Ene
23
Ene
23
Cambiar de modelo de management ya no se puede considerar una opción. Se ha convertido en una necesidad insalvable si queremos evitar el colapso de la economía y de la sociedad.
¿Es esto cierto, es esto posible?
Qué tiene que ver nuestro actual modelo de management con la crisis parece ser una pregunta razonable. ¿Acaso es este modelo de dirección de empresa el responsable de la crisis y replantearlo nos permitiría salir de ella y emprender el buen camino?
Digamos que es una parte del virus mutante que viene contaminando nuestra economía y sociedad desde unos treinta años y que ninguna recuperación resultará sostenible si no cambiamos el modelo de management y los fundamentos ideológicos que lo apoyan y subtienden.
En esta primera parte de mi artículo, os propongo un montaje video para introducir el tema.
(El video está en HD, por lo que podéis elegir esta definición y verlo a pantalla completa).
Dic
6

No sé si te acordarás de mí porque hace muchos años que he dejado de escribirte, pero soy el niño que te canjeaba promesas solemnes contra barras de chocolate.
Vuelvo a ti no en nombre propio sino pidiendo para los managers, solitarios y desbrujulados en las torres de poder en las que se han aislado y amurallado.
Mi primera intención era pedirte que dejaras en sus zapatos de Crockett & Jones y sus calcetines Hugo Boss algo de humanidad. Han leído los libros equivocados, escuchado a los falsos profetas y como unos nuevos faustos, han vendido el alma a cambio de Riqueza y Poder. Sí, algo de humanidad es lo que les falta, olvidadizos de que el Hombre es la causa y la meta de toda sociedad humana.
Pero cambié de deseo cuando pensé que la humanidad es algo que cada uno ha de descubrir dentro de sí mismo, no algo que se pueda injertar desde fuera.
Por tanto, vengo con esta carta pedirte para ellos, como regalo de Navidad, conciencia y lucidez.
Conciencia para que dejen de escudarse detrás de La Doctrina para justificar sus comportamientos destructivos y misántropos; lucidez para saber distinguir entre valores ficticios y valores reales.
Que sean capaces de replantear cánones que han demostrado ser malignos, que se acuerden de que quien no tiene valores no tiene valor, y que la próxima cabeza que corte el Califa será la del Visir cuando deje de serle útil.
Conciencia para entender que el mundo no es “como es” sino como cada uno contribuye a hacerlo, y lucidez para desenmascarar a los vendedores de ilusión. En la tienda del diablo, que describe muy bien Stephen King, cada uno se condena para satisfacer sus debilidades y vicios más inmediatos.
Agradecido por tu ayuda se despide el niño que, como imaginas, nunca ha dejado de comer chocolate.
Michel
Nov
22

El management construye un mundo ficticio, y se extraña de que los hechos, obstinadamente, le den la espalda.
Según la filosofía, la realidad es una construcción personal, un mapa que permite orientarnos. Pero independientemente de si la realidad es real(1), o si la hemos construido, es el mundo en el que nos toca vivir todos juntos. Por lo que más vale que tengamos todos el mismo mapa.
Y el que construye el management corresponde a otro planeta. Aquí, resulta falso.
El management representa el mundo en números. Pretende, equivocadamente, que lo que no se mide no se puede gestionar(2). No obstante, el mundo no es todo medible. Toda medición de lo inconmensurable nos proporciona una representación truncada. Distorsiona los hechos, despojándolos de su significado, amputándolos de una de sus dimensiones. Convierte una esfera en un círculo y los humanos en siluetas de sombras chinescas.
Las 4 dimensiones de la humanidad
A parte de las tres dimensiones del espacio, los seres humanos tenemos una dimensión espiritual. Las tres primeras son medibles, la cuarta no. Cuando se representa el ser humano con mediciones, se le amputa de la 4ª dimensión, es un mapa falso.
La dimensión espiritual (que no religiosa) es el Sentido de la Vida, la adhesión social, la pertenencia holística a una entidad superior: familia, equipo, empresa, nacionalidad, humanidad.
Esta dimensión no es medible pero es la que nos diferencia de las piedras, de las plantas y probablemente del resto de los animales. Cualquier modelo de management que no integre la cuarta dimensión se mueve en un universo ficticio.
Como tiene poder, se esfuerza en que todos los hombres que trabajan para él quepan en el patrón que ha construido. Con el poder suficiente puede pagar la deshumanización de su personal, peo al mismo tiempo tiene que asumir las consecuencias: ni las piedras ni los robots lloran pero tampoco se motivan, se identifican, luchan por ideales empresariales, ni mojan ninguna camiseta.
Los managers se pretenden racionales y son incoherentes. Deshumanizan a los trabajadores y, a la vez, les exigen cualidades exclusivamente humanas de implicación emocional e identificación con sus ideales. Atan grilletes a sus tobillos y exigen que corran.
Las empresas tienen los trabajadores que los teóricos del management han fabricado. Ni más, ni menos.
El management es un edificio construido sobre arena y que se tambalea, y como solución, sus gurús proponen redecorar los pisos. No es la decoración que falla sino los cimientos. Cuando se ha dejado la responsabilidad de la dirección de las empresas a las mentes de corte ingenieril y financiero, se la ha mutilado. O se vuelve a integrar la 4ª dimensión como componente esencial del management, o nos hundiremos en las arenas.
(1) “¿Es real la realidad?. Paul Watzlawick. ISBN 9788425410826
(2) ver mi libro Las falacias del tecnomanagement, o en mi web AQUI.
Nov
9

Estaba hablando recientemente con Pablo[1] y le comentaba que el obstinado enfoque de las empresas en bajar los costes era un tiro que les iba a salir por la culata y tornarse pronto contrario a lo esperado.
Pablo, en seguidor escrupuloso de la escuela de las finanzas, me replica: “Estás equivocado, Michel. Te lo voy a explicar y verás que lo vas a entender”.
Me encanta cuando me hablan así. Significa con otras palabras; eres un burro pero explico tan bien que hasta tú puedes enterarte. Continuó:
- Si el propósito es subir los beneficios, y lo es, entonces reducir los costes siempre los subirá.
- No es así, Pablo.
- ¡Hombre, si! Te lo demuestro. Los beneficios son lo que te queda de los ingresos tras deducirles los costes. O sea: B = I – C. Y cuanto menor sea C, mayor será B. Es matemática de parvulario.
- Bueno, no me atrevería a calificar tus mates de parvulario, pero no dejan de ser algo de primario. Permíteme usar la misma ecuación en otro ejemplo. Sea G tu nivel de gordura, C lo que comes y D lo que defecas. Entonces G = C – D, lo cual significa que para adelgazar, basta con defecar más de lo que se come.
- ¡Vaya! Tu ejemplo me parece muy nauseabundo, Michel.
- Posiblemente, pero a pesar del olor, queda claro. La solución contra el sobrepeso es barata: defecar más de lo que se come.
- Esto es absurdo. No se puede defecar más de lo que se come, por lo menos no más de dos o tres días.
- ¿Por qué?
- Sencillamente porque lo que defecas es función de lo que comes.
- Lo has dicho bien. Las variables no son independientes, sino que una es función de la otra, y lo mismo ocurre en tu ecuación de beneficios. Los ingresos son función de lo que gastas y de cómo lo gastas. Y salvo en el parvulario, no se puede decir nada sobre la tendencia de la ecuación B = I – C cuando C varía. Parte de los costes son superfluos, todos lo sabemos, pero la mayor parte de ellos son necesarios y una parte importante de ellos afecta a los ingresos, por lo menos a plazo. Lo que perjudica a las inversiones y de manera general a la satisfacción del cliente perjudicará a los beneficios pasado un tiempo. Es el caso de la formación del personal y de todas las reducciones que afectan negativamente a la motivación. A corto plazo parece funcionar, pero a medio es contraproducente.
- Como el comer y defecar.
- Eso es. Me alegro que lo hayas entendido.
Crédito foto: © Edgar Monkey – Fotolia.com
Jun
21
José Antonio Marina escribe en ‘La inteligencia fracasada’*: “El fracaso de la inteligencia aparece cuando alguien se empeña en negar una evidencia, cuando nada puede apearle del burro, cuando una creencia resulta invulnerable a la crítica o a los hechos que la contradicen, cuando no se aprende de la experiencia, cuando se convierte en un módulo encapsulado“.
Me parece legítimo preguntarnos si los teóricos del management (y aquellos que defienden sus teorías) no están mostrando una inteligencia fracasada, porque parecen invulnerables a toda crítica y, en particular, a los hechos que contradicen sus doctrinas. Ya sabe: cuando los hechos contradicen la teoría: mala suerte para los hechos.
Todas las investigaciones y encuestas sobre motivación, implicación, productividad, identificación del personal con la empresa indican una tendencia marcada al empeoramiento, tendencia que, a su vez, se está acelerando. Todas las encuestas coinciden en que apenas un empleado sobre cinco admite dar todo lo que podría; la gran mayoría de las empresas y de los directivos se quejan de una colaboración y aportación insuficiente del personal a los fines de la compañía y la sociedad asume crecientes costes por daños psicosociales y falta de productividad. Encontramos no obstante, y en la misma proporción que esta insatisfacción, una tremenda obstinación en seguir por los mismos cauces, e inclusive reforzarlos.
Desde luego, son pocos los masters o cursos post grado que no utilizan la palabra “innovador” para calificar sus programas de gestión de (los llamados) Recursos Humanos. El pretexto para que les consideren así se debe a la introducción de alguna asignatura sobre redes sociales y de supuestos nuevos modelos desarrollados por alguna consultora prestigiosa (que ha conseguido su prestigio llevándonos a la pésima situación actual). Valgo como ejemplo: ‘la dirección por la felicidad’, ‘la gestión del talento’ o la ‘remuneración por competencias’. Pero ¿qué hay debajo de estas etiquetas? ¿Qué cubren realmente estos nuevos trajes? ¿Qué entienden por alinear los Recursos Humanos con las estrategias de la empresa? Sencillamente: más de lo mismo.
Las supuestas innovaciones siguen basadas en valores obsoletos: el centralismo de las decisiones, del poder y del control, en objetivos y valoraciones individuales, en dirección por tareas en lugar de por misiones, en la competitividad interna como palanca (errada) de productividad y en la sobrevaloración sistemática de la responsabilidad individual del empleado con respecto a su situación (y en particular la creada por el propio management).
Giuseppe Tomasi di Lampedusa, en su obra El gatopardo*, acuño la frase paradójica: “Es necesario que algo cambie si queremos que todo siga como está”. En política se suele llamar “lampedusiano” al seudoreformista que propone modificar la parte más aparente de las estructuras para que nada cambie realmente en lo fundamental. Cabe la pregunta: ¿no se habrá vuelto el management muy lampedusiano?
Las teorías oficiales del management se están esmerando, me consta, en hacer mejor las cosas y en utilizar herramientas más sofisticadas para hacerlas. El grave problema es que están haciendo mejor las cosas erróneas, lo que amplifica los defectos. Más valdría hacer medianamente bien las cosas adecuadas que esforzarse tanto en hacer perfectamente las cosas equivocadas.
Son los pilares mismos del modelo de management lo que hay que replantear. Debe renunciar a los fundamentos tayloristas y weberianos para construir una organización sistémica basada en la distribución de autonomía, en el desarrollo del talento colectivo, en la colaboración en lugar de la rivalidad. Debe poner las personas arriba de los procesos, dirigir por misiones y no por tareas ni por objetivos individuales, comprender que la reciprocidad empresa – trabajadores es imprescindible en la implicación de los mismos. El management debe humanizar la empresa en lugar de mecanizar a las personas.
¿Será el management capaz de quitarse la cinta que le tapa ojos y oídos? ¿Podrá mostrar algo de inteligencia triunfadora?
*ISBN: 8433962175
May
26

El letrero en la puerta marcaba “DIRECCIÓN DE RECURSOS HUMANOS – PROHIBIDO ENTRAR”.
Machado pasó la tarjeta por el lector de control y la puerta se desbloqueó con el característico clic metálico de las serraduras eléctricas.
Entramos en una sala de unos veinte metros cuadrados en la que destacaban tres pantallas de ordenador que estimé ser de treinta pulgadas y que, como lo iba a descubrir pronto, eran táctiles. En su lado derecho había un ordenador portátil, conectado a una pantalla fija más pequeña. A la izquierda, un panel de comando con unas veinte teclas y unos pocos interruptores estaba integrado en una ancha mesa de trabajo que parecía de cerezo.
Delante, un cómodo sillón de tipo directivo, tapizado de piel negra, con el respaldo lacado blanco adoptando una forma ovoide, pensado para proporcionar la máxima comodidad a quien lo ocupara.
Había poco mobiliario. Un par de armarios color cerezo, una pequeña nevera como la de las habitaciones de los hoteles y una mesa de servicios con una máquina Nespresso, tazas y un par de copas boca abajo.
En estos momentos, las pantallas mostraban el clásico salvapantalla, constituido por el logotipo de la empresa bailando y rebotando contra las equinas. Machado tocó la del medio y apareció como un gran cubo en 3 dimensiones. La cara visible estaba constituida de una multitud de cuadrados – debió de haber unos cien – de diferentes colores.
- Aquí están todos nuestros empleados, dijo Machado. Salvo los miembros del equipo directivo, claro.
Ene
13
Lo más problemático no es la situación actual de España, ni siquiera el actual número de parados. Lo más preocupante es el dramático retraso que nos estamos preparando con ingenio respecto a la competencia exterior.
Para cuando vuelva a salir el sol de entre las nubes (algo que siempre termina haciendo), dispondremos de tropas desnudas y desarmadas, desmotivadas, habiendo perdido toda confianza en las empresas nacionales y con una preparación profesional obsoleta.
Como los coches de Formula 1 – a la salida de una curva estrecha y apretada en la que parecían todos amontonados – aumentan distancias hasta perderse de vista, perderemos de vista a las empresas de los países que han sabido mantener a su personal en condición durante la crisis y aprovechar el invierno económico para entrenar y preparar la primavera.
Nosotros habremos reducido gastos. Todos. Los superfluos, los necesarios y los imprescindibles. Nos habremos quedado tres o más años sin formación, sin reciclaje, sin preparación a los cambios estructurales y culturales que acompañan siempre a las crisis. Habremos demostrado a los trabajadores que no son importantes, a pesar de lo que declaran los discursos populistas.
Pero tarde o temprano los mercados saldrán del letargo. Aquí, tendremos que tocar precipitadamente con la corneta la señal de a formar para reclutar en urgencia empleados quemados y desilusionados, y podremos quedar satisfechos con tal que se acuerden de como se hacía la o con un canuto.
Cuando despeje la oscura niebla y amanezca en la sabana de la economía global, despertaremos anquilosados y aturdidos para descubrir a nuestros competidores bien colocados en los tacos de salida y algunos terminando la primera vuelta ya.
No, lo más preocupante no es la situación actual de España, es la que nos espera.
Michel Henric-Coll