciente de ello.
Sea cual fuera la causa, malversación o incompetencia, una conclusión se impone: no podemos confiar en ninguno de los que nos han llevado a esta situación. Avisados, los que siguen confiando candorosamente se convierten ahora en secuaces.
Sin pretender que conviene rechazar todo en bloque sin discriminar el grano de la paja, sí que recomiendo manifestar a priori una sospecha explícita y categórica respecto a todo y todos aquellos que tuvieron poder, difundieron conjeturas o utilizaron su influencia durante la época anterior a la crisis.
Opino que es de una inconcebible ingenuidad, cuando no de una vergonzosa connivencia, el seguir fiel a las teorías profesadas – desde que las defendió el amoral Milton Friedman – por las Escuelas de Negocio, a las doctrinas tecnocráticas del management – en particular a todo lo que concierne a la dirección de personas – y a los modelos financieros de gestión de la economía.
Hay que reconocerlo en voz alta y clara: los modelos que nos vienen ‘vendiendo’ en las tres últimas décadas, y se han visto reforzados conforme aumentaba la codicia y las prisas en hacer fortuna, son un fracaso.
Muchos han sido los que han conseguido prestigio y dinero con este montaje de strass y cartón piedra, y su ambición es seguir aprovechando la situación de desamparo colectivo para mejorar aún la suya. No importa que sea porque siguen creyendo en falsas profecías o por ser embaucadores, hay que rechazar su apostolado.
De ahora en adelante, aquellos que siguen predicando los antiguos dogmas, aquellos que les escuchan cándidamente, o que servilmente difunden sus mensajes, son cómplices bien por activa o por pasiva de la situación.
La “crisis” tiene causas humanas. Si no cambian los modelos, los valores y por tanto no cambiamos de catequistas, una vez rellenadas las arcas gracias al trabajo y esfuerzos de la sociedad, volverá la crisis, hasta que el paciente se muera de las sangrías.
“No se puede solucionar un problema aplicando la misma forma de pensar que lo ha creado”, dijo Einstein.
Piensa, reconsidera, y ¡Exige cambios!
Ene
13
Lo más problemático no es la situación actual de España, ni siquiera el actual número de parados. Lo más preocupante es el dramático retraso que nos estamos preparando con ingenio respecto a la competencia exterior.
Para cuando vuelva a salir el sol de entre las nubes (algo que siempre termina haciendo), dispondremos de tropas desnudas y desarmadas, desmotivadas, habiendo perdido toda confianza en las empresas nacionales y con una preparación profesional obsoleta.
Como los coches de Formula 1 – a la salida de una curva estrecha y apretada en la que parecían todos amontonados – aumentan distancias hasta perderse de vista, perderemos de vista a las empresas de los países que han sabido mantener a su personal en condición durante la crisis y aprovechar el invierno económico para entrenar y preparar la primavera.
Nosotros habremos reducido gastos. Todos. Los superfluos, los necesarios y los imprescindibles. Nos habremos quedado tres o más años sin formación, sin reciclaje, sin preparación a los cambios estructurales y culturales que acompañan siempre a las crisis. Habremos demostrado a los trabajadores que no son importantes, a pesar de lo que declaran los discursos populistas.
Pero tarde o temprano los mercados saldrán del letargo. Aquí, tendremos que tocar precipitadamente con la corneta la señal de a formar para reclutar en urgencia empleados quemados y desilusionados, y podremos quedar satisfechos con tal que se acuerden de como se hacía la o con un canuto.
Cuando despeje la oscura niebla y amanezca en la sabana de la economía global, despertaremos anquilosados y aturdidos para descubrir a nuestros competidores bien colocados en los tacos de salida y algunos terminando la primera vuelta ya.
No, lo más preocupante no es la situación actual de España, es la que nos espera.
Michel Henric-Coll
Ene
3
Hay dos formas diferentes de considerar los objetivos de una empresa, dos perspectivas que llevan a dos consecuencias opuestas. Una es fragmentista(1) – la que están enseñando en las Escuelas de Negocio – y la otra sistémica. La primera nos puede llevar a la ruina, la segunda requiere un cambio drástico en la manera de pensar el management.
La visión fragmentista considera cada empresa como una entidad desvinculada del conjunto, que puede legítimamente generar riquezas para sus accionistas de forma ilimitada sin tener en cuenta consecuencias globales. Ve la Economía de la misma forma en que se han considerado los recursos naturales del planeta: como si fuesen inextinguibles e independientes del uso que se les hace.
Del mismo modo que los océanos nos parecían tan gigantescos que echarles nuestros cubos de basura no terminaría nunca contaminándolos, o que los recursos del suelo seguirían inagotables, se está pensando que la Economía es independiente de cómo se la trata. Se ven a las empresas como organismos disociados que pueden consumir riquezas reales (las industriales) a cambio de generar riquezas ficticias (las especulativas) sin jamás llegar a agotar el pastel. Es el sofisma del calvo, del que he hablado en otro artículo. Con esta visión, parece bastante sensato ver a las empresas como medios para succionar la mayor cantidad de riqueza posible a favor de sus propietarios.
La visión sistémica amplia el horizonte y considera que todo está interrelacionado con todo. Cada empresa puede reportar beneficios a sus inversores porque el conjunto de las empresas crea riquezas para el conjunto de la economía. Sin embargo, las riquezas industriales revierten en la sociedad y las financieras: no. Los beneficios de la especulación financiera sólo existen en función del valor subjetivo que el resto de protagonistas de la Economía atribuye a los bienes. En el mercadillo de la compra-venta de acciones, una empresa sólo vale en función del beneficio que se espera sacar de la venta de sus acciones. Esta esperanza suele descansar en criterios ficticios, desvinculados de la realidad industrial.
Los especuladores tienen todos en común que no les importan las consecuencias sobre el bien común y que cuentan con que siempre existirá la suficiente cantidad de gente dispuestas a tapar los huecos que ellos crean, de tal modo que podrán continuar a vivir de su juego.
Pueden así seguir creando valor ficticio – convertible en moneda real para ellos – mientras que el resto de participantes económicos garantiza el valor. Pero cuando la cantidad de especuladores financieros sobrepasa cierto umbral, la burbuja explota y es toda la comunidad económica que sufre las consecuencias.
En una visión fragmentista, parece sensato comprender y admitir que el principal objetivo de una empresa sea proporcionar los máximos beneficios a los inversores, pero viendo el sistema en su conjunto, esto no es sostenible, por lo que el primer objetivo de las empresas debería ser mantener una economía próspera y floreciente, porque es la única manera para que los accionistas puedan seguir alimentándose con los huevos sin matar a las gallinas.
Es dentro de este objetivo principal que los accionistas pueden pretender sacar un rendimiento óptimo de sus inversiones. En este orden, y no al revés.
Los supuestos gurús del management, siguiendo Milton Friedman y consortes, han exaltado la idea de que el único comportamiento moral de las empresas es hacer la fortuna de sus accionistas. Es hora de entender que son posturas insostenibles y que empresas, trabajadores, consumidores y riquezas forman un sistema totalmente interdependiente cuya preservación requiere un planteamiento substancialmente ecológico si no queremos que la codicia rompa el saco.
Mhc
(1) Neologismo que pretende expresar la voluntad deliberada de fragmentar y disociar, ignorando la interdependencia de las partes con el todo y del todo con las partes.