Ene
23
Ene
23
Cambiar de modelo de management ya no se puede considerar una opción. Se ha convertido en una necesidad insalvable si queremos evitar el colapso de la economía y de la sociedad.
¿Es esto cierto, es esto posible?
Qué tiene que ver nuestro actual modelo de management con la crisis parece ser una pregunta razonable. ¿Acaso es este modelo de dirección de empresa el responsable de la crisis y replantearlo nos permitiría salir de ella y emprender el buen camino?
Digamos que es una parte del virus mutante que viene contaminando nuestra economía y sociedad desde unos treinta años y que ninguna recuperación resultará sostenible si no cambiamos el modelo de management y los fundamentos ideológicos que lo apoyan y subtienden.
En esta primera parte de mi artículo, os propongo un montaje video para introducir el tema.
(El video está en HD, por lo que podéis elegir esta definición y verlo a pantalla completa).
Dic
6

No sé si te acordarás de mí porque hace muchos años que he dejado de escribirte, pero soy el niño que te canjeaba promesas solemnes contra barras de chocolate.
Vuelvo a ti no en nombre propio sino pidiendo para los managers, solitarios y desbrujulados en las torres de poder en las que se han aislado y amurallado.
Mi primera intención era pedirte que dejaras en sus zapatos de Crockett & Jones y sus calcetines Hugo Boss algo de humanidad. Han leído los libros equivocados, escuchado a los falsos profetas y como unos nuevos faustos, han vendido el alma a cambio de Riqueza y Poder. Sí, algo de humanidad es lo que les falta, olvidadizos de que el Hombre es la causa y la meta de toda sociedad humana.
Pero cambié de deseo cuando pensé que la humanidad es algo que cada uno ha de descubrir dentro de sí mismo, no algo que se pueda injertar desde fuera.
Por tanto, vengo con esta carta pedirte para ellos, como regalo de Navidad, conciencia y lucidez.
Conciencia para que dejen de escudarse detrás de La Doctrina para justificar sus comportamientos destructivos y misántropos; lucidez para saber distinguir entre valores ficticios y valores reales.
Que sean capaces de replantear cánones que han demostrado ser malignos, que se acuerden de que quien no tiene valores no tiene valor, y que la próxima cabeza que corte el Califa será la del Visir cuando deje de serle útil.
Conciencia para entender que el mundo no es “como es” sino como cada uno contribuye a hacerlo, y lucidez para desenmascarar a los vendedores de ilusión. En la tienda del diablo, que describe muy bien Stephen King, cada uno se condena para satisfacer sus debilidades y vicios más inmediatos.
Agradecido por tu ayuda se despide el niño que, como imaginas, nunca ha dejado de comer chocolate.
Michel
Nov
22

El management construye un mundo ficticio, y se extraña de que los hechos, obstinadamente, le den la espalda.
Según la filosofía, la realidad es una construcción personal, un mapa que permite orientarnos. Pero independientemente de si la realidad es real(1), o si la hemos construido, es el mundo en el que nos toca vivir todos juntos. Por lo que más vale que tengamos todos el mismo mapa.
Y el que construye el management corresponde a otro planeta. Aquí, resulta falso.
El management representa el mundo en números. Pretende, equivocadamente, que lo que no se mide no se puede gestionar(2). No obstante, el mundo no es todo medible. Toda medición de lo inconmensurable nos proporciona una representación truncada. Distorsiona los hechos, despojándolos de su significado, amputándolos de una de sus dimensiones. Convierte una esfera en un círculo y los humanos en siluetas de sombras chinescas.
Las 4 dimensiones de la humanidad
A parte de las tres dimensiones del espacio, los seres humanos tenemos una dimensión espiritual. Las tres primeras son medibles, la cuarta no. Cuando se representa el ser humano con mediciones, se le amputa de la 4ª dimensión, es un mapa falso.
La dimensión espiritual (que no religiosa) es el Sentido de la Vida, la adhesión social, la pertenencia holística a una entidad superior: familia, equipo, empresa, nacionalidad, humanidad.
Esta dimensión no es medible pero es la que nos diferencia de las piedras, de las plantas y probablemente del resto de los animales. Cualquier modelo de management que no integre la cuarta dimensión se mueve en un universo ficticio.
Como tiene poder, se esfuerza en que todos los hombres que trabajan para él quepan en el patrón que ha construido. Con el poder suficiente puede pagar la deshumanización de su personal, peo al mismo tiempo tiene que asumir las consecuencias: ni las piedras ni los robots lloran pero tampoco se motivan, se identifican, luchan por ideales empresariales, ni mojan ninguna camiseta.
Los managers se pretenden racionales y son incoherentes. Deshumanizan a los trabajadores y, a la vez, les exigen cualidades exclusivamente humanas de implicación emocional e identificación con sus ideales. Atan grilletes a sus tobillos y exigen que corran.
Las empresas tienen los trabajadores que los teóricos del management han fabricado. Ni más, ni menos.
El management es un edificio construido sobre arena y que se tambalea, y como solución, sus gurús proponen redecorar los pisos. No es la decoración que falla sino los cimientos. Cuando se ha dejado la responsabilidad de la dirección de las empresas a las mentes de corte ingenieril y financiero, se la ha mutilado. O se vuelve a integrar la 4ª dimensión como componente esencial del management, o nos hundiremos en las arenas.
(1) “¿Es real la realidad?. Paul Watzlawick. ISBN 9788425410826
(2) ver mi libro Las falacias del tecnomanagement, o en mi web AQUI.
Sep
5
La declaración de moda en los círculos del management, es que es preciso alinear los RRHH con las estrategias del negocio.
¿A qué se refieren con “estrategias del negocio”? Porque si – como considero correcto – las estrategias de RRHH forman parte de las estrategias del negocio, entonces la frase me parece tan recursiva como decir que una matrioska es una muñeca que contiene una matrioska.
En realidad, todas las estrategias deben estar alineadas entre sí. Todo cóctel de políticas requiere armonía y equilibrio entre los componentes. La de RRHH ha de estar alineada con las demás estrategias del negocio en la misma proporción que aquellas deben estarlo con ella.
Si no lo vemos así, es que entendemos alineada en el sentido de supeditada y queremos decir que la dirección de personas ha de estar subordinada a estrategias del negocio de la que no se considera formar parte. Esto, a parte de una mala recomendación, es una exhortación peligrosa.
Mala porque pretende extraer RRHH del conjunto estratégico para confinarlo en un nivel meramente operativo: el personal ejecuta, inclusive a nivel supuestamente directivo. Mala también porque, al eliminar la reciprocidad e interdependencia estratégica, cree divergencias y el negocio y el personal empiezan a andar por distintos caminos.
Peligrosa porque para evitar el desajuste, no queda más remedio que reforzar el autoritarismo, es decir la sumisión de la dirección de personal a las demás direcciones. Esto es un claro retroceso hacia el fordismo y, en el peor de los casos, un comportamiento feudal.
Las consecuencias empiezan por un deterioro de la efectividad y de los resultados, y a plazo llevan a una desagregación del sistema. El deterioro lo venimos observando desde que el management se ha convertido en una tecnología cartesiana deshumanizada: desmotivación, desimplicación, baja productividad, baja competitividad y consecuencias sociales dramáticas. Y no son supuestos paliativos como la mítica gestión del talento que podrían remediar tal fallo conceptual.
La empresa ha de ser vista como un sistema de componentes interdependientes cuyo objetivo de gestión es la optimización global y no el mayor rendimiento de unos en perjuicio de otros – y por ende del todo. Solamente aceptando crear sinergias entre capital, dirección y trabajadores se puede optimizar el conjunto. Y esto implica que todas las demás estrategias del negocio estén alineadas a su vez con estrategias adecuadas y rehumanizadas de personal.
Mhc
Jun
21
José Antonio Marina escribe en ‘La inteligencia fracasada’*: “El fracaso de la inteligencia aparece cuando alguien se empeña en negar una evidencia, cuando nada puede apearle del burro, cuando una creencia resulta invulnerable a la crítica o a los hechos que la contradicen, cuando no se aprende de la experiencia, cuando se convierte en un módulo encapsulado“.
Me parece legítimo preguntarnos si los teóricos del management (y aquellos que defienden sus teorías) no están mostrando una inteligencia fracasada, porque parecen invulnerables a toda crítica y, en particular, a los hechos que contradicen sus doctrinas. Ya sabe: cuando los hechos contradicen la teoría: mala suerte para los hechos.
Todas las investigaciones y encuestas sobre motivación, implicación, productividad, identificación del personal con la empresa indican una tendencia marcada al empeoramiento, tendencia que, a su vez, se está acelerando. Todas las encuestas coinciden en que apenas un empleado sobre cinco admite dar todo lo que podría; la gran mayoría de las empresas y de los directivos se quejan de una colaboración y aportación insuficiente del personal a los fines de la compañía y la sociedad asume crecientes costes por daños psicosociales y falta de productividad. Encontramos no obstante, y en la misma proporción que esta insatisfacción, una tremenda obstinación en seguir por los mismos cauces, e inclusive reforzarlos.
Desde luego, son pocos los masters o cursos post grado que no utilizan la palabra “innovador” para calificar sus programas de gestión de (los llamados) Recursos Humanos. El pretexto para que les consideren así se debe a la introducción de alguna asignatura sobre redes sociales y de supuestos nuevos modelos desarrollados por alguna consultora prestigiosa (que ha conseguido su prestigio llevándonos a la pésima situación actual). Valgo como ejemplo: ‘la dirección por la felicidad’, ‘la gestión del talento’ o la ‘remuneración por competencias’. Pero ¿qué hay debajo de estas etiquetas? ¿Qué cubren realmente estos nuevos trajes? ¿Qué entienden por alinear los Recursos Humanos con las estrategias de la empresa? Sencillamente: más de lo mismo.
Las supuestas innovaciones siguen basadas en valores obsoletos: el centralismo de las decisiones, del poder y del control, en objetivos y valoraciones individuales, en dirección por tareas en lugar de por misiones, en la competitividad interna como palanca (errada) de productividad y en la sobrevaloración sistemática de la responsabilidad individual del empleado con respecto a su situación (y en particular la creada por el propio management).
Giuseppe Tomasi di Lampedusa, en su obra El gatopardo*, acuño la frase paradójica: “Es necesario que algo cambie si queremos que todo siga como está”. En política se suele llamar “lampedusiano” al seudoreformista que propone modificar la parte más aparente de las estructuras para que nada cambie realmente en lo fundamental. Cabe la pregunta: ¿no se habrá vuelto el management muy lampedusiano?
Las teorías oficiales del management se están esmerando, me consta, en hacer mejor las cosas y en utilizar herramientas más sofisticadas para hacerlas. El grave problema es que están haciendo mejor las cosas erróneas, lo que amplifica los defectos. Más valdría hacer medianamente bien las cosas adecuadas que esforzarse tanto en hacer perfectamente las cosas equivocadas.
Son los pilares mismos del modelo de management lo que hay que replantear. Debe renunciar a los fundamentos tayloristas y weberianos para construir una organización sistémica basada en la distribución de autonomía, en el desarrollo del talento colectivo, en la colaboración en lugar de la rivalidad. Debe poner las personas arriba de los procesos, dirigir por misiones y no por tareas ni por objetivos individuales, comprender que la reciprocidad empresa – trabajadores es imprescindible en la implicación de los mismos. El management debe humanizar la empresa en lugar de mecanizar a las personas.
¿Será el management capaz de quitarse la cinta que le tapa ojos y oídos? ¿Podrá mostrar algo de inteligencia triunfadora?
*ISBN: 8433962175
May
9

Los tecnogurus son aquellos que, formados a la ingeniería cartesiana, se muestran incapaces de pensar en forma de sistemas. Sus recomendaciones parecen sensatas porque son simplistas. Fragmentando la empresa en elementos inconexos, la desmontan en piezas sueltas como el loco doctor Frankestein que creía que la vida era el ensamblaje de pedazos de cuerpo. Parecen ignorar por completo que las empresas constituyen sistemas, es decir que son entidades eminentemente interrelacionadas.
Dejarme por tanto hablaros un poco de sistemas.
A tal efecto, empezaré representando una empresa por un rectángulo y su entorno por una forma aproximativa. Cuando la empresa se dirige al entorno, espera de él alguna respuesta determinada. Por ejemplo, al dirigirle una oferta comercial, espera compras, al dirigirse a los bancos, espera financiación.
Pero el sistema empresa está constituido por varios subsistemas interrelacionados. Subsistemas que pueden ser por ejemplo el comercial, el financiero, la producción, el departamento de calidad, etc. Podemos representarlo así, en una gráfica en la que las letras representan subsistemas:
El subsistema A se relaciona con el subsistema interno B esperando una respuesta R1 y con el subsistema C esperando una respuesta R2 (figura 2).
Sin embargo, los subsistemas están relacionados en ambas direcciones, y C se relaciona con A y con C esperando una respuesta concreta, a la vez que C se relaciona con A y con B esperando una respuesta concreta. El esquema debe por tanto modificarse como en la figura 3 (no he representado las relaciones entre B y C para no sobrecargar la gráfica). R{b,c} representa el conjunto de respuestas esperadas por parte de B y de C.
Volvamos un momento a las relaciones de la empresa con el entorno. También son relaciones recíprocas y cuando el entorno se relaciona con la empresa, también espera una respuesta concreta por su parte. Por ejemplo, cuando el entorno legal se relaciona con la empresa, espera el cumplimiento de determinadas leyes y reglamentos. Debemos por tanto representar dos flechas de relaciones y dos respuestas diferentes, la que espera la empresa X y la que espera el entorno.
Cada subsistema de la empresa está en interrelación (con mayor o menor intensidad y frecuencia) con una parte del entorno (sea fiscal, laboral, sindical, financiero, comercial etc.).
Cada relación entre dos subsistemas internos de la empresa forma un campo interno (o longitudinal) de relación, y cada interrelación de un subsistema con una parte del entorno forma un campo transversal (no represento todas las relaciones ni todas les respuestas para no cargar la gráfica).
El diagrama es incompleto pero suficiente como para darse cuenta de la existencia de campos transversales: el subsistema A que se relaciona con el entorno E2, en busca de respuestas R(A), el cual también espera respuestas R(e2) por parte de A. Ocurre lo mismo entre A y E1 aunque no esté representado.
En algunos casos, la relación de un subsistema de la empresa con el entorno puede ser más intensa y más frecuente que con otro subsistema interno. Esto suele crear cierto nivel de dependencia – o por lo menos crea una relación privilegiada – y el campo transversal puede tener más pregnancia y consistencia que los campos internos.
Es el caso por ejemplo del departamento comercial que debe estar atento a las necesidades de los clientes y resolver sus problemas, a veces con prioridad sobre las necesidades de departamentos de la propia empresa.
Una de las consecuencias es que las fronteras de una empresa no son nítidas, sino borrosas. Una parte del entorno está metida dentro la empresa y parte de la misma forma con el entorno una casi-organización. Un ejemplo podría ser el departamento de logística y los subcontratistas de transporte, y otro podría ser el de un trabajador delegado sindical, del que uno puede preguntarse si forma más parte de la empresa (interno) o más parte del sindicato (entorno).
Hay por tanto otras consecuencias importantes: un subsistema interno, un departamento por ejemplo, forma parte a la vez de la organización empresa pero también de la casi-organización que forma con elementos del entorno. Se entremezclan campos longitudinales y campos transversales, cada uno de estos campos teniendo sus prioridades, criterios e indicadores para informar de las respuestas conseguidas.
El departamento comercial, por ejemplo, recibe presiones (cada una con criterios propios) por parte del departamento de riesgos, del financiero, de producción, de logística, del administrativo (para que entregue los documentos de venta o gastos en tiempo y forma), del marketing (que antepone informaciones sobre los clientes y el mercado a la toma de pedidos), etc. Pero del mismo modo, recibe presiones e influencias de campos transversales, los clientes siendo el más importante en su caso pero no el único.
Cada departamento, o subsistema, debe conciliar presiones y exigencias a veces contradictorias. Si cada uno de estos campos es muy rígido en sus exigencias, puede sencillamente bloquear el funcionamiento del subsistema, poniéndolo en la imposibilidad de satisfacerlas todas. Pero en general existe cierta holgura, y es lo que utiliza el subsistema incriminado para conciliar, armonizar y equilibrar los criterios de cada campo y funcionar.
Cuanto más rígidas sean las exigencias de los campos, más nos acercamos a la imposibilidad de satisfacerlas todas (es decir del bloqueo), o bien de una toma de decisiones absurdas privilegiando los criterios del campo que tiene más poder o ejerce mayor presión.
Para resolver la pluralidad de criterios, el subsistema incriminado ha de generar complejidad* local (o variedad según el lenguaje de la cibernética). Sin creación de complejidad, el sistema corre enormes riesgos de bloquearse o, como anteriormente mencionado, de tomar decisiones incoherentes y contraproducentes. Lo vemos con los call centers de atención al cliente que han dado lugar a un aumento de los costes y de la insatisfacción de los clientes al imponerles normas de tiempo de respuesta apremiantes.
La creación de variedad depende por tanto de los grados de autonomía local de cada subsistema. La carencia de autonomías vuelve rígida a toda la empresa, la empobrece, y limita considerablemente su capacidad de adaptación.
Es lo que ocurre cuando, desde un puesto de mando central, la empresa introduce indicadores de rendimiento en cada subsistema. Estos indicadores informan al puesto central de mando del cumplimiento de sus criterios, pero no toman en cuenta (ni podrían hacerlo) los criterios de los demás campos de pertenencia. Además adquieren un alto nivel de apremio sobre el personal porque es en base a estos indicadores que se le quiere evaluar y retribuir.
La consecuencia es un empeoramiento de los resultados de la empresa, el aumento de las paradojas sufridas por el personal (lo cual desmotiva considerablemente) y desemboca en comportamientos aberrantes y perjudiciales.
La única solución para facilitar la capacidad de equilibrio entre los requisitos de todos los campos es otorgar niveles de autonomía local suficientes, que los subsistemas utilicen sus propios indicadores, y fomentar la creación de complejidad (variedad) local. En otras palabras: abandonar las teorías centralistas, los indicadores centralizados y, en particular, la relación entre cumplimiento de los indicadores e ingresos del personal que tiene una coacción tal que no puede dejar ninguna holgura para equilibrar las fuerzas. O sea: precisamente lo contrario de lo que nos están exhortando a hacer los tecnogurus.
* (complejidad en sistémica no signica complicación sino cantidad de estados diferentes que puede tomar un sistema, y por tanto también de información que puede proporcionar)
Abr
20

¿Por qué es tan difícil hacer evolucionar las teorías del management? Me hago muchas veces la pregunta, y desde luego no existe una respuesta única y contundente. Pero hay un aspecto que debe de estar influyendo mucho: el verbo. O sea: la palabra, el lenguaje.
Se ha demostrado que el lenguaje nos crea tanto o más como nosotros creamos el lenguaje. Si somos capaces de traducir ideas en palabras, es igual de cierto que las palabras son capaces de crear ideas, inclusive de sustituirse a ellas. La mente adopta frases, dichos, lemas como módulos prefabricados de pensamiento.
Obviamente eso también ocurre en el management actual. Se han ido forjando unos cuantos estereotipos vacíos – es lo propio de los estereotipos: ser vacíos y no demostrados – de tal forma que sus apóstoles pueden sustituir la argumentación por versículos de la doctrina, pero los detractores necesitamos cursos enteros para contrarrestarlos.
Es lo que tienen dogmas y doctrinas, se sustentan a sí mismos sin dejar espacio para la reflexión argumentada.
Estoy seguro de que estáis pidiendo pruebas, o por lo menos ejemplos. Os daré uno: “la suerte no existe”. Hay textos de gran valor literario para adornar esta declaración, llenos de una fe entusiasta. Casi todos conocemos esta admirable frase: “me he dado cuenta de que cuanto más trabajo, más suerte tengo”.
Es indudable que es una declaración adecuada para impulsar a aquellos que prefieren confiar en el destino antes que en sus propios esfuerzos, y sabemos que los hay, pero convertirla en verdad universal – como se está haciendo – es una falacia que provoca rencores y frustraciones.
Tus esfuerzos son siempre insuficientes, si no alcanzas la excelencia (nombre que se da al horizonte en las empresas), es que tus esfuerzos son deficientes y sólo puedes culparte a ti mismo. ¡Más!, tienes que dar siempre más, porque cualquier resultado insuficiente es exclusivamente culpa tuya y si otros los consiguen mejores, es porque se han esforzado más. No existe ni la suerte ni la mala suerte. Ni siquiera existe el sistema.
Este es el venenoso discurso. Al trasladar al individuo una responsabilidad que no es exclusivamente suya, lo encierra en un pozo negro de culpabilidad insalvable, produciéndole un sentimiento de injusticia que no tiene siquiera derecho a mencionar. Son paradojas que generan efectos devastadores tipificados en psiquiatría.
Por cierto ¿eres de los que creen que no existe la suerte (y por tanto tampoco la mala suerte)?
Mario termina normalmente la jornada laboral a la siete. Mañana es festivo, y su jefe le ha persuadido de dedicar los máximos esfuerzos al trabajo. No está muy convencido, sobre todo porque está cansado (doce horas de trabajo intelectual, ya son muchas), es consciente de que su rendimiento ha bajado, y de todos modos este trabajo no se va a utilizar antes del mes próximo. Pero Mario quiere tener más suerte, así que trabaja más.
Sale del despacho a las nueve. Recupera su coche. Abandona el aparcamiento y circula con mucha cautela debido a la lluvia que se ensaña sobre la ciudad desde las ocho. Entra en la circunvalación y, al acelerar, nota algo extraño en la conducción. Una rueda está pinchada. Aparta el coche lo más posible y llama al taller. Cerró a las ocho y media. Prueba con otros: mismo resultado. Intenta cambiar la rueda él mismo en el borde de la autovía. Se corta un dedo con el gato. Pasa un camión que pisa un charco y la da un baño. Se pega la cabeza con el portón al dejar la rueda en el maletero. La lluvia se intensifica. Cegado, un conductor no lo ve y le atropella. En la ambulancia, el enfermero le dice: “A estas horas y con este mal tiempo, usted no ha tenido suerte”. A lo que Mario replica: “la mala suerte no existe, pero desde luego si no hubiera trabajado tanto, a las siete hubiera salido, los talleres estaban abiertos y nada de esto hubiera pasado”.
Ves, para intentar contrarrestar una simple frase hecha he necesitado todo un artículo, y aún me quedo corto y superficial. Por eso resulta tan difícil hacer evolucionar el management, está plagado de refranes y frases hechas.
crédito imagen: desconocido
Ene
25
Esta vez, escribo para pediros ayuda.
Como bien sabéis, mi campo es el factor humano en la empresa, lo cual incluye el management de personas. Pues bien, no hay día sin que lea en alguna parte – web, blog, libro, revista, video – que el hombre es un animal, y que esto lo explica todo.
Las teorías conductistas sobre motivación, aquellas sobre el comportamiento humano en las organizaciones – por ceñirme sólo al campo empresarial – repiten todas como si fuese la explicación definitiva: “es que el hombre es un animal”.
Pues, lo confieso en toda humildad, yo sigo sin entender en absoluto qué se quiere decir con esto ni qué conclusión tan esencial se supone que tengo que sacar.
Eso sí, lo he comprobado, los científicos clasifican el hombre en el Reino Animal. Y como tal, tú y yo figuramos en la misma división que:
- los paramecios,
- los gusanos,
- las esponjas marinas,
- las truchas,
- los saltamontes,
- las lombrices,
- los pingüinos,
- las anémonas de mar,
- las palomas,
- las tortugas,
- las gambas (inclusive a la plancha).
Sin contar una profusión de “bichitos” cuya existencia jamás hubiera sospechado, como los gnathostomulidas, kynorhincha y otros tardígradas.
Así que me dicen tajantemente: “es que el hombre es un animal” y creen que lo han explicado todo.
¿Qué significa esto? ¿Qué conclusión válida sacan?
¿Qué compartimos con el escarabajo, las medusas, las sardinas, el castor y el pájaro carpintero que pueda servir de conclusión general a nuestros modelos de vida, formas de pensar o metas existenciales?
¿Qué clarificación sobre los valores, la psique, el espíritu, la inteligencia, la educación, la economía, el amor o los comportamientos humanos en general se puede extrapolar del saber que compartimos división científica con las tenias, las mariposas y los corales marinos?
Como autodenominado – y a veces reconocido – especialista en personas en las organizaciones, estoy un poco preocupado al ver que una afirmación tantas veces utilizada como argumento contundente, no la capto.
Espero que me podáis ayudar.
Mhc
Ene
3
Hay dos formas diferentes de considerar los objetivos de una empresa, dos perspectivas que llevan a dos consecuencias opuestas. Una es fragmentista(1) – la que están enseñando en las Escuelas de Negocio – y la otra sistémica. La primera nos puede llevar a la ruina, la segunda requiere un cambio drástico en la manera de pensar el management.
La visión fragmentista considera cada empresa como una entidad desvinculada del conjunto, que puede legítimamente generar riquezas para sus accionistas de forma ilimitada sin tener en cuenta consecuencias globales. Ve la Economía de la misma forma en que se han considerado los recursos naturales del planeta: como si fuesen inextinguibles e independientes del uso que se les hace.
Del mismo modo que los océanos nos parecían tan gigantescos que echarles nuestros cubos de basura no terminaría nunca contaminándolos, o que los recursos del suelo seguirían inagotables, se está pensando que la Economía es independiente de cómo se la trata. Se ven a las empresas como organismos disociados que pueden consumir riquezas reales (las industriales) a cambio de generar riquezas ficticias (las especulativas) sin jamás llegar a agotar el pastel. Es el sofisma del calvo, del que he hablado en otro artículo. Con esta visión, parece bastante sensato ver a las empresas como medios para succionar la mayor cantidad de riqueza posible a favor de sus propietarios.
La visión sistémica amplia el horizonte y considera que todo está interrelacionado con todo. Cada empresa puede reportar beneficios a sus inversores porque el conjunto de las empresas crea riquezas para el conjunto de la economía. Sin embargo, las riquezas industriales revierten en la sociedad y las financieras: no. Los beneficios de la especulación financiera sólo existen en función del valor subjetivo que el resto de protagonistas de la Economía atribuye a los bienes. En el mercadillo de la compra-venta de acciones, una empresa sólo vale en función del beneficio que se espera sacar de la venta de sus acciones. Esta esperanza suele descansar en criterios ficticios, desvinculados de la realidad industrial.
Los especuladores tienen todos en común que no les importan las consecuencias sobre el bien común y que cuentan con que siempre existirá la suficiente cantidad de gente dispuestas a tapar los huecos que ellos crean, de tal modo que podrán continuar a vivir de su juego.
Pueden así seguir creando valor ficticio – convertible en moneda real para ellos – mientras que el resto de participantes económicos garantiza el valor. Pero cuando la cantidad de especuladores financieros sobrepasa cierto umbral, la burbuja explota y es toda la comunidad económica que sufre las consecuencias.
En una visión fragmentista, parece sensato comprender y admitir que el principal objetivo de una empresa sea proporcionar los máximos beneficios a los inversores, pero viendo el sistema en su conjunto, esto no es sostenible, por lo que el primer objetivo de las empresas debería ser mantener una economía próspera y floreciente, porque es la única manera para que los accionistas puedan seguir alimentándose con los huevos sin matar a las gallinas.
Es dentro de este objetivo principal que los accionistas pueden pretender sacar un rendimiento óptimo de sus inversiones. En este orden, y no al revés.
Los supuestos gurús del management, siguiendo Milton Friedman y consortes, han exaltado la idea de que el único comportamiento moral de las empresas es hacer la fortuna de sus accionistas. Es hora de entender que son posturas insostenibles y que empresas, trabajadores, consumidores y riquezas forman un sistema totalmente interdependiente cuya preservación requiere un planteamiento substancialmente ecológico si no queremos que la codicia rompa el saco.
Mhc
(1) Neologismo que pretende expresar la voluntad deliberada de fragmentar y disociar, ignorando la interdependencia de las partes con el todo y del todo con las partes.
Dic
16
Una singular enfermedad se ha adueñado de las empresas, y se advierte de los riesgos de contagio sobre el personal que las frecuenta.
Los síntomas más evidentes se manifiestan por el desarrollo de comportamientos absurdos, basados en paradojas y mensajes contradictorios.
Virgilio Gallardo – quien la ha estudiado con cuidado – declara que “una extraña esquizofrenia organizativa hace que haya diferencias entre lo que las empresas “dicen que se debe hacer” y lo que los directivos “realmente hacen”. Si. Es así, los comportamientos directivos que aseguran la innovación y el éxito organizativo pueden ser negativos para el propio del directivo y por ello finalmente no se acaban realizando. En la mayoría de nuestras viejas organizaciones aplicar este tipo de comportamientos innovadores se convierten en sueños subversivos, en ideas peligrosas ¡Cuidado con ellos!”
Los discursos oficiales del management han de ser interpretados y comprendidos desde un curioso prisma anamórfico, en el que conviene algunas veces hacer lo contrario si queremos lograr lo esperado mientras que otras el hacer lo esperado puede resultar muy contradictorio y hasta perjudicial.
Las relaciones jerárquicas y la lectura de los distintos manuales laborales parecen extraídas de un algún sketch del dúo Cruz y Rayas. ¿Quien sabe? A lo mejor las empresas están preparando una nueva serie de la “cámara oculta”.
Os recomiendo encarecidamente la lectura del artículo de Virgilio AQUÍ
Dic
10
El management está buscando líderes. Jefes, ya tiene. Pero a los jefes, parece que las tropas no los quieren seguir y como, por definición, un líder sería el que tiene seguidores, el management busca convertirlos a líderes desesperadamente.
Como no lo consigue y que su operación pesca del talento tampoco le llena las redes, ha llegado a la conclusión de que los líderes son muy escasos, que nacen, que tienen que ser tocados por la varita mágica, y otras justificaciones a su desolación.
Pero la explicación es mucho más sencilla: no hay líderes porque el management no quiere tenerlos. Eso es: el modelo actual de management es ANTI-LIDER y pone todas las barreras a su desarrollo.
¿Lo dudas? Pues míralo conmigo.
¿Cuales son las características que todos reconocemos ser necesarias para ser líder?
* capacidad de visión
* responsabilidad
* lealtad a su equipo
* capacidad de escucha
* saber tomar en cuenta y valorar las aportaciones de sus colaboradores
* dar autonomía, confiar
* permitir el desarrollo personal de su gente
* etc.
Ahora veamos cuales son los principios fundamentales de la organización taylorista:
* la visión la tienen los de arriba del todo y no la tienen que compartir, puesto que unos piensan y otros ejecutan.
* la única responsabilidad del jefe es la de hacer aplicar los procedimientos marcados y conseguir los resultados.
* la lealtad no la debe a su equipo, sino a su propio jefe y a las normas de la empresa.
* no tiene que tener sentimientos, su gente son recursos y variables de ajustes. Ya se lo repiten sus propios jefes: nada de compasión.
* escuchar sí, pero aplicar los procedimientos, normas y manuales de tareas. Puedes escuchar lo que quieras en tu tiempo libre y fuera de las horas de producción.
* los colaboradores no pueden modificar procesos (para eso hay un buzón de sugerencias que podrán leer aquellos de arriba que diseñan los procedimientos y normas). Lo único que se les permite, es aportar valor. Traducción: ser obedientes y entregado a lo que se les pide.
* la autonomía ¿cuál? Si toda la información, el control y la valoración están centralizados (y cada vez más gracias a la tecnología).
* Liderar equipos: ¿qué equipo? cuando toda la valoración y la incentivación son individuales y cuando la competición interna es regla universal.
* desarrollo personal: sí. Siempre y cuando sea para hacer mejor lo que marcan los procedimientos y los manuales de definición de tareas. También puedes desarrollarte para convertirte en un futuro jefe al que se le pedirá que sea un líder sin permitírselo.
Si miramos fuera de las empresa, veremos que líderes, hay muchos. Las organizaciones de voluntarios y ONG están llenas de ellos. El ejército es capaz de encontrar todos los líderes que necesita en el momento en que los necesita (es decir en caso de conflictos). Las asociaciones tipo Boy Scouts fomentan el liderazgo, forman líderes y encuentran otros. Cuando hay catástrofes naturales, brotan líderes como setas que toman grupos en mano y aseguran la coordinación de los socorros.
Por favor, no me digas que no hay líderes. Sólo dime que el management no los tiene porque no permite que los haya.
Michel Henric-Coll
Nov
26

Stephen Covey, en su libro “El 8º hábito”, hace referencia a una encuesta realizada por Harris Poll a 23.000 ocupantes de puestos clave en empresas importantes, que arrojó las siguientes conclusiones:
Sólo el 37% dice tener una idea precisa de lo que su empresa pretende lograr.
Uno de cada cinco está entusiasmado con su equipo de trabajo y con las metas de la empresa.
Sólo la mitad termina la semana satisfecha con el trabajo que hizo.
Sólo el 15% considera que la empresa les facilita el cumplimiento de sus objetivos.
Sólo el 15% considera que trabaja en un ambiente de plena confianza.
Sólo el 17% piensa que su organización impulsa la comunicación abierta y el respeto por las opiniones diferentes, lo que resulta en nuevas y mejores ideas.
Sólo el 10% piensa que se pide rendición de cuentas a los integrantes de la empresa.
Sólo el 20% confía totalmente en la empresa para la que trabaja.
Sólo el 13% expresa tener confianza y relaciones de total colaboración con otros grupos o departamentos.
Sobre la base de esas evidencias, Covey dice: “Si los porcentajes anteriores se dieran en un equipo de fútbol, sólo cuatro de los once jugadores sabrían cuál portería es la suya, sólo a dos de los once les importaría el resultado del partido; sólo dos sabrían en qué posición juegan y cómo desempeñarla bien, y nueve estarían compitiendo con los de su equipo en lugar de con los del equipo contrario.”
Manuel Rodríguez Salazar
(Fragmento de su artículo en la revista Conceptos nº 3. http://www.sht.com.ar/conceptos/index.html)
Nov
13

El management busca la receta del liderazgo, con el mismo ahínco que los alquimistas la piedra filosofal. Y no es de extrañar puesto que ha conseguido echar a perder en unas pocas décadas la valentía y abnegación que permitieron construir una boyante industria a partir de los escombros dejados por una devastadora guerra mundial. Ahora, busca el paladín capaz de reencajar los trozos descoyuntados de trabajadores desmotivados y desengañados.
Se buscan líderes, pero ¿qué es el liderazgo?
En la visión cartesiana, el liderazgo procede o bien de elementos de la personalidad (es la idea del líder innato) o bien de la adopción de determinados comportamientos (es la idea del liderazgo adquirido).
El management cartesiano (y ¡anda si Taylor lo era!) se esmera en identificar los componentes del liderazgo para poder reproducirlo. Puesto que los jefes tayloristas no tienen seguidores, inyectarles la vacuna del liderazgo sería una maravillosa solución. Al no encontrar el gen, admite que la clave podría estar en la adecuada combinación – y en correctas proporciones – de varias características. No obstante, si bien ha inventariado características más frecuentes y propuesto infinidades de formulaciones, no ha podido dar con la fórmula magistral del líder.
La visión sistémica es diferente. El pensamiento sistémico reconoce la imposibilidad de conocer todos los factores del liderazgo y su combinatoria. Si para los clásicos, la verdad consiste en la igualdad del modelo con la realidad, para la sistémica, radica en la coherencia y no en la identidad con una realidad inabarcable. Coherencia de las ideas entre sí, coherencia de las acciones con los resultados. La verdad no se esconde en ninguno de los elementos, sólo el sistema completo puede ser verdad. Y el sistema completo implica que no hay líder sin liderados, ni liderazgo sin finalidad, puesto que todo sistema está orientado a objetivos.
El pensamiento clásico descansa en el concepto de causalidad, siempre busca angustiosamente las causas que han producido el resultado. En su lógica transitiva, el futuro es la consecuencia del pasado. Si sus análisis consiguen detalles precisos y rigorosos, son poco aplicables en situaciones complejas. Por el contrario, el pensamiento sistémico parte del objetivo y construye modelos que pueden carecer de rigor a los ojos de un científico, pero son eficaces en la toma de decisión y la gestión del sistema. El presente es la anticipación de un futuro deseado. El pensamiento sistémico sabe que no se puede describir toda la complejidad pero sí actuar en y sobre ella con efectividad.
Sistémicamente, el liderazgo parte de una finalidad compartida que solemos llamar ‘la visión’. En función de esta finalidad aparecen y se desarrollan interrelaciones entre el líder y los liderados, así como en los liderados entre sí. Las interacciones son tanto la causa como el resultado del liderazgo. El estilo de liderazgo determina el tipo y la cantidad de interacciones, y las interacciones influyen sobre el estilo de liderazgo, Estamos ante un sistema, y como tal, una circularidad y no una linealidad.
No existe liderazgo antes de que exista el fin, ni sin la presencia de seguidores. Podremos hablar de líder potencial pero no de liderazgo efectivo. El liderazgo no es un estado, es un proceso cuyas reglas del juego se descubren jugando. El liderazgo se crea liderando. El líder que no está liderando no es ningún líder.
Es cierto que algunas personas parecen capaces de liderar a cualquier grupo humano, pero ¿son realmente líderes capacitados para cualquier grupo y circunstancias, o son personas capaces de conglomerar a su alrededor los liderados que les corresponde? En otras palabras: ¿son capaces de liderar a cualquiera, o su capacidad es la de encontrar a los seguidores que – sin saberlo ni conocerlo – le estaban buscando a él?
Para fomentar el liderazgo, las empresas deberían favorecer la transparencia de la visión, puesto que sin objetivo claro y compartido, no hay sistema, sólo interrelaciones caóticas. Deberían favorecer los intercambios tanto verticales como horizontales, porque el liderazgo no brota ni se desarrolla en la distancia (fuese esta jerárquica) ni en el aislamiento sino en las interacciones y en la confianza. Debería dejar de disgregar los sistemas que componen las empresas bajo el precepto cartesiano de fragmentación y división porque así los está destruyendo, ¿líder de qué, si no hay nada que liderar? Y para resumir, el management tendría que abjurar de Descartes y de sus secuaces tayloristas.
Michel Henric-Coll
La ilustración es obra de Luigi Gonnella (Eroogroof), http://eroogroof.deviantart.com/
Oct
6
Talento es la palabra de moda. La palabra ‘competencia’ se está poco a poco diluyendo. En cuanto a la palabra ‘gestión’ sigue flotando en la parte más alta del podio lexicográfico.
Hoy, todo se quiere gestionar: las emociones, los sentimientos, el estrés, las relaciones sociales (Community Manager es el concepto que sube en la bolsa, ya tiene sus Masters). Así que pronto necesitaremos gestionar las gestiones porque si no se nos van a desmadrar.
Pero ahora, el nuevo grial es el Talento. Sin olvidar la mayúscula por favor.
Lo primero que hay que hacer para implantar un concepto de moda es cambiar el sentido de la palabra si no, os quedaríais con un concepto un poco hueco reducido a una entrada en el diccionario de la RAE.
El Talento, tal como lo definen los catálogos de Pret-à-porter del management, es lo que uno puede, sabe y quiere hacer para la empresa. ¡Quiere! Dejemos claro que si no quieres, no tienes Talento. La gestión del Talento consiste, en breve, a mimar los que quieren aportarlo todo para la empresa y pasar de los demás. Y si tienes a uno de estos en tu compañía, debes reternerlo.
Para que me entiendas, retener significa crear agravios comparativos con los demás trabajadores, de manera que el Talento pueda darse cuenta de cuánto le quieres. Cuanto más llore el resto de la plantilla sobre el cariño perdido y más se sientan patitos feos, más habrás conseguido cuidar al Talento.
Si encuentras pocos ingenuos dispuestos a entregarlo todo para salir en la foto (aunque tiene premio, claro), no desesperes. Los expedientes X de la gestión del Talento contemplan que: ¡el Talento está allí fuera! Así que no pierdas tiempo intentando hacer de la empresa un lugar en el que los empleados quieran quedarse e implicarse, sal a la caza y captura del Talento.
Necesitarás sin embargo algo para procurar que los que no son Talentos sigan produciendo para ti. Fíjate bien que se dice “ser Talento” y no “tener talento”. Tener talento sería tener “capacidad para el desempeño o ejercicio de una ocupación”. Pero eso es la definición de la RAE que, como bien sabes, no nos interesa para nada. Uno ES Talento cuando utiliza sus aptitudes para la empresa. Si lo tienes, lo mimas, si no, lo buscas fuera.
Uno podría preguntarse: ¿por qué no intento convertir un talento-según-el-diccionario en un Talento-según-los-Gurus del Management? Pues ¡piensa! Si no dices a la mayoría que son los malos ¿cómo van a pensar los otros que son los buenos? Elemental.
Pero volvamos al resto de los empleados, los que pueden tener talento pero no lo son. A ellos tienes que decirles que deben trabajar ¡en equipo! Esto es un concepto un poco nuevo que consiste en hacerse la zancadilla unos a otros para intentar ser el que más destaca por Talento por la mejor Gloria del jefe.
No te preocupes, todo esto está debidamente legitimado y certificado por la Organización Científica del Trabajo, parida por mister Taylor hace un siglo. Se basa en fomentar el individualismo, crear competición interna y centralizar toda la información y el control. Si te decides, no olvides – es importante – propagar discursos populistas que ensalcen el trabajo en equipo, la colaboración y el respeto a las personas.
Claro que puedes decidir quedarte al margen de las modas y, en buen dinosaurio, preferir la rentabilidad, la productividad y la competitividad, tener visión a largo plazo en lugar de en los modelos de temporada, y creer en la evolución del personal como motor de la evolución de tu empresa. Puedes imaginar que el talento – como aptitud voluntaria potencial – es la cosa mejor repartida después del sentido común y opinar que en una empresa, el talento ha de ser colectivo o no será. Pero esto supondría dos problemas: uno ser considerado como anticuado y el otro estar haciendo lo que predicas, lo cual sí que sería realmente revolucionario.
Michel Henric-Coll
El logotipo de la cabecera pertenece a la cadena Cuatro, propiedad del grupo Prisa.
Sep
5
Sus prosélitos no saben muy bien cuál de estos chirimbolos ni cual de las nuevas teorías de los gurús de siempre serán los que nos rediman, pero sí que hay que seguir buscando, porque el grial está allí fuera, en alguna parte.
Gestionar ha sido tradicionalmente reproducir lo que se ha hecho antes. La planificación ha consistido fundamentalmente en correr los presupuestos hacia el futuro hinchándolos un poco más: algo más de inversión, algo más de ventas, algo más de resultados.
Inclusive en las llamadas empresas innovadoras la innovación se ha conseguido casi siempre reproduciendo los métodos de trabajo y los procesos creativos anteriores, adaptándolos simplemente a una proyección futura considerada como razonable. Las cuentas de explotación previsionales de la innovación se escriben principalmente en un escenario de continuidad y casi nunca en uno de ruptura. Y cuando no es la propia empresa que se abriga en la seguridad de lo conocido, son las fuentes de capital – siempre huidizas del menor riesgo – las que obligan a una postura conservadora so pena de ver el proyecto descartado.
Paralelamente a este entumecimiento, los avances en la tecnología de la información han permitido desarrollar extraordinarias herramientas que hacen soñar a algunos con una organización totalmente estructurada y controlada por las TIC, cuyas asombrosas capacidades les proporcionan una gran ilusión de eficacia.
En consecuencia, los empleados – y los departamentos de RR.HH. – se han ido amoldando paulatinamente a una organización y arquitectura concebidas por y para una herramienta tecnológica. Se ha creído que ésta era capaz de entender y manejar la complejidad humana, y que los sistemas ingenieriles podían sustituir a una gestión flexible e inteligente del personal. En lugar de poner la tecnología al servicio del hombre, se ha empezado a poner el hombre al servicio de la tecnología.
¡Y llegaron las crisis! Hablo de crisis en plural porque hay varias: económica, de valores, de conceptos, de liderazgo… Pero todas las crisis tienen en común el traer consigo una gran incertidumbre sobre el futuro y la necesidad de replantear lo que creemos saber y saber hacer.
En esta situación, la reproducción del pasado como si hiciéramos una fotocopia ampliada de los planes anteriores, la conservación de las doctrinas y costumbres, simplemente no sirven. A enfermedad distinta, remedios diferentes. Además, la subordinación de las personas y de su gestión a una organización tecnológica no ha hecho más que reforzar el carácter burocrático del modelo organizativo. Muchos se están dando cuenta – y más aún en los departamentos de RR.HH. – de que algo no anda bien. La supeditación de los trabajadores y del trabajo a un ordenamiento rígido y riguroso empieza a parecerse más a un engorroso corsé que a una panacea.
La necesidad de escapar de aquello y la confianza en la diosa tecnología son tales que se está pensando seriamente en que las empresas adopten el modo de funcionamiento de las redes sociales, en las que los grupos humanos tienen fronteras difusas (uno puede adoptar o borrar a un “amigo” en cualquier momento) y donde la comunicación tiene como único patrón la dispersión de mensajes en todas las direcciones como los confetis en el carnaval. Cada participante es libre de crear una nueva subestructura, de entrar en una existente o abandonarla de forma espontánea. Es el paradigma de la anarquía, no tomando la palabra en su contexto de partido político sino en su sentido literal y académico de “falta de todo gobierno en un estado”. Pero estamos ansiando éxito desesperadamente y las redes sociales lo tienen y motivan a la gente, por lo que es tentador pensar en imitarlas. Esto nos lleva a la extraña paradoja de querer adoptar una ausencia de organización como modelo organizativo.
El planeta industrial está siendo sujeto a intensos movimientos telúricos que cambian el paisaje económico y social permanentemente. Los viejos mapas del management no nos sirven, las brújulas enloquecidas no indican el camino y en este contexto se manifiestan dos grandes tendencias.
Una consiste en intentar mantenerse firmemente en la época anterior. Atrapados en la fase de negación descrita por Kübler-Ross, sus partidarios exteriorizan la fe de que si insisten lo suficiente en sus ideas y procesos anteriores, el mundo terminará rindiéndose a la razón y estos importunos seísmos cesarán. Esta tendencia se manifiesta por un refuerzo de las teorías tayloristas y burocráticas: medirlo todo, centralismo, el personal es fundamentalmente un cargo o una variable de ajuste, la ingeniería puede controlar los sistemas humanos, hay que gestionar a los trabajadores centrándose en su rendimiento individual. Este conservadurismo proteccionista se esconde detrás de la aparición de supuestos remedios novedosos y se disfraza de innovador. No es tan extraño. Como lo escribe Giuseppe Tomasi di Lampedusa en El Gatopardo, “hay cambios que son necesarios para que todo permanezca igual”.
La otra es su contrario. Puesto que todo está cambiando, cualquier cosa que haya nacido en este cambio es susceptible de ser una solución. Hay que tirar toda la vieja caja de herramientas y confiar en la innovación porque ella nos salvará. Sus prosélitos no saben muy bien cuál de estos chirimbolos ni cual de las nuevas teorías de los gurús de siempre serán los que nos rediman, pero sí que hay que seguir buscando, porque el grial está allí fuera, en alguna parte.
Ni tanto ni tan calvo.
Las nuevas tecnologías han de ser incorporadas en el management de las empresas y por tanto de su personal, pero como herramientas integradas en un modelo organizativo, no como modelo en si mismo y menos aún como factor preponderante. Las nuevas tecnologías han de hacernos más libres, no más esclavos. Tienen la capacidad de permitirnos unir la eficiencia colectiva con la emancipación individual de una forma que jamás fue tan accesible al hombre. Al posibilitar una mejor intercomunicación, facilitan las interacciones y, por ende, la posibilidad de trabajo cooperativo y las sinergias. A la vez proporcionan a cada uno el acceso a la información y a herramientas autónomas de eficacia personal. Pueden ser la forma de templar el poder abusivo de unos pocos e incrementar el de todos. Sin embargo, también podrían constituir el instrumento del Gran Hermano para tener vigilado a cada uno y atar a los empleados al banco de los galeotes. Lo que advendrá no depende de la tecnología sino de quienes la tengan en su poder. Escribió el médico humanista François Rabelais, padre de Gargantúa, que “ciencia sin conciencia no es más que ruina del alma”.
El management, por su parte, debe mostrar humildad y aceptar un honorable replanteamiento de sus dogmas fundacionales así como una puesta en evidencia de algunos de sus mitos. El sistema humano que constituyen los empleados ha de estar bajo la responsabilidad real de especialistas en personas, no en ingeniería. No se trata ya de redecorar el sistema organizativo de las empresas, sino de reestructurarlo con nuevos paradigmas basados en aportar sentido al trabajo, en la reciprocidad de intereses entre el capital y el personal y en la descentralización de la gestión operativa. Se necesita desplegar el organigrama organizativo y añadirle una tercera dimensión sustituyendo su arquitectura lineal e intrincada debido a su cantidad de normas y contranormas por un modelo sistémico que pueda hacer frente a la complejidad sin complicaciones. Es desconcertante pensar que mandamos naves a Marte y que nuestras empresas siguen regidas por un modelo diseñado el mismo año que el Ford modelo T.
El grial no es una figura mítica sino el resultado de una labor racional y consciente que empieza tomando conciencia del nuevo paisaje para desarrollar modelos coherentes, capaces de integrar de forma armoniosa y equilibrada la economía, lo humano y la tecnología.
Las empresas deben recordar que crear riqueza es muy diferente de sacar beneficios. Vender un cáliz de oro puede proporcionar un buen beneficio, pero no creará riqueza. Los beneficios pasan, pero las riquezas se han de quedar.
Mhc
Ago
5
Si sólo se necesitara una prueba de que algo va mal en el campo del management de personas, bastaría para concienciarse de la magnitud del problema el observar la cantidad de ideas alternativas que van surgiendo como setas después de la lluvia.
No obstante, veo un enorme fallo en todas las propuestas de solución o mejora que van apareciendo, es que todas procuran descargar la responsabilidad tanto del problema como de las soluciones en los individuos.
Talento, miedo, mentalidad, implicación, motivación, liderazgo tipo tal o tipo cual, necesidad de cambio, remuneración vinculada con la rentabilidad, todas las alternativas recaen en las personas.
Y estoy convencido de que es un craso error, porque el problema no es de las personas, sino de la organización – del modelo organizativo más exactamente. Todos estos cambios que se pretende que realicen las personas son paliativos para evitar que cambie el sistema organizativo, auténtico responsable de nuestra dañina situación, debido a su inadaptación a la realidad económica, social, tecnológica y cultural en la que estamos inmersos.
Algunos podrán objetar que la Organización es un ente abstracto e incorporal, y que si las personas que lo conforman cambian, la Organización cambiará. Pero no es cierto. Son varios los casos en los que una Organización adquiere una personalidad propia y transcendente. Es el caso de la Iglesia, del Estado, de la Cruz Roja, y de muchas instituciones. No suele ser el caso de la mayoría de las empresas, pero sí del management que se ha convertido en toda una doctrina, cuyas “Verdades” deben ser preservadas porque están por encima de las personas que lo sirven. Salirse de estas verdades canónicas resulta extremadamente complicado, el modelo organizativo es tabú.
Muchas de las soluciones propuestas – no todas desde luego – tienen puntos positivos, buenas intenciones y algunas integran elementos muy importantes. Pero tropiezan y seguirán tropezando con una armadura oxidada que impide que puedan funcionar.
La Organización exalta el cambio y lo exige del personal, pero se aferra con tenacidad a sus dogmas fundamentales que se niega a replantear. Cambiar el color de las cortinas, redecorar los pisos, dar clases de comunicación a los vecinos y al conserje: sí, pero admitir que la finca tiene aluminosis: ¡ni hablar!
Mhc
crédito foto: www.tuningspain.es
Jul
7
La receta “Compromiso + Orientación al logro + Tolerancia a la frustración” se nos está presentada como patrón y fórmula mágica de los trabajadores con talento, estos mirlos blancos cuya veda se acaba de declarar abierta y que podrían ser la salvación de nuestras poco competitivas empresas.
Quejarse de la falta de compromiso de su personal suele ser una constante por parte de las organizaciones, y hay que reconocer que están acostumbradas a echar la culpa de sus males a las víctimas de su mala gestión: si los empleados sufren estrés, culpa de ellos por no saber gestionarlo adecuadamente; si se sienten frustrados, culpa de ellos por tener poca resistencia a la frustración; si no están comprometidos, culpa de ellos por carecer del necesario talento para formar parte de la organización; y si carecen de talento, iremos fuera a buscarlo, lo mimaremos y dejaremos que se pudra la gente que ya tenemos.
Sí, hay carencia de compromiso, pero no queda nada claro si es – como pretende el management – una característica intrínseca de los trabajadores o bien la consecuencia de la manera en que se lo dirige. ¿Alguien se ha preguntado por ejemplo lo grande que han de ser la capacidad de compromiso y la tolerancia a la frustración de los empleados para aguantar los sinsentidos y los absurdos que una organización empresarial desfasada les impone?
Prácticamente todos los manuales valoran como destacada cualidad el saber admitir los propios errores y plantear nuevos caminos. Es una virtud que el management exige de su personal, pero de la que él mismo carece. El modelo que utiliza fue desarrollado con los conocimientos científicos de finales del siglo XIX y aplicado a partir de una situación específica de principios del XX en los EE.UU. A pesar de que estamos en el XXI, el management se muestra incapaz de admitir que la situación ha cambiado completamente e integrar los descubrimientos científicos que aparecieron unos cincuenta años después de que Taylor formalizara su modelo.
Los tecno-managers hablan de los trabajadores como si de alguna raza alienígena inferior se tratara. “Los trabajadores son así” dicen antes de achacarles una interminable lista de lacras que va desde vagos, irresponsables y mentirosos hasta egoístas, ladrones, y desagradecidos. Confieso que me quedo desconcertado ante la misantropía que representa la expresión de tanta indiscriminada crítica. En efecto, los trabajadores que pueblan las empresas son también nuestros vecinos, los padres que llevan a sus hijos en los mismos colegios que nosotros, los que encontramos en el supermercado empujando el carrito, que acuden a ver las mismas películas que nosotros los viernes por la noche, que cruzamos en la bolera, en la terraza de los cafés o en la sala de espera del médico, que se ponen morenos en las mismas playas y hacen cola en las mismas ventanillas.
Y resulta que toda esta gente (algunos de nuestra propia familia) – que trabaja y constituye la mayor parte de la población del país – sería descastada, displicente, escabullida, maleante, indigna de toda confianza, y que sólo una estrecha vigilancia podría permitir sacar algo positivo de ellos.
Todo menos sospechar que algo huele a podrido en el Estado del Management. Tanta constancia en el error sería digna de admiración si no fuera por los dolores y desolaciones que provoca.
Para no oír voces discordantes, el tecno-management ha blindado sus dogmas. Ha construido un catecismo completo, que universidades y escuelas de negocios se encargan de propagar, siempre atentas a la ortodoxa conservación de la doctrina y a frenar toda introducción de teorías que podrían replantear la fe genuina. Es cierto que el management sabe de branding, es decir de reempaquetado de la imagen de marca bajo envases y eslóganes aduladores. Aparecen así periódicamente “soluciones felices” acompañadas de cantos a la gloria del capital humano, pero que siguen basados en las mismas premisas: los empleados no valen un pepino ¿cómo manejarlos para sacar algo de ellos?
Que los axiomas en los que se basa el modelo de dirección del personal – hay tres – resulten incongruentes con la realidad, que sus teorías ignoren los descubrimientos y avances científicos posteriores a su elaboración, que los resultados que consiguen sean en el mejor de los casos preocupantes y más habitualmente dramáticos, esto no parece importar. Ya se sabe que cuando uno alcanza cierto nivel de ceguera cognitiva y que sus teorías discrepan con la realidad, pues: ¡mala suerte para la realidad!
La productividad y la competitividad de las empresas pasan por la competitividad de su personal. Lo saben o intuyen las empresas, pero su empeño en considerar a las personas como otros componentes de una gran máquina – y por tanto en emplear los mismos criterios y métodos de gestión que para cualquier recurso – es un contrasentido total. La optimización del componente humano en las organizaciones exige un cambio diametral de punto de vista. En lugar de preguntarse de qué manera las organizaciones podrían sonsacar más de sus empleados, han de preguntarse cómo pueden aportarles valor. El crecimiento requiere instaurar la reciprocidad como paradigma de base. Yo gano si tú ganas. Reciprocidad y consideración. Como lo demostró McGregor, las personas nos comportamos tal como nos sentimos tratados, y la respuesta a la misantropía es el desenganche y la indiferencia.
MHC
Jun
16
Aedipe y el CEU San Pablo presentan una conferencia de Michel Henric-Coll el miércoles 23 junio.
La primera parte portará sobre los mitos y leyendas del país del management, que llenan de paradojas la dirección de personal y convierten toda propuesta de buenas prácticas en meros deseos piadosos.
La segunda parte presentará el modelo fractal de organización, alternativa sostenible al taylorismo imperante, con sus nuevos paradigmas – el conjunto de creencias y costumbres que rigen la empresa – y una nueva estructura, es decir la arquitectura que relaciona y organiza todos los componentes.
Miércoles 23 de junio de 9 a 12 horas, Escuela de Negocios CEU San Pablo, calle del Almudín nº1, 46003 Valencia. Entrada libre
Jun
3
El CLUB DE RR.HH. de Castellón organizó el pasado martes 1 de junio su conferencia-taller mensual, de la que tuve el placer de ser el ponente.
El tema – y diría, obviamente – portaba sobre el desafío que constituye la dirección y gestión de personal en este principio del siglo XXI. Creo que muy poca gente sigue dudando de que el sistema actual no nos lleva a ninguna parte, que no es sostenible, y que la crisis detrás de la crisis es precisamente la del management de personas.
En esta conferencia, pude explicar cuáles son los errores graves que sostienen el modelo desfasado y nocivo actual, demostrar por qué son errores y proponer soluciones alternativas viables.
La acogida del público fue extremadamente positiva, lo cual nos deja ver una vez más que la mayoría de los responsables de RR.HH. son plenamente conscientes de que el modelo falla y están esperando ansiosamente soluciones verdaderas (y no repintados de los valores equivocados que nos han llevado hasta aquí).
La próxima conferencia estará organizada por la asociación AEDIPE y tendrá lugar el miércoles 23 de junio de 9 a 11:30 horas en la Escuela de Negocios CEU, calla del Almudín, 1, 46003 Valencia.
Mhc
May
24
El Club de Recursos Humanos de Castellón y la Universidad Jaume 1º presentan el martes 1 de junio a las 17 horas una conferencia taller de Michel Henric-Coll sobre el modelo organizativo de gestión fractal, una solución para el siglo XXI.
Más datos e inscripciones en http://www.clubrrhh.org/
Mar
24
La palabra liderazgo (y por extensión líder) debe de ostentar el récord Guiness de palabras polisémicas.
Más aún que camaleón, es un pulpo transformista que cambia de acepción según el fondo sobre el que se le coloca.
Escurridiza como una anguila, la palabra liderazgo se nos escapa del discurso cuando intentamos apretarla. Los magos del management ya no dicen “ilusión, todo es ilusión”, sino “liderazgo, todo es liderazgo”.
Liderazgo es al management lo que el Ketchup es a la cocina Fast food, lo encuentras en todos los platos sin que nunca consigas saber qué sabor tiene por sí mismo.
Bueno, por lo menos todo el mundo parece estar de acuerdo: el liderazgo es bueno y hay que desarrollarlo. Ahora sólo falta que nos pongamos de acuerdo sobre lo que significa. Sólo esto, pero me parece que tenemos debate para rato.
Michel
Feb
24
Leí ayer un artículo en el que una consultoría famosa hace recomendaciones para, supuestamente, apoyar a la mermada competitividad de las empresas españolas, y confieso que me ha preocupado mucho.
Resulta extraño que las mejores recomendaciones para hacer un cambio significativo sean seguir haciendo lo mismo que antes, pero a mayor dosis. Del mismo modo, me parece bastante paradójico que la solución consista en dirigir las personas hacia la prioridad del negocio, a la vez que se declara y reconoce que la prioridad actual del negocio deberían ser las personas. Si admitimos que las personas son la clave para del negocio, enfoquemos el sistema a las personas, y el negocio mejorará como consecuencia.
Una vez más, el artículo topa con el viejo fantasma de la medición universal. “Medid y seréis curados”. Lo que ha llevado a la falta de productividad de los trabajadores es precisamente un modelo de dirección de personas que, entre otras ilusiones, se obstina en querer medir lo inconmensurable. Lo que caracteriza a lo intrínsecamente humano, es que no se puede medir. Para medirlo, hay que despojar a las personas de su humanidad y reducirlas a simples recursos de producción. Y aquí está el fallo garrafal del management supuestamente científico. Cualquier cambio hacia la competitividad implica restablecer a las personas en su realidad de persona.
Contrariamente a lo que afirma el artículo, opino que calcular los beneficios por empleado supone un retroceso importante en el camino hacia la competitividad, y no un avance. En efecto, la fragmentación, tanto de las tareas como de las personas, es una de los responsables de la ineficacia del método taylorista. Las empresas deben considerar seriamente que la clave radica en los equipos, y que los beneficios deben ser evaluados por equipo, y no por empleado. La individualización mata a la sinergia del mismo modo que mantener separadas las semillas, la tierra y el agua impide la germinación.
Los tecno-managers llevan años pretendiendo dirigir personas en base a teorías ingenieriles. No funciona, no satisface a nadie – ni a la dirección, ni a los empleados, ni a la sociedad – y como solución contra su fracaso, no tienen nada mejor que proponer que aumentar las dosis. Resulta dramático pensar que en las empresas, los que mandan en la dirección de personas no entienden nada de personas, y los que entienden de personas, no mandan nada.
Sí, las empresas españolas necesitan un cambio significativo. Necesitan admitir que las personas no pueden ser dirigidas como recursos físicos. La motivación no se decreta, la implicación no se programa en ingeniería de procesos, la identificación con la empresa no se consigue con un requisito normativo en un documento de descripción de puesto.
Los paradigmas que sirven de base a la gestión empresarial resultan totalmente desfasados y su estructura inadecuada para cualquier evolución. Hay que quemarlos como las fallas y construir sobre otras bases. Cambiar es innovar, no repetir lo mismo.
Michel Henric-Coll
Feb
8

Uno de los principios básicos de la (des)organización que sufrimos, es el de fragmentación. Es un principio directamente heredado del pensamiento cartesiano, que creía que dividiendo el universo en elementos cada vez más pequeños nos permitiría comprenderlo. No estoy seguro en cuanto al Universo, pero se que dividiendo un sistema social como el formado por el personal de una empresa, ni se le puede comprender, ni se le puede gestionar. Fragmentar un sistema, es destruirlo. Es como pretender entender como funciona la mente perpetrando la autopsia de un cerebro.
Al no poder gestionar el personal como sistema social, el pensamiento cartesiano-taylorista-fordista que impera en las mentalidades de la alta dirección procura impedir que exista. ¿Cómo? Fragmentando al máximo, dividiendo y fomentando la competición interna hasta la rivalidad. Divide y reinarás es su lema, ciego a que está serrando la rama de capital sobre la que está sentado.
En el mismo momento, en otros niveles de la empresa, otras mentes pensantes y conscientes de que los equipos son mucho más poderosos que los individuos disjuntos, predican por las sinergias frutos de la unión. Se procura – cuando el crecimiento de la economía permite liberar dinero para el personal que es la última rueda del carro presupuestario – formar a los trabajadores al Team Building y convencerles de las virtudes de la colaboración.
Pero los efectos del trabajo en equipo duran poco, y el despertar de los sueños de un trabajo que tendría sentido, utilidad y eficacia suele ser cada vez más amargo. Porque salvo escasas excepciones, todos los esfuerzos para involucrar el personal y conseguir que trabaje al unísono para el bien de la empresa terminan rotos como cristal de bohemia bajo las embestidas del pensamiento anticuado e irrealista de los tecno-managers.
Así observamos en las empresas una batalla entre la tierra y el mar, un flujo y reflujo inestable de los avances en dirección de personas función de la atracción lunática y del termómetro de la economía. Cuando las olas traen bonanzas, se permite a los de Recursos Humanos que se entretengan con sus pasatiempos humanistas, pero cuando hay recesión y retroceso, se termina el recreo, todos a formar y Maquiavelo se quita la máscara.
Todo se puede resumir a una verdad sencilla: los que mandan piensan mal. Se han nutrido de los gurús equivocados, se han quedado un siglo atrás, no han sabido darle la vuelta a la página y leer el capítulo siguiente. Por mucho que sus teorías formen un conjunto coherente, son irrealistas. Los empleados no son engranajes de una máquina, ni materia prima, ni recursos sin mente ni sentimientos, y no pueden ser dirigidos como tal. Sus apologistas niegan que ser un humano haga cualquier diferencia, a parte de ser un incordio por su obstinada negación a ser más que una máquina que anda. Es más, acusan a los que consideran la dimensión humana del trabajador de carecer de pensamiento científico y anteponer la sensiblería emocional a una supuesta racionalidad científica.
Y esto nos está costando mucho dinero a todos. Está costando beneficios a las empresas por falta de competitividad y eficiencia, satisfacción y productividad a los empleados que no consiguen involucrarse en un sin sentido, y costes dramáticos a la sociedad que tiene que financiar absentismo, enfermedades psicosociales, y un creciente gap entre ciudadanos productivos y ciudadanos a cargo.
No sirve de nada repintar una y otra vez desde abajo los decorados de la organización de personas, lo que hace falta, es cambiarla. Y hasta que los que están arriba del todo abran los ojos a sus errores, vamos a tenerlo difícil.
MHC
Escuchar este artículo, o descargar el audio: LaMascaraDeMaquiavelo
Ene
11

Hace medio siglo, Theodore Levitt publicó un artículo que iba a marcar un hito en el pensamiento empresarial: marketing myopia.
Explicaba en el mismo que un consumidor no compra realmente un producto sino la satisfacción o la solución que este producto puede aportarle. En uno de sus ejemplos famosos, comenta que nadie quiere una broca de 8mm, sino un agujero de 8mm en la pared. El producto constituye la parte visible y ficticia, la necesidad siendo la parte real e invisible. Determinar cual es la necesidad que quiere satisfacer el comprador detrás de su compra de producto se ha convertido en un fundamental del marketing.
Se ha asumido que el trabajador va en busca de dinero. No es cierto, el dinero constituye la parte visible y ficticia, es la broca, no el agujero. Si existen coleccionistas de dinero no dejan de ser tan excepcionales como los coleccionistas de broca.
Lo que quiere el trabajador, la parte real e invisible, es la satisfacción de necesidades tan diversas y personales como: seguridad para él y su familia, respeto y consideración personal, prestigio social, calidad de vida, acumulación de bienes materiales, y un amplio etcétera. Agrupo todos estos objetivos de vida bajo el término genérico de metas existenciales.
Podemos satisfacer parte de estas metas dentro del entorno laboral y parte (generalmente la mayor) fuera de él. El dinero no constituye prácticamente nunca una meta existencial per se, sino el medio indispensable para lograr las metas personales.
Pero ¿qué ocurre cuando, para conseguir este dinero, el empleado ve perjudicadas sus metas existenciales. Eso es: cuando para conseguir lo que le proporcionará respeto, consideración, sentimiento de realización, sensación de ser útil, tiene que sufrir en alto grado una pérdida de estos mismos valores.
¿Qué ocurre si para conseguir algo tienes precisamente que renunciar a él? Esta es la paradoja del empleado en el sistema taylorista actual.
La solución más lógica y evidente consiste en exigir más dinero, para que la relación [expectativas de satisfacción de metas / costes psíquicos para conseguirlas] se convierta en positiva. Más dinero para intentar conseguir fuera del entorno laboral satisfacciones que nos van restando en él.
Cuando se mira a una pulga con una lupa, puede parecer del tamaño de un elefante. Los empresarios miran con lupa el salario de sus empleados, y se han convencido equivocadamente de que el dinero es lo que más importa al trabajador, ¡lo único que le importa!
Del mismo modo, los vendedores han creído mucho tiempo que a los clientes sólo les importa comprar lo más barato posible, ahora, son pocos los que aún no han entendido que un precio de compra bajo no basta para compensar la mala calidad.
Por tanto, es necesario diferenciar qué parte del sueldo está destinada a financiar metas existenciales, y qué parte no es más que una dudosa compensación al coste psíquico que representa la mala situación laboral.
El tecnomanagement, o management seudo científico, se obstina en creer que los empleados son engranajes vivientes. Imagina con improductiva ingenuidad que un ciudadano-consumidor libre, educado y profesionalmente bien preparado está dispuesto a convertirse ocho horas al día en una pieza mecánica sin pensamientos ni sentimientos.
Algunos directivos son conscientes de esta paradoja y he conocido a muchos de ellos, pero el sistema, léase modelo organizativo, está constituido de tal forma que no permite alternativa. Es un modelo que se creó cuando todo era diferente, que los trabajadores no eran más que pura mano de obra, y que sus posibilidades tanto como ciudadanos que como consumidores eran mucho más limitadas que ahora. El mundo ha cambiado en un siglo, toca cambiar de sistema en lugar de intentar parchear sus fugas.
Theodore Levitt consideraba que si las empresas pretendían conseguir beneficios en detrimento egoísta de la satisfacción de los consumidores, les achacaba una fuerte miopía. Haciéndole eco, considero que si pretendemos conseguir beneficios tratando a los trabajadores como simples recursos, más que miopía ya nos afecta la catarata.
Mhc
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Ene
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No sólo cambiamos de año. Nuestros deseos empresariales no pueden estar limitados a un horizonte de doce meses, porque también estrenamos década y tenemos que construir con este horizonte en mente.
La dichosa crisis ha precipitado la toma de conciencia de que el progreso económico no es extensible indefinidamente, y que los discursos sobre la importancia del capital humano en la empresa no eran más que esto: discursos.
Ha quedado claro que el modelo empresarial actual es insostenible. No podemos seguir dependiendo de los comportamientos de un público objetivo, los consumidores, sin aceptar que dependemos también de ellos como trabajadores, y sin aceptar que cada trabajador despedido es – a plazo – un consumidor menos en la calle.
Aprovechando la temporada, he decidido escribir yo también mi carta a los Reyes, consciente de que los magos somos cada uno de nosotros, y que el mundo termina siendo tal como nosotros nos esforzamos en hacerlo.
Tengo tres deseos, como procede cuando nos dirigimos a los Genios y Magos, y cuya satisfacción me parece fundamental para garantizar una evolución sostenible.
El primero es que la propiedad y la alta dirección de las empresas comprendan que se están rigiendo con una teoría equivocada. Creen que pueden gestionar a las personas con principios de ingeniería física y nada más lejos de la realidad. La propiedad y su brazo operativo han leído y escuchado a los gurús equivocados. El pensamiento cartesiano y taylorista no sirve para dirigir un sistema humano. Simplemente eso: ¡no sirve! Los seres humanos no son asimilables a los componentes de una maquinaria, porque guste o no, los seres humanos piensan, sienten, y tienen metas existenciales propias.
Extraño mundo, en el que los científicos se esfuerzan a que las máquinas sepan imitar al razonamiento humano y los empresarios a convertir los humanos en meras máquinas.
El secundo es que se cambie de modelo organizativo. El modelo organizativo es a los trabajadores lo que la red de carreteras es a los coches. No sirve de mucho mejorar las prestaciones de los vehículos si seguimos circulando en pistas de tierra embarradas.
Está claro que en los niveles más cercanos al empleado, se han propuesto cambios importantes en las teorías de liderazgo, de forma de trabajar, de estilo de management y otros factores motivadores. Pero todos sabemos que en la realidad de las empresas, esto no acaba de funcionar, por lo que siempre estamos buscando otra cosa. Y la razón es tan sencilla como esta: estas soluciones son totalmente incompatibles con el modelo organizativo. Se pueden implantar, pero a corto o medio plazo el injerto produce rechazo y buscamos otro arreglo. Las empresas empiezan a parecerse a viejas ruedas: tienen más parches que caucho. Nuestro modelo organizativo actual es lineal, transitivo y piramidal. Es por esencia misma incapaz de adaptarse a un mundo complejo sin producir una complicación que bloquea sus capacidades y lo convierten en ineficaz. Hay que cambiarlo.
El tercer deseo es que el Departamento de Personas sea dirigido por especialistas en personas – y no en leyes de cómo despedir a las personas – y que en esta especialidad tenga un poder directivo real. El departamento de Personas debe saber de personas, y contar con cada mando y cada jefe de equipo como responsable delegado de la operatividad de esta gestión.
Guste o no, la dirección de los llamados Recursos Humanos actual es un departamento de compras y logística de seres humanos, al servicio de todos los departamentos de la empresa. Aquí hay un grave error conceptual. Los empleados han dejado hace tiempo de ser un recurso de la empresa, son unos asociados del negocio y hasta que las empresas lo entiendan como tal, tendremos conflictos que los ungüentos y pomadas podrán disfrazar, pero no resolver.
Admitir que las personas no son aperos ni engranajes irreflexivos, que el modelo organizativo debe ser sustituido por completo, y que el departamento de personal ha de tener voz y voto en materia de personas, estos son las tres claves de una reorientación sostenible de las empresas.
Todos nosotros somos los Reyes Magos que pueden convertir los deseos en realidad. ¿Podemos contar contigo?
MHC